|
CICLO C Cuarto Domingo de Adviento |
||||
|
Una vez más, la situación de opresión en que vive el pueblo de
Dios hace que sus dirigentes proyecten su mirada hacia un futuro mejor.
Miqueas, contemporáneo de Isaías, en el siglo octavo, hace que nuestra
mirada se pose en Belén (primera lectura). Fuera de esta pequeña
aldea, y tal vez porque de allí había surgido David, el gran unificador
del pueblo disperso, estaba todo tan controlado por la potencia
extranjera, que entonces era Asiria, que no había dónde mirar. Asiria
invade el norte, conquista Samaría el año 722, y controla también el
sur, Judá.. Nuestro profeta Miqueas se refugia en Jerusalén. Tampoco allí
había seguridad. Pero allí recibe la palabra de Dios cargada, como
siempre, de esperanza.
Orienta la mirada del pueblo hacia Belén. ¿Conocía los caminos
de Dios? Como en los días antiguos de allí saldría el rey mesiánico.
Ya sabemos que, del más pequeño de su familia, surgió el político más
grande que unificó al antiguo pueblo de Dios, David. La figura del pastor
adquirió el significado de guía-dirigente-salvador. La mirada hacia el
pasado proyectó una luz esperanzadora hacia un futuro tan lejano que, en
el cómputo divino, ya es presencia.
La esperanza irrumpe como realidad inminente en la Anunciación-Visitación
(tercera lectura). El relato de esta última rompe, todo él,
los moldes del pensamiento histórico e introduce en él los
rasgos esenciales que le convierten en evangélico. María sabía
muy bien lo que hacía. Ella había experimentado una extraordinaria
intervención divina que la había desconcertado con el anuncio
incomprensible de una presencia tan singular de Dios en ella, que tendía
como final de la secuencia de sorpresas la aparición de un Niño
excepcional. Se le había dado una señal, y nadie la había
prohibido que comprobase la veracidad de la misma. La comprobación de la
“señal” se convertiría, a su vez, en un “signo”, que podía
orientarla en la comprensión del Niño que ya llevaba en las entrañas.
El viaje urgente no estaba justificado por la excelente delicadeza,
expresión de la caridad suprema, del servicio que María debía ejercer
con su pariente Isabel que, en su nueva circunstancia, sin duda alguna lo
necesitaría. Así se ha afirmado muchas veces sin tener en cuenta lo que
dice el texto evangélico: María permaneció con ella unos tres meses
y luego regresó a su casa (Lc 1,56). Lucas no hubiese escrito este
texto si hubiese pretendido subrayar la exquisita asistencia social que
María iba a ejercer con su prima Isabel. Naturalmente que este necesario
servicio no lo excluimos. Sólo afirmamos que no está ahí la razón
de un viaje tan repentinamente decidido y tan peligrosamente
realizado. ¿Deja sola a su prima cuando más la necesitaba?
El viaje urgente convirtió la lejanía en presencia, en unificación.
La finalidad del evangelista es unir a las dos futuras madres sobre la
base del fruto de sus entrañas. Ambas alaban a Dios por la actividad
salvífica realizada por su mediación. La presencia de María en Ein
Karem, a 6 km. al oeste de Jerusalén, donde vivía Zacarías con su
familia y desde donde se desplazaba con facilidad a la ciudad santa cuando
le correspondía ejercer su ministerio sacerdotal
en
el templo, duró tres meses. No espera a que Isabel dé a luz. El
evangelista deja entrever al lector que se fije en la independencia de
las familias: Zacarías, Isabel y Juan, por un lado,; José, María y
Jesús, por otro.
