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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XXIV

Evangelio: Jn 3,13-17:

Nadie ha subido al cielo sino aquel que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, así será levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que se salve por él.

Comentario: Las personas y cosas insignificantes raras veces logran un desarrollo tan desproporcionado que se hagan dignas de una exaltación inimaginable y universal  reconocedora de una sublimidad excelsa. Más aún, la insignificancia de su origen se convierte en un obstáculo insalvable para reconocer dicha exaltación cuando ésta ha tenido lugar. Esta reflexión ha sido hecha pensando en Jesús de Nazaret. Su humanidad, el hecho de que fuese miembro de la raza humana sin atenuantes ni paliativos de ningún género, su “hombreidad”, que diría Ortega y Gasset, fue el mayor impedimento para el reconocimiento de su filiación divina:


“Esto encendió más en los judíos el deseo de eliminarlo, porque no sólo no respetaba el descanso sabático, sino que, además, llamaba a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios” (Jn 5,18). “Los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo” y decían: “¿No es éste Jesús, el hijo de José? Conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo se atreve a decir que ha bajado del cielo?”. (Jn 6,41-42). “Los judíos le contestaron: “No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por la blasfemia; porque tú, siendo un hombre como los demás, te haces Dios” (Jn 10,33).

Más aún, si esas personas insignificantes han sufrido una muerte denigrante su desprestigio resulta absolutamente humillante e inevitable. Ese fue el caso de Jesús de Nazaret. Nosotros, sin embargo, celebramos hoy la Exaltación de la Santa Cruz. Teniendo en cuenta lo anteriormente dicho esto nos obliga a una profunda reflexión. La cruz fue denigrante en grado sumo en los orígenes cristianos. ¿Por qué la exaltamos?  Porque en ella descubrimos un misterio tan glorioso como ignominioso. Veamos.

1º)  La muerte en cruz, la entrega incondicional de la vida, presenta a Jesús como Mesías y portador de la salvación divina: “Durante la cena, Jesús, sabiendo que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas, que había venido de él y a él volvía...” (Jn 13,3...). ¿Qué es lo que el Padre había puesto en sus manos. La respuesta es clara: lo que el Padre ha puesto en sus manos es el poder y el quehacer de llevar a cabo la salvación de los hombres. Otro texto, paralelo al anterior, nos interpreta su contenido en el sentido en que lo estamos explicando: “Nadie me la quita (habla Jesús de su vida), sino que la doy yo voluntariamente. Y  tengo el poder (= exousía, en griego; aduciremos en su momento otros textos que interpretan este poder en relación directa con la jurisdicción sobre la vida)  de darl a  y volver a recobrarla.  Éste es el  mandato ( = entolé, en griego , cuyo significado divino manifiesta en el intercambio entre el singular y el plural: el mandamiento son los mandamientos y éstos son aquél; el encargo recibido del Hijo por el Padre, Jn10,18).

2º) En su partida Jesús se dirige a la casa del Padre, para ofrecer a cuantos quieran aceptarlo el lugar adecuado para disfrutar de la jubilación perfecta, de la vida plena, que es la de Dios: “En la casa de mi Padre hay sitio para todos; de no ser así, ya os lo habría dicho; ahora voy a prepararos un lugar donde vivir. Una vez que me haya ido y os haya preparado el lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que podáis estar donde voy a estar yo” (14, 2-3). La salvación lograda por la cruz afecta directamente a Jesús y a sus discípulos. El texto citado utiliza unas categorías “espaciales” porque no hay otras más adecuadas para describir el descanso apetecido. El refranero popular lo ha recogido diciendo que “como en casa no se está en ninguna parte”.

Esta es la tarea que Jesús debe cumplir como argumento de que “ama al Padre y que cumple fielmente la misión que él le ha encomendado”: “Ya no hablaré mucho con vosotros, porque se acerca el príncipe de este mundo. No es que tenga poder alguno sobre mí, pero debe ser así para demostrar al mundo que yo amo al Padre y que cumplo fielmente la misión que él me ha encomendado” (Jn 14,30-31).

3º)  El “poder (= exousía, en griego, como ya apuntamos más arriba) que Jesús recibió del Padre se expresa de otras muchas maneras, todas las cuales hacen referencia a la entrega total de su vida, que culmina en la cruz : “Puesto que tú le diste el poder sobre todos los hombres, que él comunique la vida eterna a todos los que le has confiado”. Yo he manifestado tu gloria aquí en la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar” (Jn 17,2.4). “Padre, glorifica tu nombre. Entonces se oyó una voz venida del cielo: “Yo lo he glorificado y volveré a glorificarlo” (12, 2). Jesús dijo a Pedro: “Mete la espada en la vaina. ¿Es que no debo aceptar esta copa de dolor que el Padre me ha preparado para que yo la beba”? (18,11).

Los textos evangélicos que hablan de la cruz como cumplimiento de la tarea que Dios había encomendado a su Hijo podían multiplicarse mucho más. Bastan los aducidos. Y ellos nos imponen las reflexiones siguientes. ¿Por qué esa insistencia en que el camino elegido por Dios para la salvación del mundo pase por la cruz? Muchas veces nos hemos preguntado la razón de un camino tan escarpado, penoso y tortuoso. Una respuesta, de esas de andar por casa, vería su justificación en que es el camino universal; nadie puede escapar a él; tarde o temprano todo el mundo debe recorrerlo, aunque la forma de la cruz difiera en cada caso.

