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CICLO C Natividad del Señor - Misa del Día |
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Buena
anticipación del Magnificat: “Ha derribado de su trono a los poderosos
y ensalzado a los humildes” (Lc 1,52; las siguientes palabras de Isaías
constituyen la excelente anticipación a la que nos hemos referido:
“Desciende y siéntate en el polvo, virgen hija de Babilonia. No más
trono, siéntate en la tierra, hija de los caldeos. Ya no te llamarán jamás
la delicada, la voluptuosa” (Is 47,1). La “reina” Babilonia es
destronada; la “esclavizada” Sión, Jerusalén, ocupa su trono:”Echa
en torno a ti los ojos y mira, todos se reúnen para venir a ti. Por mi
vida, dice Yahvé que te revestirás de ellos como de ornamento y te ceñirás
de ellos como novia” Is 49,18). Iluminado
por el Espíritu, un discípulo del profeta Isaías describe el retorno
del pueblo desterrado a su patria (Is 40,9; 41,27) (primera lectura).
Es la gran noticia, el “evangelio”, la manifestación de la realeza
divina en Sión (Is 24,23: ”La luna se enrojecerá, el sol palidecerá
cuando Yahvé Sebaot sea proclamado rey. Y sobre el monte de Sión, en
Jerusalén, resplandecerá su gloria ante sus ancianos”). Los centinelas
descubren a los anunciadores de la paz y describen con gritos de alegría
la restauración de lo que había sido demolido por sus enemigos. El
retorno de Israel a su tierra significa la restauración
de la ciudad y del templo, la vuelta del pueblo a la tierra que se
había convertido en símbolo de la presencia de Dios y de su reino. Yahvé
es presentado como un guerrero que se arremanga las mangas y se
ajusta el
vestido para
tener más
desahogo en
su trabajo
de libertador (Is
42,13). Todos los pueblos pueden ser testigos de la lucha (la liberación
de Israel de Babilonia, repetición de la de Egipto) y de la victoria (la
salud-salvación) de Dios. Es el anuncio de la victoria del Bien sobre el
Mal. Aquello
fue una anticipación significativa. La realización plena la celebramos
hoy con un maravilloso himno a la Palabra de Dios (tercera lectura).
El término Logos o “palabra” estaba muy difundido a finales
del siglo primero. Aplicado a Jesús, le presenta como un ser
sobrenatural, que reúne en sí las características que el judaísmo
atribuía a la Ley y a la Sabiduría. La palabra participa de todos lo
poderes y atributos de Dios. Es Dios mismo hablando. Dios mismo se
expresa en ella. Ella manifiesta el plan de Dios sobre los hombres; es
como el retrato de Dios acercado a los hombres. Dios se hace inteligible
en su palabra, en Jesucristo. En ella, en El, en su Palabra se da a
conocer, se revela, se comunica. Todo lo que Dios tenía que decir al
hombre, cuanto quería hacer por él, su auto-presentación como don
gratuito y como regalo inmerecido lo ha concentrado en él.
En
relación con el mundo, la palabra es presentada como el medio por
el cual Dios creó todas las cosas. La idea se expresa en una antítesis
perfecta: todo fue hecho por ella y “sin ella no se hizo nada de
cuanto ha sido hecho”. Se afirma la intervención de Dios en la creación.
No se describe el modo de la misma, pues éste excede la competencia del
mundo de la Biblia. La creación es la primera salida de Dios hacia fuera
de sí mismo. El modo como tuvo lugar esta salida, entonces era imaginado
como la actuación de un Dios antropomorfo, trabajando como lo hacen los
hombres y utilizando como medida del tiempo la semana: seis días de
trabajo y el fin de semana. Tendrían que pasar muchos siglos para que el
hombre pensara en el big bang. En
su referencia a los hombres, la palabra es la vida y la luz. Se
afirma de este modo que la realidad plena de la existencia, la vida auténtica,
no se halla en el hombre mismo, sino en aquel que es la Vida y,
consiguientemente, es el autor de la vida. La realización o el fracaso de
la existencia humana depende de si está o no en relación con la palabra,
en referencia al Logos. La oposición del hombre a la luz significa
caminar en las tinieblas, independientemente de Dios. Comienza la lucha
entre la luz y las tinieblas, que se desarrolla a lo largo de la historia
y es tema
mayor dentro del evangelio. La
acogida de la palabra en la fe significa la participación en ella, en
la vida de Dios. Comienza una relación nueva entre el hombre y Dios,
que aquí se expresa en términos de filiación. Nuevos lazos unen
al hombre con Dios. La filiación divina es posible gracias a un nuevo
nacimiento. Las dos negaciones: “no nacen (los creyentes) por vía de
generación humana, ni porque el hombre lo desee” (Jn 1,13) lo
diferencian radicalmente del proceso de la generación natural y afirman
que es debido a la iniciativa divina. Eso en el caso de que el texto
citado (Jn 1,13) deba leerse en plural. También es posible, e igualmente
probable, leerlo en singular. Se referiría entonces no a los creyentes,
sino al logos o palabra hecha carne, no por el proceso de la generación
natural, sino por la iniciativa y el poder de Dios. Se afirmaría, por
tanto, el nacimiento virginal de Jesús. El nuevo ser cristiano supera al
simplemente humano en la misma proporción en que la gracia supera a la
Ley, en la misma medida en que Cristo supera a Moisés (Jn 1,16-18). Lo
que originariamente fue un himno excepcional e insuperable fue utilizado
por el evangelista como prólogo de su evangelio. Para ello dedió hacer
los arreglos pertinentes. Mencionamos los que le parecieron más
esenciales, en razón de su contenido: La adición más destacada nos la
ofrece el evangelista en 1,14.16-18. Estos versículos nacieron de la
necesidad de afirmar el modo concreto como la palabra llegó a nuestro
mundo, mediante la asunción verdadera y real de nuestra misma naturaleza;
que ésta fue el vehículo utilizado por nuestro Dios para su aterrizaje
en nuestra historia; que en ella se manifiesta Dios mismo, al que podemos
experimentar como gracia, verdad, luz y vida, superando
infinitamente otros ensayos e intentos de acercamiento, como el que se
realizó a través de Moisés. Una corriente clara de este evangelio es su
lucha contra la gnosis. La
corriente gnóstica dio origen a la primera herejía cristológica. Según
ella el Cristo celeste se había servido de Jesús de Nazaret como de un
“medium” para comunicar su revelación. La utilización duró desde el
momento del bautismo hasta el comienzo de la pasión en que le abandonó.
En consecuencia, Jesús de Nazaret había sido una persona
irrelevante, carecía de importancia. La gravedad de esta doctrina
justifica la tendencia antignóstica de nuestro evangelio y la insistencia
en la identidad entre la palabra eterna y Jesús a lo largo del mismo.
Tenemos el mejor resumen sobre el particular en la frase El Verbo se
hizo carne. Es la formulación más clara y cruda de la encarnación y
es debida a la necesidad de rechazar las afirmaciones gnósticas. Felipe F. Ramos Lectoral |