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CICLO C ¡Resucitó!. Domingo de Pascua |
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Para que pueda ser aceptada por el hombre, la resurrección del Señor, acontecimiento estrictamente sobrenatural, que no tuvo ni podía tener testigos, lo mismo que para aceptar el Evangelio o la Palabra, exige ser datado espacialmente (ocurrió en Palestina; Judea tiene aquí un sentido amplio, como en otros pasajes del libro de los Hechos) y temporalmente (el tiempo del Bautista). Puede incluso constatarse el punto de partida (Galilea) (primera lectura).
Los datos esenciales mencionados vienen a
continuación. La unción de Jesús por Dios (Is 61,12). La
presentación de Jesús, poseído por el Espíritu de Dios, caracteriza la
cristología de Lucas. Se menciona el paso de Jesús haciendo el bien,
en alusión al título de evergetes, bienhechores, dado a los
reyes, sobre todo en Egipto. Se aduce el testimonio apostólico sobre su muerte
y resurrección. La importancia de este testimonio se pone de relieve
mediante el recurso a la triple repetición (versos 39. 41.42). Estos
testigos han sido elegidos por Dios o por Cristo (9, 15; 13, 12).
Se pone de relieve lo que hicieron los
hombres –le dieron muerte- (cuando se habla de los judíos, lo que
hicieron los hombres con Jesús, se pone en segunda persona del
plural: vosotros le disteis muerte..., de lo contrario, como ocurre aquí,
es utilizada la tercera persona, y es presentada haciendo alusión a Dt
22, 21) y lo que hizo Dios (se habla de la resurrección en forma
confesional, que está expuesta como un artículo del credo; puede verse
en la comparación del verso 40 con 1Co 15,3). También es presentado, en
forma confesional, el aspecto judicial de Cristo.
Este kerygma se halla ya pre-anunciado
por los profetas, cuyo testimonio es aducido como confirmación de la
predicación apostólica. Y dentro del contenido del evangelio se menciona
también el perdón de los pecados, mediante la fe en Cristo. Perdón
ofrecido a todos los hombres, no sólo a los judíos.
La fe de los primeros discípulos en la
resurrección de Jesús se apoyaba, en última instancia, en el
encuentro personal con él después de la muerte. Aquellos que no lo
habían encontrado personalmente se fiaban del testimonio fidedigno de
quienes lo afirmaban. Como nosotros. En nuestra búsqueda de argumentos a
favor de la resurrección no podemos llegar más allá de la
credibilidad de los testigos que lo afirman y cuya fe pasó a ser
normativa para la Iglesia.
A pesar de los dicho, debe tenerse en
cuenta la información que recogen los cuatro evangelios sobre un
acontecimiento que precedió a las apariciones o encuentros personales con
el Señor: el descubrimiento del sepulcro vacío. Cómo fue
descubierto y por qué no
provocó inmediatamente la fe en la resurrección son cuestiones a las que
cada evangelio responde de distinta manera. En definitiva, siguen siendo
cuestiones abiertas. Posiblemente el suceso no adquirió tanta importancia
porque el encuentro personal con Jesús resucitado tuvo lugar muy pronto.
Entonces el sepulcro vacío pasó a ser considerado como algo muy
secundario.
La narración del cuarto evangelio
aparece muy estilizada. Se dan muchas cosas por supuestas, por ejemplo,
que el sepulcro había sido sellado. Más aún, él presenta el suceso
haciéndolo progresar del pensamiento de la simple consternación hacia
la fe. Veamos el progreso: a)
La reacción de María Magdalena –que acude sola al sepulcro, no con
otras mujeres como nos cuentan los Sinópticos- es de consternación.
Y es debida a que el sepulcro no estaba en las condiciones en que lo habían
dejado el viernes después de la sepultura de Jesús. b)
La segunda reacción es la del discípulo a quien amaba Jesús.
