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CICLO C Segundo Domingo de Pascua |
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El breve relato que inicia la liturgia de hoy (primera lectura) es
un canto de victoria entre la narración de la persecución de la Iglesia
que antecede y la presentación de la que sigue. Se nos habla del éxito
de los apóstoles aplicando el milagro realizado por Pedro en la historia
de Ananías y Safira (Hch 5,1-11) a los demás apóstoles. Pedro es como
la personificación de los apóstoles, y lo que hacía él podía
afirmarse de todos los demás. Al fin y al cabo su actividad milagrosa era
continuación de la actividad de Jesús. Por eso es mencionada también
aquí la enseñanza de los apóstoles en el pórtico de Salomón,
al estilo de los filósofos paganos.
Este grupo de cristianos es presentado como rodeado y protegido por
una especie de temor respetuoso, de modo que “los otros”, es
decir, los no cristianos, no se atrevían a mezclarse con ellos para oír
la enseñanza de los apóstoles. Junto a esta afirmación, resulta
chocante esta otra: el pueblo los apreciaba. Con ella quiere
afirmarse que aquella lejanía o separación entre el grupo de los
cristianos y “los otros” se hallaba producida no por enemistad hacia
ellos, sino por una especie de temor sagrado. Por otro lado, tampoco
convenía exagerar. Aquella distancia no quería decir que nadie se
atreviese a ingresar en la comunidad cristiana. De ahí la afirmación del
verso 14: “aumentaban más y más los creyentes”. La línea va desde
el temor, como punto de partida, pasa por la estima, para
llegar a la aceptación.
Al final del sumario se insiste en el gran número de curaciones
realizadas, de modo que llegaba a Jerusalén mucha gente atraída por el
poder curativo de los apóstoles. La fama del poder curativo de los apóstoles
había llegado ya muy lejos de la ciudad santa. Probablemente estas
últimas afirmaciones (versos 15-16) sean una adición al sumario
propiamente dicho y que ya había generalizado este aspecto de la
actividad apostólica. Es una insistencia nueva sobre la gran estima y
consideración en que eran tenidos los cristianos.
El evangelio de hoy (tercera lectura) llega a nosotros con
una carga tan densa de sucesos misteriosos que nuestra frágil posibilidad
de comprensión se siente abrumada. La hostilidad judía había
eliminado a su Maestro. Era lógico pensar que ellos corriesen la misma
suerte. El miedo común los reunió en un bunker donde buscaban
seguridad. Hasta aquí caminamos con firmeza por las vías ofrecidas por
la historia. La guerra había terminado, pero no había sido firmada la
paz. Ellos no habían sido beligerantes; habían intentado ser
neutrales, aunque no lo habían logrado.
De pronto el bunker se iluminó. El Mediador les ofrecía la Paz.
Era el mismo Jesús, pero,¡era tan distinto!. Había entrado en su
escondite seguro sin llamar. Y, sin embargo, las cosas comenzaban a
encajar. La primera parte del presente relato se halla marcada por la dialéctica
entre la promesa y el cumplimiento: Jesús había dicho: Volveré a
estar con vosotros (Jn 14,18); el evangelista constata ahora: Se
presentó en medio de ellos (Jn 20,19); Jesús había prometido: Dentro
de poco volveréis a verme (Jn 16,16ss); el evangelista afirma: Los
discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor (Jn 20,20); Jesús
había anunciado: Os enviaré el Espíritu Santo (Jn 14, 26; 15,26;
16,7ss), y tendréis paz (Jn 16,33); el evangelista recoge las
palabras de Jesús: Paz a vosotros... y recibid el Espíritu Santo (Jn 20, 21ss).
Jesús afirmó: Voy al Padre (Jn 14,12) y el evangelista se encarga
de recoger otras palabras de Jesús que significan el cumplimiento de lo
que había prometido: Voy a mi Padre, que es también vuestro Padre
(Jn 20,17). Este camino por la historia nos ha trasladado a lo metahistórico,
lo que está más allá de lo controlable por nosotros.
Naturalmente, tuvo que identificarse. Lo hizo enseñando las partes
más heridas de su cuerpo. La identificación estuvo acompañada de un
saludo singular: la paz. Había sido una promesa en su partida: Os
dejo la paz, mi propia paz (Jn 14,27). Dicha paz es la propiedad que
surge del favor divino; es la bendición de la totalidad y de la plenitud
de la vida, es el don permanente del Resucitado a sus discípulos; es
“su” paz, porque él la ha logrado, porque es don y regalo, no premio
que ellos hayan merecido.
El miedo se tornó en alegría. Una alegría que no es un
sentimiento añadido a otros que pueda experimentar el ser humano. La
alegría es sinónima de la existencia cristiana, la plenitud de la
vida escatológica, a la que se puede renunciar, pero que nadie puede
quitar: Vosotros ahora estáis tristes, pero volveré a veros y de
nuevo os alegraréis, con una “alegría que nadie podrá quitaros (Jn
16, 22). El encuentro de Dios con el hombre implica una misión
acreditada. Jesús la había recibido del Padre y ahora la transfiere
a la Iglesia. Para llevarla a cabo era necesario el poder de Dios, el
Espíritu.
