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CICLO C Tercer Domingo de Pascua |
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El arresto y encarcelamiento de los apóstoles estaba en manos del sumo sacerdote, azuzado por el resto de la aristocracia sacerdotal, entre la que destacaban por su enemistad los saduceos. El examen de los cargos imputados corre a cargo del sanedrín, el senado legislativo, que entendía en lo relativo a la Ley y, particularmente, en lo que se refería a la dimensión religiosa de la misma (primera lectura). El
sumo sacerdote, en presencia del sanedrín, acusa a los apóstoles de dos
cosas: desobediencia a las órdenes que les habían dado y difamación,
al hacerles a ellos responsables de la muerte de Jesús. En primer lugar,
han desobedecido sus órdenes (4,18-19). Habían despreciado la autoridad
y, por ello, podían ser castigados según preveía el código legal judío.
Lucas no concede importancia a esta acusación por ser excesivamente técnica.
La aduce, para dar ocasión a Pedro, en su defensa, de exponer el
principio básico desde el que debía valorarse aquella prohibición: la
obediencia a Dios es superior a la debida a los hombres. Y ellos
obedecen a Dios al aceptar y predicar lo que Dios hizo en Jesús a favor
de los hombres. Pedro,
representante de los apóstoles, da más importancia a la segunda acusación,
la de difamación, al imputarles la responsabilidad en la muerte de Jesús.
Lo primero que llama la atención es la preocupación de los acusadores
por no pronunciar siquiera el nombre de Jesús. Hablan de
“ese hombre”. En segundo lugar tiene que reconocer que
ese “nombre” se está abriendo paso: toda la ciudad habla de él
como consecuencia de la predicación apostólica. Era el reconocimiento y
la glorificación de Jesús. Pero esto significaba, al mismo tiempo, la
condenación de quienes le habían dado muerte. Lucas,
el narrador de Hechos, aprovecha la ocasión para presentar el kerygma
cristiano en sus rasgos originales: muerte-resurrección de Jesús; lo que
vosotros hicisteis (lo matasteis) y lo que hizo Dios (el lo resucitó);
Dios ha constituido a “ese hombre” en príncipe y salvador. Príncipe
en el sentido de jefe y capitán del nuevo pueblo, al estilo de como lo
fue Moisés del antiguo. La defensa de Pedro termina presentándose –en
unión con los demás apóstoles, por eso utiliza el “nosotros”- como
testigo ocular del evangelio que predica. El
encuentro con el Resucitado lo presenta con más serenidad y belleza el
evangelio (tercera lectura). Los andamios utilizados para la
construcción ofrecen escasas variantes. Sin embargo, los edificios que
surgen a su vera pueden ser magníficos y muy diferentes. Con esta
constatación pretendemos tener un punto de referencia para acercarnos al
evangelio de hoy. En la tradición sinóptica la narración de la pesca
milagrosa nos la refiere únicamente el evangelista Lucas (5,1-12), que
hace de ella un relato de vocación. Para lograrlo menciona una
serie de rasgos que únicamente tienen la finalidad de poner de relieve
esta idea dominante. Los mencionaremos más abajo. La misma escena, en el
evangelio de Juan, se convierte en una mini-eclesiología o un
breve tratado sobre la Iglesia. Notemos
una serie de aspectos, que la separan del resto del evangelio: Como
el evangelio había terminado en el capítulo anterior, (en 20, 30-31),
(que debe ser considerado como una verdadera frase conclusiva), éste
comienza de forma abrupta y sin conexión alguna con el anterior; el
silencio sobre los hijos del Zebedeo, tan cuidadosamente guardado en todo
el evangelio, se rompe nada más comenzar la narración; la fe en el
Resucitado era ya tan segura que sobraban ulteriores demostraciones; sin
embargo, aquí se nos narra otra aparición con la misma finalidad de
afianzar a los discípulos en dicha fe; las apariciones del Resucitado habían
tenido lugar en Jerusalén; ahora, sin dar explicación alguna y sin
hablar de desplazamiento de los discípulos, se nos cuenta ésta en
Galilea; el concepto de misión, tan importante en el evangelio de Juan, y
de la que los discípulos han recibido ya el encargo (Jn 20, 21), es
reemplazado aquí por el lenguaje simbólico de la pesca, sin antecedentes
en este evangelio. La
primera parte del capítulo utiliza el lenguaje simbólico y tiene carácter
de signo. Baste pensar que los discípulos son siete: cuatro
pertenecen al círculo de los
Doce y tres a “los otros”. El número siete es símbolo de plenitud y
de totalidad. Esto significa que la “pesca” debe correr a cargo de
toda la Iglesia. La pesca milagrosa simboliza la misión de la Iglesia.