Llega corriendo al sepulcro (llega primero, y esto indica no su juventud
ni su mejor entrenamiento para las carreras; este aspecto sería demasiado
frívolo para que figure en una de las narraciones más serias del
evangelio- ; se afirma que llegó primero para poner de relieve su
preeminencia sobre Pedro. El cuarto evangelio se la da y necesitamos saber
por qué: siempre aparece en relación con Pedro y siempre, incluso, de
alguna manera, superándolo. Para
nosotros la razón es evidente. El evangelio de Juan no duda de la
autoridad suprema de Pedro. Pues bien, al colocar al discípulo amado a su
altura e incluso con una cierta preeminencia sobre él se sirve de este
aspecto para prestigiar al evangelio que se halla cobijado bajo su nombre
y que tardó en ser aceptado como tal evangelio a nivel de la Iglesia
universal. Al presentar al discípulo amado como garante de la tradición
joánica recogida en el cuarto evangelio, nadie debía atreverse a dudar
de él. Se halla refrendado por una autoridad comparable a la de Pedro. En
esta misma escena la reacción decisiva es la del discípulo al que Jesús
tanto quería, no la de Pedro. En todo caso, la actitud del discípulo
amado frente a Pedro demuestra que le considera como la máxima autoridad
en la Iglesia. Esto explica su deferencia hacia él. No entra en el
sepulcro hasta después de haberlo hecho Pedro. c)
El otro discípulo comprobó, lo mismo que Pedro, cómo habían quedado
las cosas: vio las fajas, el sudario... Era inadmisible
que un ladrón hubiese dejado tan ordenadas las cosas. Ha tenido
que ser algo distinto. La conclusión no iba, por cierto, muy lejos. De
esta conclusión a que Jesús hubiese resucitado había todavía un
buen trecho que recorrer. d)
Pero el otro discípulo vio y creyó. Es la única ocasión en que
se afirma en todo el NT que alguien creyó al ver vacío el sepulcro donde
había sido sepultado Jesús. Posiblemente lo que puede afirmarse es que
fue ese discípulo el primero que creyó en la resurrección de Jesús,
antes que María Magdalena e incluso antes que Pedro. Teniendo esto en
cuenta habría que plantearse
el problema de forma inversa a como ha sido planteado habitualmente: no
fue el sepulcro vacío lo que creó la fe en la resurrección. ¿No sería
la resurrección la que creó el hecho del sepulcro vacío?. De
hecho, el discípulo al que amaba el Señor no saltó a la fe en la
resurrección al ver el sepulcro vacío. De momento no llegó más allá
del descubrimiento hecho por Pedro: no era aceptable pensar que los
ladrones de sepulcros, tan frecuentes en la época, lo hubiesen profanado
para apoderarse de lo que considerasen útil para su vida. El discípulo
al que Jesús tanto quería catalogó el sepulcro vacío como uno de
los “signos” que impulsan a buscar la verdadera realidad más allá de
lo simplemente visto.
La resurrección de Jesús fue la intervención suprema de Dios en la historia humana, el milagro máximo. Nada tiene de particular que, por un lado, la realidad de la resurrección haya sido considerada como el principal argumento apologético de la verdad del cristianismo y, por otro, haya sido puesta en duda o simplemente negada. Fue un tremendo error valorar la importancia de la resurrección de Jesús casi exclusivamente desde la fuerza que el hecho tenía en orden a demostrar la verdad del cristianismo. Su importancia real consiste en ser la culminación del hecho de Jesús: la trayectoria de la vida de Jesús, la pasión, la muerte, la resurrección y ascensión constituyen una acción indisoluble para la salvación del hombre. Estamos, por tanto, ante la culminación del hecho salvífico como tal; ante el acontecimiento constitutivo del Evangelio, de la fe cristiana.
La resurrección de Jesús no es la vuelta de un cadáver a la vida. Dicho cadáver vuelto a la vida estaría regido por las mismas leyes biológicas y fisiológicas anteriores y, en consecuencia, estaría necesariamente abocado a la muerte. Por eso las resurrecciones narradas en los evangelios no sirven en absoluto para explicar la de Jesús. La resurrección de Jesús es la participación plena en la vida de Dios, sin ninguna clase de limitación, también en su naturaleza humana. Una verdadera creación. Y ahí está precisamente la dificultad para describirla. ¿Cómo puede ser descrita semejante acción de Dios?. La
resurrección de Jesús es el cumplimiento y la plenitud de la vida.
En ella había demostrado su poder y jurisdicción en el terreno de la
muerte (resurrecciones realizadas, que nos cuentan los evangelistas).
Incluso había afirmado que él podía comunicar la vida en toda su
plenitud.(Jn 10,10). La resurrección introduce plenamente a Jesús en el
terreno de la vida de Dios.
La resurrección de Jesús es el
fundamento mismo de la predicación y de la fe, de tal manera que sin
ella no hay liberación del pecado. La vida “en Cristo”, la vida
creyente, carecería por completo de sentido, y los que edifican su vida
sobre él, sobre esta creencia decisiva, serían dignos de lástima y los
más desgraciados de todos los hombres, según palabras bien conocidas del
apóstol Pablo (1Co 15,19).
La resurrección de Jesús es la gran
demostración del poder de Dios, la victoria sobre la muerte (1Co
15,55-57). En este poder se apoyan y confían
con razón los creyentes (Rm 4,17). Por tanto, el primer
protagonista en el hecho de la resurrección no es Jesús, sino Dios
mismo. La primera dimensión de la resurrección es teológica, no
cristológica. Los primeros cristianos lo entendieron muy bien y, de
forma obsesiva, lo formularon en los credos
abreviados del pueblo de Dios que abundan en el NT. La frase que lo
expresa dice: Dios le resucitó. Uno de los textos más
significativos al respecto lo dice así: “Si afirmas con tu boca que Jesús
es el Señor y si crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los
muertos serás salvo...” (Rm 10,9-10). Una frase que quedaría después
desdibujada, incluso hasta nuestros días, por otra que apareció en los
catecismos: “Jesús resucitó por su propia virtud”. En el NT esta
frase es muy secundaria en relación con la primera.
