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CICLO C Quinto Domingo de Cuaresma |
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El Dios bíblico no es definido por lo que es, sino por lo que
hace. Sus acciones en un pasado remoto hicieron pasar a un pueblo
esclavizado –el que un día sería su pueblo- a la libertad de disfrutar
de la tierra propia. Pues bien, lo que ocurrió durante la esclavitud
egipcia volverá a ocurrir con sus opresores de Babilonia. Entonces
“abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas”, es decir,
el mar Rojo y el paso del Jordán fueron el camino de antaño preparado
para los suyos y trampa mortal para sus enemigos. Como insuperable
Ingeniero está especializado en proyectar y realizar caminos. Del
que nos habla hoy la primera lectura, no fue por las aguas sino por
la arena del inmenso desierto que uniría a Babilonia con Palestina (Is
40, 3; 43, 19: ”voy a hacer una obra nueva, que ya está comenzando; ¿no
la veis? Voy a abrir un
camino en el desierto y torrentes en las tierras áridas”
La referencia al nuevo Éxodo no puede ser más clara; la nueva
realidad es descrita utilizando los recursos del antiguo (Is 41,22: ”Que
se acerquen y nos anuncien lo que está por venir. ¿Qué predicciones
hicisteis en lo pasado? Anunciadnos lo porvenir y veremos su
cumplimiento”). Se trata de una nueva liberación; el trayecto a
recorrer supone unos parajes distintos que sirven de género literario
para expresar la nueva intervención de Dios a favor de su pueblo: la
estepa –con su símbolo de creación primordial-, con sus animales
habituales y los ríos que Yahvé hará brotar en ella para apagar la sed
de su pueblo harán surgir un “cántico nuevo”, la alabanza debida al
Creador que siempre resulta “novedosa” para quienes experimentan su
acción liberadora.
La presencia benevolente de Dios se intensifica incluso cuando la
respuesta del hombre se caracteriza por la infidelidad, como nos dice la tercera
lectura de la liturgia de hoy. Con el pretexto de mantener la absoluta
pureza de la Ley, sus representantes e intérpretes oficiales presentan a
Jesús a una mujer que la había quebrantado gravemente cometiendo
adulterio. Esta transgresión estaba penalizada con la muerte: Si
adultera un hombre con la mujer de su prójimo, hombre y mujer adúlteros,
serán castigados con la muerte (Lv 20, 10; en el Dt 22,22, se repite
la ley anteriormente citada al pie de la letra). La pena era aplicada
normalmente mediante la lapidación.
Los juristas de oficio sabían perfectamente que Jesús frecuentaba
la compañía de los pecadores e
incluso que tenía amistad con ellos. Era algo que no podían soportar en
un hombre que se presentaba como delegado de Dios y que actuaba con
absoluta libertad para criticar todas las transgresiones de la verdadera
Ley, también, y sobre todo, si se trataba de los dirigentes del pueblo.
Esta actitud de Jesús había suscitado en ellos el deseo de cogerlo en
algún renuncio serio que le hiciese perder definitivamente el juego.
En esta ocasión, la trampa estaba tan bien urdida que Jesús
caería inevitablemente en ella. Le sitúan ante una alternativa que
no admitía componendas. O una cosa o la otra. ¿Por cuál de las partes
de la alternativa optaría Jesús? ¿Por la validez absoluta de la Ley o
por su conducta amigable con los pecadores? La opción por una de las
alternativas significaba la exclusión y la condenación de la opuesta.
Mientras lo pensaba; Jesús se puso a escribir o a hacer cualquier tipo de
signos con el dedo en el suelo. Una actitud de auténtica mofa y desprecio
frente a unos adversarios que le estaban acechando como una fiera a su
presa que consideraban ya entre sus garras. Esta vez no se les podía
escapar. Sin duda que, al ver la actitud de Jesús, que hemos calificado
de mofa y desprecio, sus acusadores la soportaron con la convicción de
haber metido al Maestro en un callejón sin salida.
Cuando ya les había puesto nerviosos se incorporó e invitó a
quien se considerase inocente que iniciase el castigo merecido por aquella
mujer lanzando sobre ella la primera piedra. ¡Menuda salida!. El caso es
que, sin aceptar la única alternativa posible, tal como los acosadores lo
habían pensado, Jesús ofrecía otra con la que ellos no habían contado.