Así se deduce de una serie de rasgos como la unión del signo con el
discurso: Pedro es el pastor de la Iglesia universal; en ella el discípulo
amado tiene su propio carisma (este aspecto se desarrolla en la segunda
parte del cap. y no ha sido tomado por la liturgia del día).
La aparición del Resucitado es presentada sobre el andamiaje de
una pesca milagrosa, que ilumina la promesa que había hecho Jesús a los
discípulos en el momento de la vocación:
Os haré
pescadores de
hombres (Lc
5,1-11; Mc 1,17). La resurrección de Jesús es la que hizo posible la
existencia de la comunidad y la misión que le es encomendada. Se afirma,
además, que el éxito de la misión cristiana no depende del esfuerzo
humano, sino de la presencia viva del Señor en ella.
La red que no se rompe acentúa la capacidad de la Iglesia
para recibir en su seno a todos los hombres, por muy distinta que sea su
mentalidad y cultura. No hay excepción. Debe notarse la diferencia en
relación con el relato paralelo de Lucas: las redes se rompían y las
barcas se hundían. Con estos datos
trata Lucas de magnificar el milagro de Jesús. Juan, por el
contrario, intenta poner de relieve la unidad de la Iglesia, compuesta por
muchas iglesias y pueblos, y creada por el Resucitado. El número de ciento cincuenta y tres peces simboliza la plenitud y la universalidad. Es un número triangular, que resulta de la suma de todos los anteriores (1+ 2 + 3 + 4 +5 +6...) hasta llegar al diecisiete. El número diecisiete no es número bíblico, pero sí lo son el diez y el siete: ambos simbolizan lo que acabamos de decir.
Debe destacarse también el simbolismo de Pedro: Jesús había
mandado a todos los discípulos que sacasen los peces a tierra. En lugar
de ellos aparece Pedro (Jn 21, 11). Mediante esta acción se presenta a
Pedro como la cabeza de la misión de la Iglesia, que lleva al Señor todo
el éxito del trabajo de los siete. Se simboliza, por tanto, la unión de
todas las iglesias en Pedro, que lleva a Cristo.
Para la comida hay preparado un pan y un pez. En el relato
de la multiplicación de los panes (Jn 6,1-13) se habla de cinco panes y
dos peces. La comida es la misma. En ambos casos Jesús tomó el pan y el
pez y se lo repartió. La referencia a la eucaristía es evidente.
La pesca en alta mar, en el mundo, adquiere todo su sentido desde
la otra orilla donde está el Señor. Él no se mezcla directamente en
el trabajo apostólico. Lo estimula desde dentro, desde la eficacia de su
presencia oculta.
El himno debido al Cordero (segunda lectura) es presentado como una sinfonía de innumerables voces, que
entran en el conjunto de la obra cuando el Director se refiere mediante la
ordenación de su batuta a cada uno de los distintos coros. Y lo hace
teniendo en cuenta su cercanía al trono. Nos corresponde escuchar al
segundo coro: El segundo círculo que se suma a la alabanza es el de
los ángeles. Ellos se unen al
himno de la alabanza anterior (los cuatro vivientes y los 24 ancianos). Es
su participación activa en la gran liturgia celeste. Eran cientos y
cientos, miles y miles. Según la angelología de la época los ángeles
eran mucho más numerosos de lo que puede imaginar la mente humana. El
Vidente pone en sus bocas todo aquello que el Cordero es digno de recibir:
el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y
la alabanza. Siete términos que expresan la plenitud de los atributos
divinos. Una plenitud que se halla simbolizada en el número siete. La
diferencia entre los diversos atributos enumerados resulta difícil de
precisar. Con su mención se simboliza todo aquello que el hombre está
obligado a reconocer en Dios. Lo que se celebra litúrgicamente aquí abajo continúa allá arriba, pero con mayor perfección. El culto se dirige a Dios como creador y a Cristo como redentor. El Cordero “inmolado”, por su íntima unión con Dios, recibe por parte de sus adoradores el mismo culto que únicamente es debido a Dios. Felipe F. Ramos Lectoral |