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CICLO C La Sagrada Familia |
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La fe de Israel consideró como inseparable la relación que el hombre
debe mantener con Dios y la
que le une a sus semejantes,
en particular a los padres (primera lectura). El cuarto mandamiento
era particularmente importante para el judaísmo tardío: “El que
maltrata a su padre y ahuyenta a su madre es un hijo infame y
deshonroso” (Pr 19,29). “Llamóle y le dijo (Tobías a su hijo): “Si
muero, hijo mío, me darás sepultura
y te guardarás de menospreciar a tu madre; hónrala siempre todos
los días de tu vida, obra según su beneplácito y no le causes tristeza.
Acuérdate, hijo, de los muchos trabajos que ella pasó por ti cuando te
llevaba en su seno; cuando muera, dale sepultura a mi lado, en el mismo
sepulcro” (Tb 4,3-4).
Esta relación, además de pertenecer a la realidad natural, la
Biblia nos dice que es querida por Dios. En ocasiones insiste en las
obligaciones de los padres para con los hijos acentuando, sobre todo, lo
relativo a la educación (Si 30,1-13; 42,9-14). En la liturgia de hoy se
pone de relieve el papel inverso: el respeto debido por los hijos a sus
padres: es un medio para borrar los pecados y compensar el mal realizado. El
que respeta a su madre acumula tesoros. Los tesoros acumulados se
refieren a las buenas obras que serán recompensadas en el futuro (1Tim
6,19). En la obligación de atender a las necesidades de los padres confluyen varios argumentos: les han dado la vida; lo que ellos han hecho por los hijos y, no en último lugar, se les recuerda que su comportamiento con ellos lo experimentarán en el que reciban de sus propios hijos. Algo así como la ley del talión: Te tratarán como les hayas tratado a ellos. Las circunstancias actuales y las motivaciones aludidas pueden calificarse de “puntuales”. La ley, sin embargo, es invariable y está ahí. El relato candoroso del pasaje evangélico correspondiente a la festividad de hoy (tercera lectura) es una composición lucana. Lucas es un verdadero especialista en la presentación de este tipo de historietas a las que transfiere gran encanto literario y no menor profundidad teológica. La demostración más clara, una verdadera exhibición, nos la ofrece en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Al tercer evangelista le bastan unos pocos detalles, una ligera información que le llegue sobre los detalles de la vida de Jesús y, sobre todo de su infancia, de tantos como circulaban por las comunidades cristianas para lograr una composición literaria admirable.
Los puntos de apoyo que nos ofrece el evangelio de hoy son de
distinta naturaleza. El primero podía pertenecer al terreno psicológico-social,
que ve en el niño de hoy al
hombre del mañana. También nosotros, al referirnos a los niños,
afirmamos de ellos que son el futuro. El tercer evangelista podía haber
conocido el caso similar narrado en la historia de la salvación,
según la cual Samuel, el hijo de Elcana y de Ana (1S 1,3-21; 2,19) comenzó
a profetizar a la edad de doce años, según Josefo. El detalle de su edad
no nos lo ofrece la narración bíblica sobre Samuel. También se halla
presente en la escena la profunda formación religiosa recibida por Jesús
en su infancia. Lucas pretende dejar constancia anticipada en el presente
relato, con sus indicaciones veladas pero intencionadas, de los
grandes temas favoritos del tercer evangelio. La ley judía exigía que todos los adultos, a partir de los 13 años, subiesen a Jerusalén con motivo de las tres fiestas mayores: Pascua, Pentecostés y Tabernáculos (Ex 23,14ss). Esta obligación era inculcada a los niños antes de esa edad para que fuesen acostumbrándose a ella. La familia de Jesús guardaba escrupulosamente las exigencias impuestas por la Ley. Sólo después de la celebración de la fiesta durante siete días se volvía a casa. Tanto la ida como la vuelta se hacía por la Transjordania para evitar el contacto con los samaritanos. Y la formación en grupos de la misma localidad estaba exigida por la necesidad de evitar los ataques imprevisibles, pero siempre temibles, de los salteadores. A su vez esto dificultaba el encuentro de algún miembro de la familia ya fuese en el camino de regreso a casa y, más aún, en la ciudad de Jerusalén, que se convertía en un auténtico hervidero humano con sus 50.000 peregrinos que la invadían durante aquellos días. Hasta aquí se puede hablar de verosimilitud histórica.
Donde sus padres lo encontraron fue en una sinagoga adosada al
templo. El evangelista no pretende presentar a Jesús como un gran
rabino que enseñaba en ella. Jesús no discute con los doctores, se
limita a preguntar y responder. Era el sistema utilizado en la enseñanza.
