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CICLO C Epifanía del Señor |
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El
episodio de los Magos tiene todas las características de una leyenda.
Naturalmente con una base sólida que la dio consistencia. En todos los países
donde se cultiva la ciencia astrológica –y esto ocurría en todo el
entorno de Palestina- existía la firme convicción según la cual cada niño
nace en la coyuntura astral; de ahí que cada hombre tenga su propia
estrella. Más aún, la aparición de una nueva estrella o la conjunción
de dos hacía pensar inevitablemente en un acontecimiento que determinaría
un cambio en la historia humana. Puede decirse de otra manera: la
regularidad en la marcha de las estrellas garantizaba la normalidad en la
marcha del mundo. Por tanto, un acontecimiento importante tenía que ser
señalado de algún modo en la marcha de las estrellas. Ahora bien, como
el nacimiento de Jesús era el acontecimiento más importante de la
historia humana necesariamente debía ser anunciado por el mundo de los
astros. Es en este punto donde se unen la leyenda y la teología.
La base histórica para nuestro relato –supuesta la mentalidad
mencionada- es la siguiente: el año siete a.C. tuvo lugar, según los cálculos
astronómicos (Kepler, en particular), la conjunción de Júpiter y
Saturno en la constelación Piscis. El planeta Júpiter era considerado
universalmente en el mundo antiguo como el astro del Soberano del
universo. Saturno era el astro de Siria y la astrología helenista lo
designa como el astro de los judíos. Finalmente, la constelación Piscis
estaba relacionada con el fin de los tiempos. Es lógico, ante la conjunción
de Júpiter y Saturno, que se pensase en el nacimiento, en Judea, del
Soberano del fin de los tiempos.
En Qumran ha aparecido también el oráculo del Mesías. Esto nos
indica que, también los judíos, mezclaban las creencias astrológicas
con las esperanzas mesiánicas y especulaban acerca de cuál sería el
astro bajo el cual nacería el Mesías.
A pesar de todo lo dicho, no hay posibilidad alguna de identificar
la estrella de los Magos con ninguna estrella del universo. Mateo (tercera
lectura) pudo haberse inspirado en cuanto precede, pero el relato bíblico
pretende hablarnos de una manifestación extraordinaria que, desde la
oscuridad, guía a los Magos a descubrir al rey de los judíos y del
universo.
Los Magos son figuras teológicas y funcionales, que vienen
a ratificar la dignidad única del protagonista del evangelio, a quien Mateo ya
ha presentado (Mt 1,1-25). De ahí que esta escena sea como el
cumplimiento de la anterior. Más aún, estos hombres –que eran paganos,
no judíos, y por tanto desconocían la revelación del AT- reconocen al
Mesías y no se escandalizan de su humildad mientras que, por el
contrario, los doctores de la Ley, especialmente versados en la Escritura,
no lo reconocen.
Estamos ya ante una tesis que se hará general a lo largo del
evangelio de Mateo: Jesús es rechazado por el pueblo de Dios y es
aceptado por los gentiles (se acerca a él un centurión para pedirle un
favor, Mt 8,5ss; lo mismo hace una mujer pagana, sirofenicia, que le pide
la curación de su hija ; Mc 7,24ss; el cuarto evangelio nos habla de los
griegos que querían ver a Jesús, Jn 12,20ss. Si los suyos y su pueblo se
apartan de Jesús se produce una grave contradicción ya que la humildad
de sus orígenes y, posteriormente, la de toda su vida, había sido
anunciada en el AT (Mt 11,6: “Dichoso aquel que no vea en mí una ocasión
de escándalo”. Esta contradicción la experimentaría incluso la madre
de Jesús, porque sus experiencias con el Niño confirmarían, en
realidad, lo predicho por el AT. ¿Es ésa la razón por la cual María
conservaba todo lo que estaba oyendo y viendo en su corazón? ¿No es ésta
la línea de la fe impuesta en el evangelio?. La
verdadera contradicción entre lo anunciado y su cumplimiento había sido
introducido por las especulaciones fantásticas del judaísmo que
esperaban un Mesías poderoso, que impondría por la fuerza y mediante ejércitos
invencibles su señorío sobre el mundo entero. Estas especulaciones habían
falseado las promesas.