Y ello sin salirse del caso por los cerros de Úbeda. La trascendencia
soberana de su respuesta desarticuló la trampa en la que habían caído
los que la tendieron. Como mínimo ellos eran tan pecadores como la
mujer acusada. Nadie se atrevió a juzgarla. Y comenzó el desfile
comenzando por aquellos que, por su edad y prestigio social, deberían
haberse considerado como inocentes. Pues bien, nadie se atrevió a
condenarla. Por supuesto, tampoco Jesús.
Creemos que el caso presentado a Jesús ocurrió realmente. Pero
esto no significa que acabase de tener lugar y que los escribas y fariseos
hubiesen sido testigos inmediatos del suceso. La mujer adúltera les había
sido presentada a ellos en cuanto guardianes, intérpretes y jueces de la
Ley, bien fuese por el propio marido o bien fuese porque el caso hubiese
trascendido los límites del hogar familiar y el rumor o la noticia les
obligase a juzgar el caso. Probablemente los jueces habrían ordenado que
fuese conducida a su propio tribunal, pero, al pasar por las inmediaciones
del templo y enterarse de que Jesús estaba allí enseñando, aprovecharon
la ocasión para someterlo a prueba. Esta pequeña unidad literaria no pertenece al evangelio de san Juan, aunque la leamos en él. Las razones para pensar así son múltiples y valiosas: rompe el contexto de los cap. 7-8; su contenido no encaja en este evangelio, que no está interesado en esta clase de problemas. Además falta en la mayor parte de los manuscritos antiguos y las referencias de los Padres de la Iglesia a ella son escasas. Otros manuscritos la colocan, dentro del evangelio, en sitios diversos, por ejemplo al final del mismo, como hacen actualmente algunas versiones modernas de la Biblia. En una serie de manuscritos la encontramos en el evangelio de Lucas, que sería uno de los lugares más adecuados, dado su interés por destacar la misericordia de Jesús. Y lo mismo podría afirmarse de la clasificación de los hombres en buenos y malos. Es un tema frecuente en los sinópticos, aunque también nos recuerda Juan que no debemos guiarnos por las apariencias (Jn 7,24: el texto se refiere a la valoración de la persona de Jesús).
En cualquier caso, la unidad literaria en cuestión pertenece al
evangelio, dentro de la tradición sinóptica, y su contenido es
claro: prohibe emitir juicios severos sobre los demás en relación con su
culpabilidad moral, ya que el que así juzga es también culpable. No
resistimos copiar la formulación paulina, que nos parece insuperable:
“Por tanto, eres inexcusable, ¡oh hombre!, cualquiera que seas, tú que
te eriges en juez, porque en aquello que juzgas a otro te condenas a ti
mismo, pues tú, que
condenas, cometes idénticas acciones” (Rm 2,1). De hecho Jesús vino a
salvar a los pecadores, no a perderlos (Lc 19,10). Jesús, rompiendo los
moldes establecidos por el puritanismo de la época, deja libre a la mujer
concediéndola la vida.
Para terminar, probablemente deberíamos afirmar que esta historia
nos es referida como una especie de escenificación de lo que afirma Jesús
un podo más abajo: Vosotros juzgáis con criterios mundanos; yo no
juzgo a nadie.
El calificativo del Camino abierto por Dios en Cristo para
la salvación del hombre, le fue mostrado a Pablo, que lo aceptó y
recorrió con valentía singular. Nos lo cuenta él mismo en la segunda
lectura, que es la segunda parte de su curriculum vitae. En la
primera parte (Flp 3,4-5) describe su comportamiento bajo la Ley. A este
modo de comprender su vida sucedió otra forma de autocomprensión, que él
comienza a describir con una partícula adversativa, pero... A
partir del encuentro con Cristo (3,7ss), no cuenta ni sirve nada de lo
anterior; ya no puede gloriarse en ello ni de ello; lo único importante
es lanzarse en pos de Cristo y seguir su camino. Y esto es lo que
significó su conversión: no un arrepentimiento del pasado –Pablo nunca
manifiesta sentimientos de arrepentido, sino de convertido-, sino un
lanzamiento a lo nuevo, al nuevo camino de salvación abierto por Dios en
Cristo para que el hombre pueda recorrerlo, la renuncia a la Ley y la
aceptación del Evangelio.
Felipe F. Ramos Lectoral |