Eso sí, sus preguntas y respuestas sorprenden a los presentes. No
olvidemos, sin embargo, que, a los doce años, los jóvenes
estaban ya obligados al conocimiento de lo más importante de la Ley y a
la interpretación personal de lo que a ellos afectaba más
directamente. Si estas consideraciones no nos aquietan habría que
recurrir a una hipérbole lucana, justificada desde la convicción
y el reconocimiento del que, después de su resurrección, fue constituido
en su Señor (Hch 2,36). Por entonces, los conocimientos de Jesús eran, y
lo fueron siempre, muy limitados y estaban centrados en el campo de la
especialización religiosa. El mismo evangelista lo descendió de ese
podio glorioso afirmando el crecimiento de Jesús en todos los sentidos
con la normalidad habitual (Lc 2,52).
Pretender atribuir a Jesús un conocimiento ilimitado partiendo de
su identificación con la segunda persona de la Stma. Trinidad es propio
de especulaciones de otros tiempos, inaceptables e implanteables hoy. El
pensamiento teológico serio se desarrolla en otra dirección. “Si en
Jesucristo no hay otro conocimiento que el divino, entonces no conoce
nada. El conocimiento divino no es un acto del alma humana, pertenece a
otra naturaleza”. Así se expresó ya santo Tomás. Para los escolásticos
el conocimiento se adquiere por la naturaleza, y Dios y el ser humano
conocen por distintos medios: Dios conoce inmediatamente y no
conceptualmente; el conocimiento humano se hace por abstracción y es
conceptual. Por tanto, el conocimiento divino no es transferible al ser
humano. Precisamente por su limitación. Algunos escolásticos intentan
“arreglarlo” recurriendo a la visión beatífica, a un conocimiento
infuso. K. Rahner, U. von Balthasar, Galot... lo niegan. Su afirmación es
terminante: Jesús no tuvo un conocimiento
ilimitado.
El conocimiento sobrehumano que le fue atribuido a Jesús por sus
intervenciones académicas en la sinagoga, que no en el templo, es lo que
hoy llaman los doctores un teologúmeno, es decir, una afirmación
que pretende poner de relieve una enseñanza teológica. Si examinamos
seriamente el texto deberemos concluir que no pretende describirnos a un
niño prodigio; que no intenta ofrecernos un milagro sensacional; que,
al encontrarlo, los padres ni se alegran ni, mucho menos, se entusiasman,
sino que se sorprenden y la ansiedad se apodera de ellos. ¿No había
quebrantado Jesús el mandamiento de la sumisión a los padres que éstos
le habían inculcado tan seriamente y desde su más tierna infancia? ¿No
estaba faltando al respeto debido a los intérpretes de la Ley y a los
organizadores del culto divino?
Las preguntas de María obligan a Jesús a situarse en un plano muy
superior a aquel en el que ella le conocía. Porque Jesús, en su
respuesta, afirma “Yo soy el Hijo de Dios” y, por eso, el lugar donde
yo estoy y debo estar es la Casa de Dios. ¿Recurrió Jesús, al
hablar así, a una forma retórica o metafórica de expresarse? En
cualquier caso, tómense como se quiera, estas palabras le distanciaban
de sus padres, algo que nunca había ocurrido hasta el momento
presente. Pero, en realidad, es un pensamiento que se halla presente
siempre en el evangelio de la infancia.
La dignidad de María es un pensamiento
que aparece de forma constante. Pero dicho pensamiento no es independiente
o autónomo; se halla justificado por ser la madre de aquel Niño. La
madre nunca se siente tan afectada como cuando pierde a su hijo. Al
desaparecer José del centro de la escena la figura de María tiene que
asumir toda la realidad del hijo sumiso y obediente hasta ahora y
conjugarla con la difícil armonía de sus pretensiones que le sitúan al
margen de su jurisdicción. Jesús deja de estar bajo la autoridad
paterna, como era su obligación mientras el padre vivía. Y esto, ¿cómo
se armoniza con un Mesías que no observaba el cuarto mandamiento? Jesús
es obediente a Dios en la medida en que el Hijo de Dios sigue siendo hijo
de José y de María.
Resulta de lo dicho anteriormente que la síntesis de toda la
prehistoria del evangelio nos la ofrece el texto que culmina nuestro
relato: Jesús continuaba progresando en sabiduría, en edad y en la
complacencia de Dios y de los hombres (Lc 2,52). Jesús responde a los
múltiples interrogantes planteados que la unión con Dios no rompe los
lazos familiares. Puesto que Dios le había dado unos padres, su filiación
divina pasa por su obediencia a ellos. Sólo cuando esto ha sido
constatado puede terminar la composición lucana de la escena. Y sólo
entonces puede ser comprendida la actitud de María: Su madre
conservaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2,51b).
