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CICLO C Segundo Domingo de Adviento |
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Después
de la tempestad viene la calma. A la desolación suprema le sucede la
gloria más esplendorosa. El profeta Baruc (primera lectura) resume
poéticamente las dos fases contrapuestas de la historia de su pueblo: el
vestido de luto es cambiado por el esplendor de la gloria de Dios (la
“gloria” de Dios es Dios mismo en cuanto se manifiesta); la desnudez
de su abandono (=la lejanía de Dios) es cubierta con el manto de su
justicia (= la síntesis de la armonía, seguridad y prosperidad con que
viven los ciudadanos entre sí y con Dios); el escarnio mofador desaparece
cuando sus enemigos la ven coronada con la diadema de la gloria y
redimidos por ella (“Pues como ahora ven los pueblos vecinos de Sión
vuestro cautiverio, así os verán pronto redimidos por Dios, con redención
espléndida y gloriosa del Eterno”, 4,24); el camino del desierto ha
sido sustituido por una autopista que atraviesa el desierto de Arabia y
llega a Jerusalén.
Dos frases duplicadas en su
contenido resumen el futuro ideal: “Paz en la justicia” y “Gloria en
la piedad”. La utopía del mundo nuevo soñado se traducirá en la armonía
de la justicia, según el baremo de la acción salvadora de Dios y en una
relación personal con el Dios cercano en una religiosidad auténtica.
La utopía soñada se convierte en realidad palpable en el anuncio
del Bautista (segunda lectura): “Juan preparó su venida (Hch
13,24-25) predicando a todo el pueblo de Israel un bautismo de conversión.
Al terminar Juan su misión decía: “Yo no sois el que vosotros os
imagináis, sino que detrás de mí llega Alguien a quien yo no soy digno
de desatar las sandalias de los pies”. La importancia de esta figura
singular exige la confrontación de las dos coordenadas siguientes: por un
lado, la presentación que nos hace de él Flavio Josefo como un hombre
bueno que, en su predicación, invitaba a la conversión y, como expresión
de la misma, a la recepción de un bautismo y, por otro, los motivos, más
o menos sólidos, que le relacionan con los esenios, con el monasterio de
Qumran. Este segundo aspecto estaría justificado, sobre todo, por lo que
se deduce de su predicación, que tendría su base en el texto siguiente:
“Abrid camino a Yahvé en el desierto; allanad en la soledad camino a
vuestro Dios” (Is 40,3) que, de alguna manera, sería el texto programático
de los monjes de Qumran.
Lucas nos describe la llamada del Bautista en el desierto. Lo
presenta como una figura de gran relieve: es “más que profeta” (Lc
7,26-28), porque es “grande ante el Señor”, “está lleno del Espíritu
Santo ya desde el seno de su madre” (Lc 1,51), es “profeta del Altísimo”
(Lc 1,76) y preparador inmediato del tiempo de la salud (Lc 1,17). Como
Lucas se ha propuesto una narración “ordenada” de los acontecimientos
originales (Lc 1,1-4), por eso comienza por el Bautista. El Precursor
simboliza toda la fase histórica previa, que estaba ordenada a su
culminación en Jesús. Según esto, la historia de Jesús no es solamente
un episodio importante y significativo; es el centro de la historia; la única
y verdadera historia planeada por Dios. De ahí el intento de Lucas de
establecer una conexión con la historia universal (Lc 1,5; 2,15; 3,1).
Este aspecto lo acentúa Lucas considerando expresamente al Bautista
formando parte del plan de Dios, de la historia de la salvación, ya desde
su concepción y nacimiento. La historia de Jesús, según Lucas, comienza
con la historia del Bautista.
El aspecto profético lo destaca el aspecto evangélico de hoy
afirmando que Vino la palabra de Dios sobre Juan. Esto tuvo lugar
en el desierto, lugar predilecto del Bautista (1,80: “Y el niño crecía
y se robustecía en su espíritu y vivía en lugares retirados
hasta el día que se manifestó a Israel”). De ahí que se le aplique en
este momento la célebre frase de Isaías: “Una voz grita en el
desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos...” (Is
40,3). La frase de Marcos (1,4) “Apareció Juan el bautista en el
desierto anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los
pecados” la aprovecha Lucas y la constituye en el centro de gravedad de
su evangelio. Juan anuncia prolépticamente o anticipa
lo que realizarán posteriormente Jesús y la Iglesia: “Pedro les
respondió: Convertíos y haceos bautizar en el nombre de Jesucristo para
conseguir el perdón de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu
Santo” (Hch 2,38). Esto se manifiesta de manera especial durante el
ministerio de Pablo (Hch 26,20).
