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CICLO C Quinto Domingo de Pascua |
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La
primera gran misión, que abrió las puertas del evangelio a los gentiles,
está llegando a su fin. (primera lectura). El mundo pagano ha
aceptado con facilidad y entusiasmo el evangelio. Los judíos, sin
embargo, provocan siempre una reacción hostil frente a los
evangelizadores. Como si, en este momento, tuviesen la misión única de
oponer un frente de resistencia a la Iglesia naciente. Lucas ha demostrado
ya claramente (sobre todo con motivo del suceso de Cornelio) que la misión
a los gentiles comenzó no por iniciativa humana, sino a pesar de ella.
Fue la acción extraordinaria del Espíritu la que obligó a Pedro a tomar
la decisión de admitir al primer gentil en la Iglesia. También la que
obligó a la comunidad de Antioquía a emprender esta gran misión llevada
a cabo por Pablo y Bernabé.
Antes de hacer regresar a los
misioneros a la Iglesia madre de Antioquía, nos cuenta Lucas dos datos de
la máxima importancia. Repiten su visita a las comunidades ya
evangelizadas en un intento de consolidar su fe. Les exhortaban a
permanecer en la fe. Permanecer en la fe, permanecer en el Señor
(11,23) y permanecer en la gracia (13,43) son expresiones sinónimas; una
explica y explicita la otra. En los tres casos se describe la existencia
cristiana o el ser del cristiano como
el esfuerzo de permanencia en la relación iniciada con el Señor,
convertido en el señor de la vida del creyente y en la correspondiente
respuesta de la vida considerada como un servicio al Señor. Esta
permanencia del ser cristiano
da por supuesto la necesidad de soportar los sufrimientos que, a
causa del ser mismo del cristiano, se originan (Mt 5,20; 7, 21) 18, 3).
Pablo es buen ejemplo de ello. Las tribulaciones y dificultades pertenecían
esencialmente, según la mentalidad judía, a los signos anunciadores del
fin. Pablo afirma, por tanto, que, para llegar a la salud escatológica,
es preciso pasar por ellas. Pero ellas llevan a la glorificación, a la
visión de Dios cara a cara. Así nos lo dice el evangelio de hoy (tercera
lectura).
Ahora es glorificado el Hijo del hombre.
A una frase de este estilo nosotros le daríamos este significado: después
de un período de ocultamiento, de espera, de méritos no reconocidos, a
una persona se le hace justicia, se le reconoce su valía y se le rodea de
los honores debidos. La glorificación del Hijo del hombre coincide
con el último acto de rechazo por parte de los suyos y con la máxima
humillación. La razón es que la crucifixión y la muerte constituyen únicamente
el primer acto de todo lo que vendrá después: cruucifixión-resurrección-
Iglesia penetrada por el Espíritu. Todo formando una unidad. Y todo
ello para proporcionar al hombre el camino para llegar a Dios a través de
él. Por eso esta glorificación del Hijo del hombre coincide con la
glorificación de Dios, dada la unidad existente entre ellos.
Después de la salida de Judas del Cenáculo
pronuncia Jesús las palabras misteriosas apuntadas: lo que se avecina, la
pasión, será la manifestación de la gloria tanto del Hijo como del
Padre. Es la última vez que el evangelista recurre al título “Hijo del
hombre” para designar a Jesús. Pues bien, este Hijo del hombre, cuyo
retorno al Padre se avecina, enjuicia el significado de su presencia en
este mundo: Él ha sido la manifestación de la gloria de Dios, es
decir, de Dios mismo percibido sensiblemente, de alguna manera, en la
persona de Jesús. Esta manifestación o glorificación llega ahora,
en la pasión, a su plenitud. La pasión es, al mismo tiempo, la exaltación-glorificación,
el retorno al mundo celeste. La pasión del Hijo, al ser el cumplimiento
de la voluntad del Padre, significa también la glorificación de éste.
Estas ideas las expresa el evangelista en una especie de himno al Hijo del
hombre. Consta de cinco afirmaciones o líneas, la última de las cuales
subraya la proximidad de la pasión: Y lo va a hacer muy pronto (Jn
13,31-32). Se refiere a que Dios mismo dará a conocer su propia gloria,
particularmente en la resurrección de su Hijo.
