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CICLO C Tercer Domingo de Adviento |
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Sofonías es algo así como el precursor de Jeremías. Se
encuentra con los mismos problemas de degradación moral y de apostasía
generalizada por la política seguida por el rey impío Manasés, en las
proximidades del siglo séptimo. La predicación recogida
en la primera lectura de hoy se centra en dos oráculos que
invitan a la alegría por la esperanza de un cambio radical. El primero se
justifica por la expulsión del rey de Asiria, que parece inminente. “El
Señor será el rey de Israel”. Yahvé volverá a colocar su trono en
Jerusalén, Israel o Sión después de haber expulsado a los enemigos de
la fe del pueblo de Dios. Expulsada la potencia extranjera, Israel se
volverá a su Dios y esto será causa de profunda alegría. El segundo oráculo (v.16-18) presupone la misma situación.
Es uno de los textos que han influido decisivamente en el evangelista
Lucas para la composición del relato de la Anunciación: “No temas”.
“El Señor está en ti, se goza, se complace en ti y renueva tu amor por
ti”. Es como la alegría del amor primero, el que manifiesta el novio a
la novia: “Como joven que se desposa con una doncella, así el que te
edificará se desposará contigo. Y como la esposa hace las delicias del
esposo, así harás tú las delicias de tu Dios” (Is 62,5). El cambio anunciado por Sofonías sigue en labios del
Bautista muchos siglos después. Jesús fue un hombre profundamente
religioso. Por extraña que aparezca la afirmación anterior responde al
contenido esencial de la fe cristiana que le confiesa como verdadero
hombre. ¿Es extraño que un hombre tenga inquietudes religiosas? Nos
congratulamos, ante estas inquietudes religiosas de Jesús porque en ellas
encontramos la verdadera dimensión de la religión. Jesús buscó la
esencia de la misma y descubrió que no puede ser formulada en
definiciones precisas y absolutas y que hay que ver en ella la
verdadera dimensión del hombre: “que todo tiene sentido”, que
el hombre está religado con Dios, con lo trascendental. Tres
definiciones de la religión, que pueden ser la matriz para encontrar
otras: la primera de ellas es “antropocéntrica”; la segunda es
“laica” y la tercera, la clásica de san Agustín, es
“sacrosanta”. La legitimidad de esta pluralidad se encuentra en la
entraña más íntima de la misma. La definición de la religión siempre
entraña una relación con Dios, pero una relación con un Dios que es
esencialmente desconocido. Dios no se puede decir ni pensar,
afirmaba ya el catecismo del P.Astete. Lo dicho hasta aquí justifica que la cuestión religiosa
tuviese seriamente preocupado a Jesús. (tercera lectura). Era
evidente que la trayectoria marcada por los “dirigentes espirituales”
del pueblo judío no era la que Dios quería. Afortunadamente llegaron a
Nazaret los ecos de un movimiento penitencial que había surgido en torno
a la predicación, junto al Jordán, de Juan Bautista. Por lo visto él
hablaba de un juicio inminente y exhortaba a recibir un bautismo para el
perdón de los pecados. Un grupo de personas se decidieron a comprobar
personalmente los comentarios percibidos. Y, efectivamente, Jesús y sus
acompañantes comprobaron que la información recibida no solamente era
correcta sino que se había quedado corta. La gente que acudía a escuchar al Bautista era la misma que,
posteriormente, se convertiría en el auditorio de Jesús: un doctor de la
Ley le preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna (Lc 10,25;
18,18: de buena o mala fe los doctores y la “clase alta” le
consultaban). Era una maravilla oir
aquella voz que no exigía prácticas religiosas especiales, sino la
atención al necesitado (“el que tenga dos túnicas...”); no salirse
de los límites establecidos por la justicia y determinaciones legales
(los publicanos-recaudadores); ejercer el poder dentro de los baremos
establecidos (los soldados). La predicación del Bautista era una buena
anticipación del anuncio del Evangelio y de la misión de la Iglesia. La voz del Bautista sonaba como un trueno amenazador cuando