El intento de describir el modo de su venida implicaba
necesariamente el recurso al lenguaje metafórico: el Señor sopló,
lo mismo que con motivo de la creación del hombre (Gn 2,7). El soplo,
viento, aliento, pueden ser sinónimos de espíritu, tanto en la
lengua hebrea como en la griega. El don del Espíritu que hace Jesús a
sus discípulos es descrito de la misma forma que el don de la vida que
Dios comunicó al hombre en sus orígenes. Y es que ahora estamos en el
origen de una nueva humanidad, ante una nueva creación. Para que aparezca
la vida debe ser removida la muerte. El don del Espíritu se comunica como
poder contra el pecado. Este fue el poder que Jesús comunicó a
los discípulos y a sus sucesores. La resurrección es un acontecimiento estrictamente sobrenatural. Nada tiene de particular que no todos los discípulos estuviesen convencidos de ella desde el principio. En Mateo se recoge lacónicamente una noticia muy significativa, “algunos dudaron” (Mt 28,17). Es un tema tan actual hoy como en el tiempo de Tomás. Hoy es presentado bajo el título de “el Jesús de la historia y el Cristo de la fe” y ha hecho correr mucha tinta durante un siglo. Junto a la identidad es inseparable la diversidad. Son la misma persona, pero ¡menuda diferencia!. Dos días de separación habían sido suficientes para que no lo reconociesen, para que creyesen que era un fantasma...
La actitud de Tomás tiene la finalidad de subrayar la identidad
del Resucitado con el Crucificado. El contacto físico con el
Resucitado no pudo darse. Sería una antinomia. Como tampoco es
posible que él realice otras acciones corporales que le son atribuidas,
como comer, pasear, preparar la comida a la orilla del lago, ofrecer los
agujeros de las manos y del costado para ser tocados... Este tipo de
acciones o manifestaciones pertenece al terreno de lo literario y es
meramente funcional: se recurre a él para destacar la identidad del
Resucitado, del Cristo de la fe, con el Crucificado, con el Jesús de la
historia.
El evangelio terminaba originariamente con Jn 20, 30-31. Estas
palabras tienen una clara forma conclusiva y afirman de forma terminante
cuál fue la finalidad que se propuso el evangelio: llevar a los
lectores a la fe en Jesús. descubriendo en sus hechos la flecha
indicadora que apunta hacia la mesianidad y la divinidad. La consecuencia
de tal descubrimiento y de la aceptación del mismo es la vida eterna.
Además de los “siete” signos narrados en el libro que lleva su
nombre (Jn 2-12), en el mismo evangelio se nos cuentan otros, como el
lavatorio de los pies. Al terminar su relato, el evangelista nos dice que
Jesús hizo muchos más. Lo importante
para el lector es entenderlos como signos que son, como acciones
“significativas” que nos obligan a pensar en las realidades
trascendentes de las que los hechos son únicamente un punto de
referencia.
La visión del Invisible debe hacerse mediante los símbolos que
eran inteligibles y habituales en el tiempo en que escribe el Vidente (segunda
lectura). La garantía para el lector la ofrece el Vidente en su
autopresentación. Es un hermano y compañero de la tribulación..
No es un apóstol; no pertenece al círculo de los Doce; no es obispo ni
presbítero. Los cristianos que se negaban a dar culto al emperador o eran
martirizados o eran desterrados, según los casos. Este es el cuadro que
presenta Plinio el Joven en una carta al emperador Trajano. Al Vidente le
correspondió la “suerte” del destierro.
La experiencia o el éxtasis
místico lo tuvo el domingo, en una unión intensa, aunque vivida a
distancia, con la comunidad cristiana mientras ésta celebraba la eucaristía.
La voz que oye nos sitúa en el terreno de la revelación y
la trompeta mencionada es un instrumento frecuentemente asociado
por los apocalípticos con los acontecimientos del fin de los tiempos. Así
lo hace también el apóstol Pablo (1Ts 4,16).
Describe a Jesús en cuanto Hijo del hombre en su estado glorioso,
como sacerdote. En esa línea apunta la túnica talar que viste (Ex
28,4; Za 3,4); como rey. El ceñidor de oro era un privilegio regio
(1M 10, 89); destacando su eternidad, recurriendo para ello a la
imagen de los cabellos blancos, cuya inspiración tiene su antecedente en
el libro de Daniel (7,9 ); afirmando que es omnisciente, tal es el
significado de los “ojos llameantes” o como llamas de fuego (1,14);
poniendo de relieve su estabilidad, que se halla insinuada en sus
pies de metal. También aquí se ha inspirado en Daniel (Dn 2,31-43); en
su presentación como eco fiel de la palabra de Dios. El Vidente
puede hacer referencia al libro de Ezequiel cuando habla de la venida de
la gloria de Yahvé (Ez 43, 2); al destacar que es superior a todos los
espíritus, ya que tiene en su mano las siete estrellas (Ap 1,16); sin
olvidar su aspecto de juez de los impíos, simbolizado en “la
espada cortante de dos filos que salía de su boca” (1,16).
La reacción del Vidente es normal: en la confrontación con Dios
el hombre siente su pequeñez hasta caer derribado por tierra. Este fue el
caso de Pablo camino de Damasco, el de Ezequiel, el de Daniel..., cuando
entraron en contacto con Dios. Reanimado el Vidente por la mano del Hijo
del hombre éste le revela el misterio pascual y se autopresenta como el
autor de la vida y de la muerte: ·”Estuve muerto, pero ahora vivo
para siempre”...
Felipe F. Ramos Lectoral |