La necesidad de destacar la utopía realizada la resuelve Lucas
enmarcándola en la historia y en los personajes que entonces la regían.
El año 15 de Tiberio César coincide con agosto-septiembre del
28-29. Poncio Pilato fue procurador romano del año 26 al 36 y en
él se halla representada la autoridad romana durante toda la trayectoria
de la vida de Jesús hasta su muerte (Lc 13,1; 23,1-6.11-13.20-24.52; Hch
4,27; 13, 28, en los que se destaca su crueldad, la pregunta irónica por
la realeza de Jesús, su utilización inventada para restablecer la
amistad entre Herodes y él, el triple intento – que obedece únicamente
a razones apologéticas- por salvar a Jesús y que aparece reiterado en
Hechos, la concesión de su cadáver a José de Arimatea...). Lisanias ha
sido introducido en el texto para que el reino de Herodes el Grande
pudiera ser dividido en cuatro partes (“tetrarquías”). Aquí la
tetrarquía no es llamada así teniendo en cuenta su sentido etimológico;
indica una provincia más pequeña dentro del Imperio. La precisión de
este personaje es ambigua.
Roma dividió el reino de Herodes el Grande entre sus hijos: Herodes
Antipas (4 a. C. al 34 d.C.). Lucas tenía mucho que decir de él y
nada era bueno (Lc 3,19; 9,7.9; 13,31; 23,7-15), y Filipo, que fue
el único bueno de la descendencia de Herodes el Grande. Su jurisdicción
se extendía por el noroeste del lago de Genesaret, Iturea, y Traconítide, al sur de
Damasco.
Como representantes del mundo religioso son mencionados Anás
(que cesó en su cargo de sumo sacerdote el año 15), y como suegro de Caifás
siguió ejerciendo su influencia en el gobierno de la comunidad, que no
pueblo, judía. El manejó muy hábilmente los hilos de la política para
que su causa, la eliminación de Jesús, la tomase Roma como asunto
propio. No es cierto lo que Lucas nos hace suponer: que ambos ejerciesen
conjuntamente el supremo ministerio sacerdotal.
El Bautista es un predicador “penitencial”, que prepara al Señor
un pueblo bien dispuesto (Lc 1,6-7). Se alegra de la venida del Mesías
cuando aún está en el seno materno (1,44); no es constituido en
“profeta” el año 15 del emperador Tiberio –porque lo era desde su
nacimiento- sino que ese año es llamado a cumplir su misión (1,80); no
es sólo profeta que anuncia el juicio (3,7ss), sino el mensajero del
evangelio (3,18); su anuncio cristológico lo pone de relieve al final de
su predicación “penitencial” (3,16-18). Este “final” es el más
importante. Así lo acentúa la función de predicador itinerante (3,3)
frente a la cual aparece como secundaria la de “baptizante” (3,7).
Lucas acentúa que es Dios el que está en acción. Esto lo pone de
relieve el tercer evangelista cambiando los “caminos de los hombres”
por el camino de Dios. Así lo habían entendido los monjes de
Qumran que se aplicaban a sí mismos y se autocomprendían desde el texto
de Is 40,3: preparaban el camino del Señor viviendo en el desierto,
estudiando la Ley y separándose de “los otros”.
En la segunda lectura Pablo expresa la alegría inmensa de
lo considerado como utópico acentuando lo siguiente: a) su acción de
gracias porque ellos han vivido la koinonía o participación en la
causa del Evangelio; b) su confianza de llegar a la meta garantizada por
la acción de Dios en ellos; c) el amor mutuo y creciente por la oración
que es creadora de unidad; d) finalmente el premio de la llegada al día
de Cristo (de su plena manifestación) en el que, con él, darán a Dios
la gloria y alabanza debidas. Felipe F. Ramos Lectoral |