hablaba de la ira divina que se cernía sobre
todos por igual. La intervención divina aplicaría el mismo rasero
para todos. La “élite espiritual” del pueblo no tenía ningún
derecho especial reconocido por Dios. Serían tratados incluso con mayor
dureza que “las gentes de la tierra”, consideradas como malditas por
su desconocimiento de la Ley, la gente sencilla del pueblo (Jn 7,49),
precisamente por su “mejor” conocimiento de Dios y su mayor
responsabilidad en la dirección equivocada de su pueblo (Mt 3,7-10). Era
un inevitable e incontenible regocijo el oir la voz de aquel profeta
singular que trataba a los más piadosos y devotos en apariencia con mayor
rigor que a los que se encontraban en el grupo de los pecadores, entre los
cuales estaba Jesús. La ira de Dios se aplicaría únicamente mediante la aplicación
de su poder salvador. Y éste suponía la decisión de aceptar la gracia
salvadora manifestada en el bautismo de penitencia que el Bautista
administraba y el consiguiente cambio de vida y de conducta que exigía a
cada persona, teniendo en cuenta la profesión de cada uno. Además, esto
era urgente. La predicación de Juan, en nuestras categorías, sería
calificada de “escatología inminente”: Ya está puesta el hacha a
la raíz de los árboles y todo árbol que no dé buen fruto, será
cortado y arrojado al fuego (Mt 3,10). Es Dios mismo quien tiene
puesta el hacha a la raíz de los árboles. Lo que más impresionó a Jesús al oir aquella predicación
tan objetoiva, interpelante y comprometedora fue la sinceridad de una
persona que era consciente de su papel anunciador del drama escatológico,
pero que se consideraba a sí mismo como una figura de transición hacia
alguien o hacia algo que sería el que o lo que llevase a la perfección
aquello que él anunciaba. ¿Quién sería aquella persona “más fuerte
que él”? Los lectores del Evangelio no tienen hoy dificultad alguna
para establecer la identidad de la persona aludida. El “más fuerte”
era Jesús mismo, pero, entonces, él todavía no lo sabía y, por
supuesto,, la ignorancia del Bautista sobre el particular era patente.
Juan únicamente sabía que él no
era la persona elegida por
Dios para llevar a su término la acción que había iniciado por su
medio. Y, entre sus cálculos, figuraban los que eran presentados como
candidatos más probables en otros niveles culturales más elevados. Podría
ser Elías, el apocalíptico Hijo del hombre, Moisés, Melquisedec,
alguande las figuras sacerdotales de las que se hablaba en Qumran y que,
por lo mismo, eran conocidas por el Bautista. Jesús entendió el bautismo de Juan como una invitación al
compromiso de una vida nueva y como un acto simbólico que proclamaba,
anticipaba y aseguraba la purificación del pecado que, por medio del “más
fuerte”, el Espíritu Santo llevaría a cabo el último día, cuando
fuese derramado como agua sobbre el pecador arrepentido. La presencia de
Jesús en el Jordán y el bautismo que había recibido fueron una iniciación
profunda en la dialéctica de la alianza. Por eso dice alguno de los intérpretes
modernos que Jesús convirtió al Bautista en una especie de parábola, de
enigma, de adivinanza. (J. A. Meier, Un Judío Marginal, II/1,
p.187). Lo que anunció Sofonías y esperaba como inminente el
Bautista, es la vivencia más profunda de san Pablo (segunda lectura).
Los diversos aspectos acentuados por el Apóstol hablan de una alegría
que no se halla motivada por las circunstancias favorables de la vida. No
olvidemos que Pablo habla de ella desde la cárcel. Esta alegría es obra
del Espíritu Santo (Rm 14,17; 1Ts 1,6; Ga 5,25). Es la alegría de la
vida cristiana o esta misma considerada como alegría (Jn 16,22s: es la
alegría causada por la presencia del Resucitado. Nadie se la podrá
quitar al creyente. Ella aclara el misterio oscuro de la existencia
humana. Y sólo ella lo puede hacer). Es una alegría que ni siquiera la cárcel
en la que se encuentra Pablo cuando la manifiesta como exigencia del
cristiano, puede desaparecer. Felipe F. Ramos Lectoral |