|
CICLO C Primer Domingo de Adviento |
||||
|
Desilusión
y tentación de abandono; anuncio de una realidad nueva; impulso
estimulado por el amor. Acontecimientos destructores; inmovilismo
enervante; el fuego del amor apagado. Esta triple constatación es la que
se halla reflejada en las tres lecturas bíblicas del primer domingo de
adviento. El profeta Jeremías (33,14-16: primera lectura)
refleja los acontecimientos destructores de la esperanza. Aplastado el
pueblo por una poderosa potencia extranjera y despiadada (destierro a
Babilonia el año 587) se hallaba en una situación de recuperación
precaria que hacía increíble la palabra de Dios pronunciada por el
propio Jeremías (24,6-7) La situación del pueblo en medio de tanta
oscuridad apaga sus ganas de vivir. Cunde la tentación de abandonar la
herencia religiosa heredada. Piensa que es preferible vivir como los demás;
creer únicamente en sí mismos. Vive en el desprestigio de una religión
incapaz de resolver sus necesidades inmediatas. La
lectura breve de Jeremías es un oráculo esperanzador; sirve de estímulo
para fortalecer a los desilusionados; enciende la luz en medio de las
tinieblas; actualizan la palabra de Dios que cumplirá lo prometido; la
historia iniciada culminará en un descendiente de David ( Jesús fue
llamado hijo de David. En medio de dificultades
insalvables siempre se pensaba en David, el unificador y salvador del
pueblo cuando todavía no existían más que tribus dispersas). Esto
ocurrirá en “aquellos días”, en “el día” de Dios, que no conoce
ocaso; en él brillará la justicia: la actividad salvífica de Dios. Lo
ocurrido entonces es el común denominador permanente. Lo convertiremos en
experiencia personal cuando nuestra fe, depurada de los condicionamientos
histórico-sociales, descubra el verdadero rostro de Dios, de la salvación. Esto
nos lleva al segundo punto: el inmovilismo enervante (Lc 21,25-28.
34-35: tercera lectura). Hemos llamado así a la herejía del
literalismo. No ocurrirá ninguna de las cosas anunciadas. El anuncio de
todas las calamidades cósmicas y humanas debe ser tomado en sentido
figurado; son imágenes y como tales deben ser entendidas; no indican por
sí mismas ni el final del mundo ni de la historia y pretenden anunciar el
cumplimiento de las esperanzas: toda la imaginería mencionada, y otros
muchos signos más que habían sido añadidos por la apocalíptica son
funcionales, anuncian la aparición de una realidad nueva gracias a la última
y definitiva intervención de Dios en la historia, que hará aparecer
“cielos nuevos y tierra nueva” (Is 65, 17). Para que parezca la
nueva realidad –igualmente simbólica en su descripción, presentada
como venida del cielo en la nube (Lc 21,27)- tiene que desaparecer la
antigua, los cielos y la tierra “viejos”. Estamos repitiendo que
las imágenes deben ser entendidas como tales, no en sentido literal. San
Pablo expresa la misma realidad de forma muy distinta: De suerte que
quien está en Cristo (quien es creyente) es una criatura nueva;
pasaron “las cosas antiguas y aparecieron las nuevas (2Co 5,17). Lo
que viene como la esperanza de la humanidad se llama el Hijo del hombre.
Tal como leemos esta designación en los evangelios es un título
cristológico. Como tal título es fruto de la reflexión cristiana
sobre la misión y actuación de Jesús: “El Hijo del hombre vino a
servir y a dar su vida en rescate por muchos...” (bíblicamente es sinónimo
de “todos”) (Mc 10,45). Pero en cuanto título cristológico debió
tener una base o un punto de apoyo. Y creemos que así fue en el caso
presente. En primer lugar, los seguidores de Jesús conocían las
palabras que eran puestas en su boca y que eran atribuidas al Hijo del
hombre, aunque ellos, en esa primera fase, no identificasen a Jesús como
el Hijo del hombre. Jesús hablaba secretamente y utilizaba la expresión
Hijo del hombre como un recurso para su ocultamiento. En un segundo
momento, la expresión, que podía ser sinónima de pronombre
personal, se convirtió en título gracias al peso que las palabras que le
eran atribuidas al Hijo del hombre adquirieron a la luz de la Pascua.
El continente o el molde ya existente se llevó de un contenido nuevo o se
sacó a la luz pública lo que en el continente o molde se hallaba en su
fase germinal. Lo
anunciado apocalípticamente para el futuro comienza a hacerse realidad en
el presente. Pero este presente histórico es incapaz de contener todo el
significado de lo absoluto. Por eso, las imágenes conservan su
significado como símbolos de las realidades eternas, las cuales, aunque
penetran en la historia, no se agotan nunca en ella. El Hijo del hombre
ha venido, viene y vendrá. Estas formas de futuro son simples
acomodaciones de lenguaje. El cómputo divino del tiempo no coincide con
el de la cronología humana. En Dios no hay un antes ni un después. Lo
mismo ocurre con la venida del Hijo del hombre en las nubes del cielo “a
partir de ahora” (Mt 26,64; Lc 22,69). Vino, viene y vendrá. Y esta
venida permanente coincide con el “hoy” de Dios, se cronologuiza y se
personaliza en el encuentro del hombre con él, y en su actitud y opción
por él o en su contra. El
juicio final o el tiempo último es intemporal. Se temporaliza en el
decurso del devenir humano y de la historia individual. Lo único seguro
anunciado por Jesús en esta cuestión es la venida del reino de
Dios. Las formas de su venida y el cuándo de la misma son presentadas
recurriendo al módulo de las realidades humanas. Jesús, con su presencia
y con todo lo que ella significa, incluida su resurrección, convirtió en
realidad el eón o el mundo nuevo, el reino de Dios. Una posibilidad de
gracia o de juicio, de bienaventuranza o desdicha, dependientes de la
actitud del hombre ante el Reino. La venida del Hijo del hombre es la
garantía de la redención. En esta afirmación culmina el mensaje de
confianza y de esperanza dirigido a los discípulos. A diferencia de las
actitudes medrosas, cobardes e incluso angustiosas de “los otros” los
discípulos fieles se mantienen con la cabeza erguida ante la presencia
del juez salvador. Nuestra
pequeña sección, en su tercera parte, habla de las exigencias ético-morales.
Con la vista puesta en el Hijo del hombre los discípulos deben ser
conscientes de que el juez salvador requiere de ellos la sobriedad
necesaria con vistas a “aquel día”. Los discípulos no deben estar
atados con los lazos de este mundo, ya que no esperan que se hagan
realidad sus promesas seductoras, sino al Hijo del hombre, a Jesús, que
aparecerá de forma inesperada y que quiere que los suyos están esperándolo. Felipe F. Ramos Lectoral |