El texto los presenta como magos. La palabra es oriunda de
Persia y con ella se designaba a los dirigentes religiosos. En el griego
corriente se utilizaba para referirse a los magos propiamente dichos o
practicantes de artes mágicas. ¿Qué significa en nuestro texto? Por
supuesto que no eran reyes. Esta creencia surgió posteriormente bajo la
influencia de algunos pasajes bíblicos (Sal 72,10; Is 49,7; 60, 10: vendrán
reyes y adorarán a Yahvé. “Los reyes de Tarsis y de las Islas le
ofrecerán sus dones, y los reyes de Seba y de Saba le pagarán tributo”
(Sal 72,10). Posteriormente, en el siglo quinto, se concretó su número
sobre la base de los dones ofrecidos. Finalmente, en el siglo octavo,
recibieron el nombre de Melchor, Gaspar y Baltasar. Tampoco eran lo que
hoy conocemos como sabios; tenían conocimientos de astrología. Hoy los
llamaríamos astrólogos.
A las razones históricas y psicológicas deben añadirse las teológicas
y bíblicas, para expresar las cuales el lenguaje más adecuado es el
poético. El texto de Isaías (primera lectura) juega con las
imágenes de la luz y las tinieblas, Jerusalén, invadida por
densas tinieblas: ocupación extranjera, destrucción del templo,
destierro babilónico, matanza de sus reyes y dirigentes... se convertirá
en ciudad luminosa: brillará intensamente porque en ella se establecerá la
gloria de Dios (Is 4,4-6; 24,23); se convertirá en el faro iluminador
de los que viven en tinieblas (siempre es de noche cuando falta la luz);
todos los pueblos con sus reyes se sentirán atraídos por su
esplendor y belleza ; los israelitas dispersos por una diáspora inmensa
acudirán a su patria sin esfuerzo (Is 49,22-23: “Así habla el Señor,
Yahvé: Yo tenderé mi mano a las gentes, y alzaré mi bandera a las
naciones, y traerán en brazos a sus hijos, y en hombros a sus hijas.
Reyes serán tus ayos, y reinas tus nodrizas; postrados ante ti, rostro a
tierra, lamerán el polvo de tus pies”.
La riqueza del mar llegará a Jerusalén y su pobreza se tornará
en riqueza que, como es lógico, cambia el llanto en celebraciones
festivas. Se repetirá algo tan fantástico e inesperado como lo ocurrido
en los días de Salomón: la reina de Saba llegó a Jerusalén cargada de
riquezas y regalos (1R 10,1-12). Lo de entonces se repetirá ahora en
forma de caravanas procedentes de Madian y de Efa, de las tribus
emparentadas con Israel, que vivían al noroeste de Arabia (Gn
25,4) y, más al sur-este, los de Seba, de Arabia (en el Yemen
actual) que eran famosas por el oro (1R 10,2; Ez 27,2; Sal 72,15), por las
cañas aromáticas y perfumes exquisitos (Jr 6,20).
¿Por qué el motivo teológico no ha eliminado los motivos
legendarios? Ahí sigue la estrella, los astrólogos que la persiguen, la
investigación basada en su descubrimiento... La explicación a este
interrogante la tenemos también en razones teológicas: En Jesús se
cumplen todas las esperanzas, no sólo las del pueblo judío sino las
de todos los hombres. El es el Rey que todos esperamos, un rey humilde y
oculto. Quien lo encuentra se alegra, le convierte en el rey de su vida y
le rinde el más precioso homenaje. Como los Magos. Los regalos
mencionados en el texto son los productos típicos de un país oriental. Pablo se manifiesta personificando dichas esperanzas (segunda lectura). El se siente como doctor gentium; le ha sido concedido el misterio de la revelación para abrirlo a todas las gentes más allá del judaísmo (se acentúa de este modo la universalidad del evangelio) como apóstol de los gentiles; y como él, todos aquellos a los que ha llegado el evangelio participan de la promesa en Jesucristo gracias a los instrumentos elegidos, iluminados e impulsados por la fuerza del Espíritu.
Felipe F. Ramos Lectoral |