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CICLO C Segundo Domingo de Cuaresma |
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La transfiguración de un hombre se realiza cuando Dios se hace
presente en su vida. Como en el caso de Abrahán (primera lectura).
La triple promesa recibida por el patriarca: descendencia, tierra y
bendición constituyen su aspiración suprema: la descendencia numerosa
era para ellos fuerza y poder; la tierra propia es el premio supremo a su
andar errante; la bendición significa para ellos bienestar, riqueza y
superación de toda angustia.
El rito que garantiza la triple promesa es llamado rito de pasaje o
de alianza. Dios pasa por en medio de las víctimas sacrificadas cuyas
mitades son colocadas mirando una a la otra. El significado acentúa la
certeza del pacto: si no cumplo mi palabra que me suceda como a estas
víctimas (Jr 34,18). El rito es una señal
que remite a la fidelidad de Dios. Abrahán, por la
confianza, entra ya en posesión de lo que espera. Sus descendientes son
testigos de que su fe no quedó defraudada. La transfiguración de Abrahán es figura y anticipo de la que nos relata la tercera lectura de hoy. Dicho relato resulta absolutamente incomprensible considerado desde un historicismo literalista. Lo mandaríamos inevitablemente al campo de la fantasía o de la leyenda. Lo principal aquí es la teología y el mensaje contenidos en la narración. Teología y mensaje que han utilizado como vehículo de expresión una serie de creencias procedentes del mundo judío. Entre ellas es preciso enumerar la aparición de Moisés y de Elías, la voz oída desde la nube, el resplandor y la gloria. Una serie de detalles funcionales puestos al servicio de la finalidad perseguida por el evangelista: todo lo esperado para el futuro se ha hecho realidad en el presente, en la persona de Jesús.
Lucas ha elaborado a Marcos (9,2-10) introduciendo profundas
modificaciones en su relato. Una elaboración muy profunda que se
manifiesta en los detalles siguientes: la transfiguración tiene lugar mientras
Jesús oraba (Marcos y Mateo desconocen este detalle tan importante,
porque nos introduce en el contacto de Jesús con su Padre; este detalle
subraya desde el principio la importancia de la escena); el sueño de
los discípulos (alusión al de Abrahán) también resulta
desconcertante (tampoco lo leemos ni en Marcos ni en Mateo; ¿es un
detalle para poner de relieve su incomprensión, como en su sueño en
Getsemaní, Mc 14,40; Mt 26,43?); el diálogo de Moisés y de Elías sobre
su muerte (también se halla ausente en los relatos paralelos, que no
precisan el tema de la conversación; se limitan a constatar su
presencia); la propuesta de Pedro para que no se marcharan Moisés y Elías
(Marcos y Mateo desconocen esta finalidad. Nos dan la impresión de que
los discípulos se hallan muy a gusto y que quieren disfrutar de aquella
situación); a la visión de la nube añade Lucas (sólo él) que los
tres discípulos se vieron envueltos en ella. Esto significa que se
sintieron inmersos en el misterio de Dios. Y esta experiencia fue la que
suscitó en ellos el temor (Marcos nos obliga a suponer que los discípulos
estaban asustados por la visión, mientras que Mateo atribuye el
temor a la audición: Este es mi Hijo...; Lucas menciona la
prohibición que Jesús les impuso de no contar a nadie lo que habían
visto (otro detalle silenciado también por los textos paralelos); menos
sorprendente, aunque sí desconcertante, es que Lucas invierta el orden en
que suelen aparecer los tres discípulos predilectos de Jesús al colocar
a Juan delante de Santiago (Marcos y Mateo siguen el orden
tradicional: Santiago y Juan).
Sin que sepamos el cómo o la forma los tres discípulos han
debido tener una experiencia profunda del misterio de Jesús gracias a la
cual descubren su pertenencia al mundo de Dios: “vieron su gloria”
(v.32: la “gloria” es Dios mismo en cuanto se manifiesta de alguna
manera en forma sensible). Estamos
ante una revelación de Cristo mediante la palabra venida del cielo.
Dios presenta a Jesús como su Hijo. La visión de Cristo sólo es posible
en la realización del verdadero discipulado (Lc 9,23-27: condiciones que
se nos narran inmediatamente antes del suceso que nos ocupa), en la plena
obediencia de la fe en él. El cambio visto en Jesús sólo es comparable
con su cuerpo resucitado (Lc 24, 36ss; Jn 20-21) y su anticipación en el
sentido de manifestar la otra forma (Mc 16,12: en etéra morfé,
dice el texto griego, y que no es otra cosa que la forma “divina”
frente a la humana). Jesús es otro y es el mismo.
