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CICLO C Primer Domingo de Cuaresma |
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La resurrección de Jesús es al NT lo que el Éxodo al Antiguo. El
artículo fundamental de cada una de las dos fases de la Alianza se fue
ampliando desde una mirada retrospectiva al pasado: la resurrección de
Jesús resucitó su pasado; el Éxodo evocó un pasado que ampliaba la
historia de Moisés y acentuaba los aspectos más destacados de la vieja
historia hebrea: la historia patriarcal, la salida de Egipto y la entrada
en la tierra de la Promesa fueron los acontecimientos más impactantes de
la historia de Israel. Todo ello lo recitaban los miembros del pueblo de
Dios como un "pequeño credo histórico" o como una proclamación
de fe cuando acudían al templo en sus principales fiestas (primera
lectura).
Los artículos de la fe que
integraban aquel credo inicial no tenían como centro de interés la
naturaleza y perfecciones de Dios. Le descubrían y describían como el
Ser cercano e inseparable de la historia, como el que ES: Dios está
en el hombre, en su vida y en su historia. Su acción liberadora ocurrida
en el pasado no pertenece sólo a los tiempos remotos de los que ellos han
oído hablar. Aquel pasado es tan presente como lo fue en los tiempos
remotos a los que hemos aludido. Entonces y ahora.
La recitación del credo, en situaciones comunitarias, se convertía,
además, en el poder más eficaz para superar las tentaciones. Esto
justifica el contenido de la tercera lectura. El relato de las
tentaciones tiene todas las características de una composición bíblico-teológica.
¿Responden a algo ocurrido en la vida de Jesús? El problema de la
historicidad de las tentaciones de Jesús debe enfocarse así: a) Jesús
fue tentado. Fue semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. Así
presenta a Jesús la carta a los Hebreos (4,14ss). Partiendo de su plena
humanidad, la tentación-prueba es algo completamente natural en él; fue
tentado en el comienzo mismo de realizar su misión; b) es normal que,
precisamente en ese momento, reflexionase sobre la misión que iba
a emprender y el modo
de llevarla a cabo; c) el relato afirma el hecho de la tentación, no
precisa el modo de la misma. Éste se halla descrito de una forma
excesivamente plástica y antropomórfica; d) debe aceptarse tanto la
realidad de un hecho vivido por Jesús como la escenificación del mismo.
En este caso la escenificación constituye todo aquello que podría ser
como el marco que adorna y, de alguna manera, sostiene el cuadro,
constituido tanto por las palabras del Tentador como por la réplica de
Jesús a las mismas.
Tanto Mateo como Lucas nos presentan las tentaciones de Jesús en
forma de una lucha dialéctica entre dos especialistas en Sagrada
Escritura, de la que Jesús es mejor conocedor y más agudo intérprete
que su adversario. A las propuestas de Satán contesta siempre Jesús con
un argumento de Escritura: “está escrito”. Y ya esta respuesta
contiene una enseñanza preciosa: la palabra de Dios es inapelable;
cierra toda posible discusión. La palabra de Dios se acepta o no se
acepta, pero no se discute. El esquema general en el que se hallan
encuadradas las tres tentaciones lo han tomado tanto Mateo como Lucas del
evangelista Marcos, que menciona la acción del Espíritu en Jesús, el
desierto, los cuarenta días de ayuno, el hambre y la tentación. Marcos no
nos refiere ninguna de las tres tentaciones clásicas, que leemos en
los otros dos Sinópticos. Estos las han tomado de su fuente común, Q, y
lo han hecho recurriendo a ella de forma independiente. No olvidemos que
ambos dependen también de Marcos, pero literariamente se desconocen entre
sí.
Lucas ha invertido la segunda y la tercera tentación, colocando en
último lugar la segunda de Mateo. ¿Hay alguna explicación razonable
para esta inversión? Creemos que sí: Lucas ofrece el relato de las
tentaciones de Jesús como una amonestación para sus discípulos y para
la Iglesia en general. Las tres tentaciones se corresponden con las
tres primeras peticiones del Padrenuestro, pero de tal modo que estas
tres peticiones aparecen en forma inversa: frente a la primera tentación,
la tercera petición: danos cada día nuestro pan cotidiano; frente
a la segunda tentación, la segunda petición: venga tu Reino;
frente a la tercera tentación, la primera petición: santificado sea
tu Nombre. El relato de las tentaciones y el Padrenuestro tendrían el
mismo denominador común: acentuar el constante peligro en que viven
los discípulos a los que “ronda” Satanás.