El evangelista Juan no se conforma con las salidas por la escalera de servicio, como es la que acabamos de ofrecer. El entra en los grandes espacios, como es el misterio de Dios, por la puerta grande. Y esta se llama respuesta a las necesidades por las que estaban pasando los lectores a los que él se dirige, la comunidad o comunidades joánicas. Su fe en la mesianidad y divinidad de Jesús se hallaba gravemente amenazada: Un Señor muerto en la cruz era una paradoja inaceptable; considerarlo como Mesías e Hijo de Dios -que era la finalidad para la cual había escrito el evangelio, confirmando a sus lectores en la fe cristiana- era un absurdo; iba en contra de las esperanzas que el judaísmo y el mundo entero esperaba y espera. Esta fue la acusación más grave del judaísmo contra el cristianismo: “La gente replicó: “Nosotros sabemos por la Ley que el Mesías no morirá nunca. Entonces, ¿por qué dices tú que el Hijo del hombre tiene que ser levantado sobre la tierra?. ¿Quién es ese Hijo del hombre?. (12,34).

Esta acusación fue  más frecuente de lo que nosotros pensamos: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles” (1Cor 1,23). También la carta a los Hebreos sintió este escalofrío: “ Por eso, al entrar en este mundo, dijo: No quisiste ofrenda ni sacrificio, pero me preparaste un cuerpo. No te complaciste en holocaustos y sacrificios por el pecado. Entonces dije: “Heme aquí -en el rollo de la Ley está escrito de mí-, para hacer, oh Dios, tu voluntad.” “En virtud de esta voluntad hemos sido santificados de una vez para siempre mediante la oblación del cuerpo de Jesucristo” (Heb 12,5-7.10).

El cuarto evangelio salió al paso de esta dificultad y la resolvió diciendo que Jesús siguió el camino querido y determinado por Dios. La cruz pertenece a la esencia de su misión. Sin su aceptación la voluntad del Padre sólo parcialmente se habría cumplido. Aceptando la cruz, Jesús camina hacia el cumplimiento perfecto (19,30). Sin dicho cumplimiento Jesús no sería ni Mesías ni el portador de la salvación. Por eso aceptó la hora: “Me encuentro profundamente abatido; pero, ¿qué es lo que puedo decir? ¿Pediré al Padre que me libre de esta hora? De ningún modo, porque he venido precisamente para aceptar esta hora (12,27).

La respuesta dada a los enemigos de la cruz, al judaísmo en particular, ha sido contundente. La muerte en cruz no se opone ni a la mesianidad ni a la divinidad de Jesús (Jn 20,30-31); es parte integrante de su misión mesiánico-salvadora; es el punto culminante, la coronación y plenitud de su obra mesiánica, de la entrega ilimitada de Jesús a la voluntad del Padre. Desde que Jesús tuvo conciencia plena de su misión la cruz no fue algo imprevisto; no fue ni un accidente ni un incidente sorprendentes; fue el cumplimiento perfecto de la voluntad del Padre a la que se había unido tan fuertemente como únicamente puede lograrse mediante la identificación con ella.

Evangélicamente considerada, la muerte en cruz no es ni ignominia, ni oprobio, ni deshonra. Por su medio, el Padre fue glorificado (17,4: Esta gloria recibida por el Padre significa que Alguien lo aceptó con obediencia incondicional, con amor inquebrantable y con la entrega total de la vida para entrar plenamente en la Vida. Pero también fue glorificado el Hijo (17,5: la glorificación del Hijo implica la participación en la gloria que había tenido desde el principio).

Digamos, a modo de resumen, que la Exaltación de la Santa Cruz se halla justificada por la dimensión teológica que hemos apuntado: Es el Padre el que ha movido todos los hilos que en ella confluyen. El Hijo ha realizado en ella todo lo establecido por el Padre. Los instrumentos humanos utilizados para que ambas voluntades se cumpliesen deben ser explicados desde su carácter deinstrumentalidad (19,11: “Jesús le respondió: “No tendrías autoridad alguna sobre mí si no te hubiese sido concedida por Dios; por eso, el que me entregó a ti es más culpable que tú”)..

Teniendo en cuenta el texto evangélico concreto, correspondiente al día de hoy, debemos concluir diciendo que no existe mejor síntesis de la vida cristiana. Estamos ante el mejor resumen de la teología joánica. El mejor comentario del mismo nos lo ofrece otro texto del cuarto evangelio, que habla de Jesús como el Enviado, de quien lo ha enviado y de la fe en ambos; del juicio que se realiza en la aceptación o rechazo de la luz (Jn 12,44-50). La “elevación”  ( =hypsothenai, en griego, tiene un doble significado: “la elevación física”, como la de la serpiente de Moisés, y “la exaltación”. Ambos significados se hallan intentados en el verbo utilizado). Es dicha “elevación” la que constituye el reino, reinado o señorío de la Vida. En la elevación a la cruz va incluida la exaltación a la gloria. En resumen: el Reino es presentado como la vida eterna. El acceso a él lo hace posible la fe y el sacramento, que no es eficaz sin ella.

La “elevación” significa la victoria sobre el príncipe de este mundo (12,31; 14,27-30); la participación del hombre en ella mediante la fe (12,32); la muerte en cuanto paso necesario y un aspecto parial de la elevación; la cruz no es el lugar de la máxima humillación, sino un aspecto de la elevación; Jesús aparece como el vencedor de la muerte (5,25; 14,30); el juicio, la salud o la desgracia, se realizan en la actitud de aceptación o rechazo frente a Jesús (Jn 3,16-21). En el evangelio de Juan no existe un juicio futuro, que tendría lugar al final de los tiempos, al estilo sinóptico (Mt 25,31ss). El juicio se realiza aquí y ahora por la actitud del hombre ante el Revelador (Jn 3,18).

Felipe F. Ramos

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