María no podía entender inmediatamente toda la acción de Dios en
Jesús (Jn 2,2-4.19; Lc 2,51b). ¿Acaso la entendieron los “discípulos”
antes de la resurrección? Es el modelo de la fe trazado por la reacción
de María. La intención del tercer evangelista pretende sintetizar varios
aspectos del pensamiento lucano:
La relación de Jesús con Dios supera a la que él mantiene y
está obligado a hacerlo con sus padres. Esto significa que se halla
ya en acción la espada que atravesaría el corazón de María (Lc 1,35). La
sumisión total a sus padres anticipa la actitud del Siervo de Dios,
que alcanzará su plenitud en la cruz. Y el viaje a Jerusalén es un
ensayo también del gran viaje lucano (Lc 9,51-19,27) en el que
instruye a sus discípulos y llega a su culminación en la cruz y,
por tanto, del viaje redentor. La
presencia frecuente en el templo, por el que se interesa especialmente
Lucas (1,5-25; 2,41-50; 24,53) invita a sus seguidores a la oración y a
la valoración de Jesús como el nuevo
templo.
El punto de gravedad lo constituyen las primeras palabras de Jesús.
Ahora no habla Gabriel, ni María, ni Zacarías o Isabel, ni Simeón
ni los ángeles; es Jesús mismo el que hace su autopresentación. La
obligación (= dei, el verbo griego que indica una obligación casi
fatalista, lo utiliza Lucas 18 veces en el evangelio y 22 veces en el
libro de los Hechos) indica la exigencia del plan divino, bien esté
manifestado en la anticipación en la Escritura o en la conformidad a la
voluntad divina en general. El
cumplimiento de la voluntad divina se realiza en la vida oculta de la
actividad familiar, en su participación en el trabajo de cada día,
en la inserción en el marco estrecho y casi imperceptible de una pequeña
ciudad desconocida del Oriente próximo, no en los milagros
sensacionalistas.
¿Tiene algo que decir la Sagrada Familia a nuestras familias?
Creemos que mucho, con tal que las veamos desde la óptica de nuestro
tiempo: el amor y la vida; la regulación de las relaciones mutuas fijadas
no desde normas esclerotizadas impuestas desde fuera sino desde la entraña
más profunda de una realidad sagrada en la que cada miembro tiene sus
responsabilidades, al estilo del cuerpo que consta de muchos miembros, y
del Cuerpo en el que cada miembro debe cumplir su propio carisma.
Finalmente, debe tenerse en cuenta que las relaciones de Jesús con su
familia no fueron fáciles: sus hermanos no sólo no creían en él (Jn
7,5) sino que, desde que inició la propia trayectoria encomendada por el
Padre, le tuvieron por un perturbado (Mc 3,21,31-35).
Pablo se detiene (segunda lectura) en la descripción de la
vida cristiana. El conjunto de virtudes mencionado tiene como denominador
común la superación del
instinto innato a la autosuficiencia por la apertura a los demás. Es la
condición necesaria para la pertenencia a la familia de Dios, al Cuerpo
de Cristo. El modelo supremo lo ofrece él mismo. Desde él deriva hacia
los cristianos la unidad fuerte del amor. Junto al amor como vínculo
de convivencia, habla Pablo de otro principio: el de la paz. El es
el que debe decidir, regir, impulsar en el camino. La vida cristiana no es
acción, esfuerzo, realización humana con toda su alabanza y esplendor,
sino donación, recepción, eco, frutos, acción de gracias.
Teniendo en cuenta su raíz más profunda: la palabra de Cristo.
El “machismo” paulino, hoy tan reprobable, tiene una respuesta
que lo encaja dentro del marco descrito: La meta –la indiscriminación
total- está todavía lejos. El estado de la evolución social se halla en
vías de desarrollo. Sin embargo, deben ser valoradas en toda su dimensión
las relaciones hoy inaceptables. La sumisión de la mujer al marido y del
hijo al padre no es absoluta y arbitraria, tiene un límite: el Señor.
Solamente Jesús es el Señor. Por eso, partiendo de este
convencimiento se irá llegando a un equilibrio que permita acercarse lo más
posible al ideal proclamado: “En Cristo no hay judío ni griego, varón
ni hembra, amo ni esclavo” (Gal 3,28). Felipe F. Ramos Lectoral |