La historia de las tentaciones es utilizada por Lucas como réplica
a una falsa inteligencia de la filiación divina de Jesús. Tiene como
punto de referencia lo protagonizado por Jesús en el templo (Lc 2,49:
“discusión con los doctores”), y la descripción de la epifanía
habida en su bautismo y de su genealogía (Lc 3,22.38) y anuncia de forma
programática la victoria de Jesús, el “Hijo querido”, sobre el poder
de las tinieblas. Esta victoria se logró de forma definitiva en la pasión
mediante la plena obediencia a la voluntad del Padre. Por eso nuestro relato afirma que el
diablo se alejó de él hasta el “tiempo oportuno” (Lc 4,13, que
es una clara referencia al tiempo de la pasión).
La condenación de un mesianismo político no se halla
contemplada directamente en el episodio. La única interpretación
adecuada es la cristológica, como se deduce del contexto
inmediatamente anterior. Y ésta consiste en la afirmación siguiente: Jesús
quiere cumplir su misión (Lc 2,11) ante Dios y para su gloria (2S
7,12ss), es decir, en cuanto Hijo de Dios será el Mesías y no en cuanto
Mesías ser el Hijo de Dios. Esta decisión incluye el pensamiento de la
cruz e, indirectamente, condena el mesianismo político.
El recurso al Dt 8,3 para vencer la primera tentación
significa en la mente de Jesús que si la vida temporal se sustentó con
el maná, gracias al mandato de la omnipotencia de Dios, hay otra vida
espiritual, que es preciso vivir en la obediencia a sus leyes y mandatos,
en la aceptación de su palabra vivificadora. La segunda tentación es de idolatría.
Cristo destruye de nuevo la propuesta de Satanás con palabras tomadas de
la Biblia (Dt 6,13). También en la tercera tentación Satanás, -y
no un diablo cualquiera, sino el jefe de todos ellos, según la
creencia común- recurre a la Escritura para formularla (Sal
91,11-12). Jesús la rechaza indicando que la temeridad no entra en los
planes de Dios.
La tentación y la duración de la misma tiene en Dios la
iniciativa. La doble mención del Espíritu en el comienzo del relato
lo pone de relieve. Da la impresión de estar allí para “azuzar”
a los contendientes y levantar la mano del Vencedor, que es Jesús, el
Hijo de Dios.
La eficacia del credo viviente la pone de relieve la segunda
lectura de hoy. La predicación cristiana original nació
de la convicción profunda del señorío único de Cristo a partir
de la resurrección de entre los muertos: “Tenga, pues, por cierto toda
la casa de Israel, que Dios ha constituido en Señor y Cristo a este Jesús
a quien vosotros crucificasteis” (Hch 2,36). Esta es la convicción
fundamental originante de las múltiples formas de la confesión cristiana
de la fe, que encontramos dispersas a lo largo del NT. En ellas, el
creyente sale de sí mismo para entrar en relación con Cristo, a quien
reconoce como el Señor de su vida: “Si confiesas con tu boca que Jesús
es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre
los muertos serás salvo, porque la fe del corazón consigue la justicia y
la confesión de boca la salvación” (Rm 10,9s).
Se trasladaba a Jesús la convicción inquebrantable de la antigua
fe israelita, que veía en Yahvé al único Dios y Señor. Comienzan a
surgir las primeras fórmulas de fe o auténticos credos abreviados del
pueblo de Dios. En ellos son recogidos, de forma general, los dos artículos
determinantes de la nueva fe: Cristo murió por nuestros pecados, fue
resucitado por Dios y constituido en Señor. La introducción a este credo coincide con lo afirmado al final del breve comentario sobre la proclamación de fe del antiguo Israel: “La Palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón...” Dios está en el hombre, en su vida y en su historia.
Felipe F. Ramos Lectoral |