Tal vez por eso la transfiguración tuvo lugar de noche. El calor
del día aconsejaba la subida a la montaña de noche. Así lo
supone el texto que sigue a nuestro relato, y que no está recogido en la
lectura de hoy: “Al día siguiente, al bajar ellos del monte... Por otra
parte, Jesús aprovechaba la noche para entregarse a la oración. Esta visión
es descrita con rasgos singulares, que Lucas ha utilizado en la línea de
una mayor racionalización del hecho: no dice que Jesús “se transfiguró”
(como Marcos y Mateo), sino que el aspecto de su rostro se cambió;
habla del “miedo” de los discípulos, que expresa, más bien, el temor
reverencial que surge siempre como consecuencia del contacto con lo
divino. ¿O pudo haber obedecido a que los discípulos pensasen que la
nube elevaría a Jesús como había ocurrido con Elías (2R 2,11) o que se
fuese en aquel momento con él? (Hch 1,9).
Moisés y Elías se convierten en flechas indicadoras que
nos llevan al descubrimiento supramundano del contexto histórico-salvífico
en el que se encuentra Jesús. Moisés y Elías, como testigos de la
salvación venidera, anuncian que su papel se cumple al presentar a Jesús
de Nazaret como el Mesías sufriente y, por ello, reciben la aprobación
de Dios. Esto explica el silencio sobre la prohibición de Jesús
de no decir nada a nadie de lo visto en el momento de la revelación.
Por otra parte, ¿quién les hubiese creído, si no habían creído a Jesús
cuando les anunció su pasión? (Mc 8,31ss).
Si nuestro relato conserva algún vestigio de la discusión
existente en el cristianismo primitivo sobre la cristología de Elías (Lc
9,51ss), esto podía sonar aquí, en el verso 31: De repente dos
hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías. Ello significaría
que la muerte de Jesús y el modo de la misma demostraba su superioridad
sobre el profeta elevado al cielo y también sobre Moisés. Ambos lo
reconocerían y proclamarían el mesianismo de la muerte de Jesús.
Verdaderamente Dios se había hecho presente en Jesús y su vestido
luminoso así lo anuncia. Aunque dicha “luminosidad” tuviera que
ocultarse momentáneamente durante la pasión. Esta es la gran enseñanza
del relato.
La “transfiguración” del creyente la describe así el apóstol
Pablo: “El transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso
semejante (=sýmmorfon, dice el texto griego) al suyo, en virtud
del poder que tiene de someter a sí todas las cosas” (Flp 3,21). La
transfiguración esperada tiene su origen en el Transfigurado, retornado a
su patria original que es el Padre, el cielo. El Transfigurado, en el que
creen y esperan los creyentes
se convertirá para ellos en principio transfigurante. Obrará en
ellos la metamorfosis-transformación. El creyente vive de esta esperanza
y de la participación o derecho de ciudadanía que, por su filiación,
por su unión con el Hijo, es ya una realidad incoada para él, y
absolutamente segura (Flp 3,20). Cuando nuestro texto habla del “cuerpo” (= soma, en griego) utiliza una antropología monista, no dualista. En ésta, el cuerpo es la parte material del hombre el contraposición al alma. Pablo no piensa así. Lo que Pablo entiende por cuerpo es lo que nosotros consideramos como la persona, la personalidad o la individualidad. El hombre se halla sometido a la muerte (Rm 7,24), privado de la gloria-doxa (Rm 3,23); lejos de Cristo (2Co 5,6-7). La bajeza-miseria-pobreza del cuerpo no es un concepto ético ni natural. Es un concepto metafísico. Se explica desde la contraposición entre el reino de la gloria, al que pertenecen los creyentes, y el reino de la tierra en que viven. La vida en este segundo reino es desde donde se califica al cuerpo como “mísero, de vileza...”Sólo puede ser llamado así en contraposición a la gloria-doxa. Dicha contraposición presupone una metafísica espacial, la confrontación entre lo de abajo y lo de arriba, expresada en la frase “somos ciudadanos del cielo”.
Felipe F. Ramos Lectoral |