Evidentemente que existe una intencionalidad teológica en la
presentación de los dos tríos: el primero culminó la prehistoria,
el AT y, con una admirable continuidad, da paso a la historia, al
segundo, a la perfección de la misma o a la plenitud del tiempo. Los tres
meses sirven de sosiego pacífico para la contemplación de la acción
salvadora de su Dios. La acentuación teológica se manifiesta
particularmente en palabras o en gestos sueltos intercalados a lo largo
del relato. El saludo se halla cargado con la acción divina
efectiva (como lo había experimentado María ante el saludo del ángel (Lc
1,28-29). De hecho produce una profunda conmoción en Isabel, que la
experimentó por la reacción del niño en su seno y la plenitud del
Espíritu que sintió en su interior y la hizo descubrir el misterio
encerrado en María. La confesión de María como la madre de mi Señor es
la expresión de la fe cristiana. Responde a la verdad. Pero no a la
verdad “histórica”. Isabel no pudo manifestar en aquel momento y con
tanta perfección el contenido profundo de la fe cristiana. Su formulación
presupone la resurrección de Jesús. La verdad teológica, lo
ocurrido posteriormente, se traslada a estos orígenes tan incipientes del
misterio cristiano. Y, en esta retrospección, la verdad teológica se
convierte en verdad “histórica”. Lo que Isabel afirma es consecuencia
de lo que se nos ha afirmado hasta aquí: el tiempo mesiánico ha llegado,
aunque todavía no se haya hecho visible. Isabel tiene un cierto
protagonismo en esta llegada
y el hijo que ha saltado en su interior está destinado por Dios para
preparar los caminos del Señor: Caminará delante de él (del Señor,
su Dios) revestido del espíritu y del poder de Elías, “para
restablecer la concordia entre los padres y los hijos” e infundir en los
contumaces la sabiduría de los justos, “preparando al Señor un pueblo
debidamente dispuesto” (Lc 1,17). Desde el punto de vista teológico tal vez mejor “bíblico”,
Isabel y María se han abrazado en la misma fe. Es María la que ocupa el
centro de la escena, no Isabel; pero está en el centro de la escena
porque Dios la ha colocado en él dispensándola una dignidad y un
“servicio” excepcionales; Isabel, por su parte, mucho mayor en edad
que ella, se convierte en “signo” y en una confirmación de su fe. El salto
del niño y el comentario en torno a él es la anticipación de la
relación futura. El salto es el reconocimiento de que Jesús es el Señor
(Lc 1,44: la bienaventuranza que Isabel dirige a María por su fe...). La
alegría caracteriza la presencia o la proximidad del reino de Dios desde
su aparición incipiente hasta su culminación gloriosa en la resurrección. La reflexión serena y profunda del acontecimiento nos la
ofrece la carta a los Hebreos (segunda lectura) en su reflexión
sobre el Sal 40,6-8: “Tú, ¡oh Yahvé, Dios mío!, has multiplicado tus
maravillas y tus trazas a favor nuestro. Yo quisiera cantarlas, hablar de
ellas, pero sobrepasan todo número. No deseas tú el sacrificio y la
ofrenda, pero me has dado oído abierto; no buscas el holocausto y el
sacrificio expiatorio. Y me dije: ”Heme aquí; en el rollo de la Ley se
escribió de mí...” La palabra de Dios asegura que aquellos sacrificios no le
agradaron. El Sal 40 se halla originariamente en labios de un devoto
israelita que da gracias a Dios por haberle liberado “graciosamente”
de sus desgracias. Este hombre, verdaderamente piadoso, ha caído en la
cuenta de que la mejor forma de dar gracias a Dios es una entrega más
personal y una exigencia más generosa para con Dios, mejor que cualquier
clase de sacrificio ofrecidos en el templo. Pero el salmo tiene un sentido más profundo, porque ¿quién
era el que tenía que venir a este mundo? Evidentemente, el Mesías. Y
como el Mesías no había venido todavía, el salmo debía ser
interpretado como una profecía, con esencial referencia al futuro. Pone
en su boca las palabras que él pronunciaría en el momento de su aparición
en nuestra tierra. “Me
has preparado un cuerpo”. Esta traducción se halla en la línea de
adaptación del salmo al Mesías. Responsable de la traducción fue la
versión de los LXX, ya que el texto original decía: “me has dado un oído
atento”. La nueva traducción “me has dado un cuerpo”, no hace más
que ampliar el sentido original del texto: el que escucha atentamente la
voz de Dios “con su oído” está dispuesto a cumplir su voluntad con
todo el cuerpo (toda la persona) que Dios ha creado para él. Se
nos habla de la oblación del “cuerpo” y no de la sangre de Cristo. La
palabra “cuerpo” se halla aquí motivada por la misma expresión del
salmo: “me has preparado un cuerpo”. Y esta oblación extiende el
ofertorio no sólo al momento de la encarnación –al entrar en este
mundo- sino a la entrega de toda la vida al servicio de la voluntad de
Dios. Entrega que culminó en la cruz. Tanto cuando se habla del
“cuerpo” como cuando es mencionada la “sangre” la referencia se
hace a la total auto-entrega de cristo. Felipe F. Ramos Lectoral |