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CICLO C Cuarto Domingo de Cuaresma |
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La “tierra” era a Israel lo que la “Casa” a la Iglesia (Jn
14,2). Para la celebración de la fiesta en Guilgal bajo la batuta de Josué
(primera lectura), para la celebración de la pascua era previo el
rito de la circuncisión para los hebreos; algo así como para que los
cristianos puedan participar en la eucaristía es previo el bautismo. La
fiesta que se celebró en Guilgal, nada más pasar el Jordán, significó
varias cosas: la liberación
del oprobio de los egipcios, es decir, la circuncisión; al vivir entre
los egipcios, que eran considerados como incircuncisos, los hebreos se
sentían como paganos; la circuncisión les concedía el derecho
de ciudadanía del pueblo elegido; podían celebrar la fiesta de la
pascua; la toma de posesión de la tierra; el cese del maná, que
significaba la sedentarización del pueblo y el extraer de la tierra el
alimento necesario para la supervivencia; cesa la vida nómada y comienza
la sedentaria y el reposo en la tierra prometida.
El santuario y las fiestas en Guilgal nada más pisar la tierra de
Canaán son como las primicias de la nueva etapa que se abre en la
historia de la salvación. Son como la consagración de la nueva tierra:
Dios ha tomado posesión de ella y ha fijado su morada en un lugar santo:
Guilgal.
El segundo punto de la comparación es “la Casa” (tercera
lectura). Nos es descrita mediante el relato de la perla de las parábolas,
que es el resumen más vivo y acabado del Evangelio. Cristo recurrió a
esta historia tomada de la vida para describir el corazón
infinitamente paternal de Dios. Y también la vaciedad sustancial del
hijo que se aleja del Padre y la envidiosa
mezquindad del que sólo fisiológicamente era hijo y hermano.
La extrema miseria moral y física en que vive el hijo
independizado, le hace entrar dentro de sí. Se acuerda de la casa
paterna. Recuerdo inicial mezclado de egoísmo. Primer paso para la
conversión. Sigue reflexionando y cae en la cuenta de que su mayor
desgracia es la lejanía de su Padre, y siente la necesidad
imperiosa de volver a casa. Dirá a su padre que ha pecado; que no tiene
disculpa alguna por lo que ha hecho; que no pretende reclamar ningún
derecho; que solamente quiere estar junto a él, aunque sea como un
criado. Lo que el padre considera como más sagrado e intangible en los
hijos es su libertad. No fuerza a nadie a quedarse en casa. La
partida de la casa paterna y la vida licenciosa en que gasta sus bienes constituyen
conjuntamente el pecado del pródigo. Ambas cosas, inseparablemente
unidas, son la causa última de su miseria profunda.
Ahora ya todo lo hace el Padre. Su alegría es inmensa. Ha
recuperado a su hijo. El vestido precioso es en Oriente signo de
distinción y, en la Biblia, símbolo de los bienes salvíficos; el
anillo, indudablemente el anillo de sellar, es símbolo de la plenitud
de poderes; el calzado es distintivo de los hombres libres; sólo
los esclavos andaban descalzos. Y se mata el becerro cebado para, por la
comunión de mesa, significar la comunión de vida. ¿Cómo no
sentirse entusiasmado con ese Padre que concede mucha más de lo que le pide el hijo?
El hijo mayor no podía entender la conducta inexplicable, -extravagante,
como son llamadas por los técnicos estas parábolas cargadas de
inverosimilitudes- de su padre, que parece preferir lo malo a lo bueno.
No quiere ver siquiera a su hermano. Mucho menos que se le considere
hermano de aquel a quien todo el mundo señalaba con el dedo. Por eso,
cuando se dirige a él, le llama “ese hijo tuyo”. El padre no niega la argumentación del hijo mayor. Niega simplemente que no le
haya mostrado tanto amor como al más joven. ¿No ha gozado siempre de
su compañía?
La demostración de la alegría recae en que el padre tiene
junto a sí al hijo alejado de la casa paterna. Y en ese momento no puede
hablarse de derechos. La última y única palabra la tiene el amor.
Si él no obrase así, dejaría de ser su padre. El pensamiento
fundamental de la parábola es el amor de Dios para con los pecadores.
El hermano que se niega a recibir a su hermano retrata la fidelidad
desenfocada de aquellos puritanos que criticaban la compañía de Cristo
con los pecadores. Se niegan a entender los planes de salvación de Dios,
colocándose así contra Dios mismo.
La segunda parte de la parábola se dirige al hijo mayor y, por el
principio de elevación, al fariseismo. Y en ella se acentúa que en las
relaciones del hombre con Dios no vale argumentar sobre la base de
pretendidos derechos. La parábola-metáfora es una invitación al
cambio de mentalidad y de los valores establecidos. Jesús afirma que la
acogida de los pecadores no suprime el derecho de los justos. Pero, ¿en
nombre de qué invita Jesús a cambiar? ¿En nombre de quién derriba la
imagen farisaica de Dios? Jesús sabe que está participando en un
acontecimiento urgente: Dios está cerca. Su Reino ha llegado. Y
esta llegada debe producir un cambio radical en la jerarquía de la
valoración humana tanto de las cosas como de las mentalidades y
actitudes.
El apóstol Pablo profundiza hasta lo más hondo posible el
significado de “la tierra” y de “la Casa” (segunda lectura).
El que cree en Cristo es nueva criatura (2Co 5,17). Dios es el autor de
esta nueva creación. Y esta nueva creación, que produce seres nuevos,
tiene su fundamento en que él es y actúa como el reconciliador. La
eliminación del pecado, y solamente ella, puede producir criaturas
nuevas. Esta reconciliación
es propia y exclusiva de Dios (Mc 2,7). El hombre es incapaz de lograrlo
(en contra de lo que pensaban los antiguos, y también el hombre moderno,
y la misma concepción judeofarisea). Solo la voluntad y acción divinas
pueden llevarlo a cabo (Rm 3,25; 5,1. 10; Col 1,20). Cristo es el mediador de la reconciliación entre Dios y los hombres. Ahora bien: como al Apóstol se le confía la tarea de continuar y completar la misión de Cristo (2Co 1, 18. 22), también se le ha confiado el ministerio de la reconciliación (2Co 5,18). El ministerio de la predicación pertenece a la esencia del acontecimiento de Cristo. Es Dios mismo quien ha establecido este ministerio (2Co 5,18ss). La iniciativa en esta obra de reconciliación, como nueva creación que es, tiene que partir del Padre. Precisamente por eso, la grandeza del ministerio apostólico está en haber sido asociados a esta obra o, más directamente, a su aplicación. El autor de la reconciliación instituyó el ministerio de la reconciliación. Dios, el Reconciliador, realizó su obra en Cristo y a través de él. La expresión paulina no puede ser mejorada: Era Dios el que reconciliaba consigo al mundo en Cristo... y puso en nuestras manos la palabra de la reconciliación (2Co 5,19). El “ministerio de la reconciliación es el ministerio apostólico, y viceversa”. De ahí que éste se halla en la entraña misma de la voluntad salvífica de Dios o que sea una consecuencia lógica de ella.
Felipe F. Ramos Lectoral |