La resurrección de Cristo
es su entronización como Señor. Por ella Jesucristo, que
era Hijo de Dios desde el principio (Rm 1,3-4), es constituido en Hijo de
Dios según el Espíritu de santificación y se sienta a la derecha de
Dios (su humanidad participa plenamente en la vida de Dios y en plano de
igualdad con él). Esto es lo que significa su “sesión” o el estar
sentado a la derecha del Padre.
La resurrección de Cristo es el
principio de la nueva creación. Él es “el primogénito de entre
los muertos” (1Co 15,25; Col 1,18). La resurrección de Jesucristo está
así en una particular relación con la nuestra. Nuestra futura resurrección
ha sido ya incoada. En el bautismo (Rm 6,5.11.22) por la inserción en el
misterio de la muerte y resurrección de Jesús.
La importancia de la resurrección de
Cristo la resume san Pablo con estas palabras: “Para mí la vida es
Cristo” (Flp 1,21). Principio originante de la vida cristiana y base
segura sobre la que se debe construir. Este aspecto salvífico-teológico,
y no el apologético, es el que puso en la pluma del Apóstol la frase
siguiente: “Si Cristo no resucitó, nuestra predicación es vacía y
también es vacía vuestra fe” (1Co 15,14).
El acceso al misterio fundante de nuestra
fe lo tenemos fundamentalmente en las apariciones. Es aquí, y no
en la resurrección, donde tenemos el aspecto apologético del
acontecimiento. Para ello es necesario distinguir entre la aparición y
las apariciones. La primera se halla esencialmente unida desde el
principio a la predicación, al kerygma (1Co 15,3-5). En ella se afirmaba:
Cristo vive, resucitado por Dios. Dicha aparición (expresada con el verbo
griego ófze –aoristo del verbo “orao”, que significa “ver”-
equivale a una teofanía o manifestación de Dios: el “se apareció” o
“fue visto”, expresadas con el verbo mencionado, significa que Dios
ha sacado a la luz, ha revelado o manifestado una verdad que de otro modo
no es posible conocer). La resurrección de Jesús no sería
cognoscible sin la revelación.
De esta aparición fundamental y original
deben ser distinguidas las apariciones. En ellas debe acentuarse lo
siguiente: tienen la finalidad de vestir la desnudez del dato anterior,
que expresaba la “aparición” mediante el esquematismo frío de una única
palabra, ófze.- La resurrección se les impuso a los discípulos y
a todos los que contaban las apariciones como un hecho indiscutible a
pesar de su resistencia a aceptarla.- Se hallan en la última fase
del anuncio del evangelio. Distanciadas, por tanto, del hecho que
testimoniaban. Esta distancia obligó a utilizar unas categorías tan
materiales como fuese posible para evitar que el hecho cristiano se
convirtiese en una ideología más del entorno cultural, al estilo de la
ideología gnóstica. Las apariciones adquirieron así el aspecto de escenificaciones
realistas de la resurrección. Para ello se hacía necesaria la
presentación del Resucitado con las mismas categorías materiales de
antes de morir: comía, paseaba, hablaba con las personas, como con la
Magdalena.- Las apariciones, al igual que el sepulcro vacío no son
presentadas como “prueba” de la resurrección, sino como manifestaciones
del Resucitado. Se hallan subordinadas no al mundo como “prueba”,
sino a la iniciativa del Resucitado, que se da a conocer a los que están
dispuestos a aceptarle mediante la fe.
Después de descartar una religión
falsa, Pablo describe el aspecto positivo de la misma (segunda lectura):
los cristianos han participado ya en la muerte y sepultura de Cristo; en
su bautismo dijeron adiós al hombre viejo, a la naturaleza caída; se han
unido a la Muerte de Cristo con todo lo que significa, la Resurrección.
Esta es su situación actual (Col 3,9-10). Y aquí viene la paradoja:
“Sed lo que sois”. Sólo Col y Ef (2,6) utilizan el tiempo pasado para
describir la resurrección de los cristianos; es una viva expresión para
poner de relieve la participación aquí y ahora de la vida de Cristo
resucitado. El “aspirad a las cosas de arriba” hace referencia a
todo aquello que significa la voluntad y el plan de Dios, todo lo opuesto
a lo trivial y autosuficiente.
Felipe F. Ramos Lectoral |