Después de lo relativo a la glorificación,
Jesús declara la manifestación de su última voluntad. A modo de
testamento, Jesús impone a sus discípulos un mandamiento nuevo: el
amor mutuo. ¿En qué sentido es nuevo el mandamiento del amor? ¿Dónde
está su novedad radical? El
amor al prójimo figura ya entre las prescripciones impuestas al israelita
en el AT. Incluso la formulación tiene un
cariz propio del AT: amarás al prójimo como a ti mismo (Lv 19, 18).
Pero, siguiendo la regla elemental del paralelismo, se nota enseguida que
el prójimo, a quien se refiere el libro del Levítico, es el
compatriota. Es cierto que el concepto de prójimo se ha ampliado
incluyendo también al extranjero “que habita en medio de ti” (Lv
19,34). En el fondo, sin embargo, el concepto de prójimo queda reducido
al israelita y al prosélito.
La novedad del mandamiento de Jesús
consistiría en universalizarlo, rompiendo todas las barreras, sean
del tipo que sean. El concepto de prójimo se adecuaría sencillamente con
el de hombre. Esto, sin embargo, difícilmente podría presentarse como
una novedad radical. No sería Jesús ni el primero ni el último en
descubrirlo y formularlo. Literalmente hablando, los dos versículos
en los que se expresa el mandamiento del amor son una glosa. Jn
13,33 tiene su continuación lógica en 13,36. Jesús anuncia su
partida. Adonde yo voy, vosotros no podéis venir Jn 13,33b). La lógica,
desde el punto de vista literario, exigiría colocar a continuación de
estas palabras de Jesús la pregunta de Pedro: Señor, ¿adónde vas?
(Jn 13,36).
Conceptualmente, sin embargo, se
halla en su lugar ya que, a la manifestación de la gracia y del amor de
Dios –lo que ha sido llamado la glorificación del Hijo- debe responder
la manifestación del amor por parte de los discípulos. El amor es el
criterio de la salvación y de la garantía del que es debido a Dios. Sólo
quien ama verdaderamente al prójimo puede “presumir” de que ama a
Dios. Es el único argumento demostrativo de su amor a Dios (1Jn 2,7-8;
3,11.23). Del mismo modo que Dios demostró su amor a los hombres entregando
a su Hijo. Un amor que llega a dar la vida por aquellos que son amados
(Jn 3,16; 13,1). El amor al prójimo es la característica del
discipulado cristiano.
El amor mutuo es la esencia del
discipulado y su única manifestación auténtica. A la novedad del
mandamiento del amor contribuye su causa: los discípulos deben
amarse porque ellos fueron amados primero (1Jn 4,19). El amor es el signo
distintivo de la realidad de Dios. Dicho signo distintivo como amor no se
refiere a una propiedad de Dios ni a la descripción de su actuar
–aunque por ella le conozcamos- sino a su forma de ser, a un movimiento
vital, a su realización en el mundo; en el amor se expresa el ser mismo
de Dios; Dios en su ser es amor; el amor expresa su propia realidad. Dios
no puede ser descrito prescindiendo de esta realidad, sino como dicha
realidad. Él ni es ni tiene tras de sí otra realidad.
Sólo quien es amado y se siente amado es
capaz de amar. Dios manifestó su amor al mundo (Jn 3,16); Jesús
amó a los
suyos hasta el fin (Jn 13,1). Es nuevo porque constituye el
centro de gravedad de la nueva alianza. El amor de Jesús es
fundamental y constitutivo del amor fraterno. No se trata sólo de una
acción, sino de una especie de atmósfera en la que respira el creyente y
donde halla la fuerza para amar a sus semejantes.
Por lo que se refiere al modo del mismo: es
un amor de entrega, hecho de comunicación y de sacrificio. Así debe
ser el amor de los discípulos. Dios hizo visible su amor, tomando una
forma perceptible para el hombre. No es un postulado deducido del
pensamiento, del deseo o de una visión humana. El mismo amor de Dios se
hizo acontecimiento en una figura perceptible. Y esta concreción del
amor de Dios se llama Jesús. Es calificado como Hijo único o Unigénito.
En el mundo joánico (que es donde más frecuentemente aparece este
calificativo: Jn 1,14.18; 3 16.18; 1Jn 4,9) quiere destacarse, por su
medio, la singularidad, la exclusividad y, sobre todo, la concentración
del amor de Dios en Jesús. El, en cuanto Hijo, es el lugar exclusivo en
el que Dios ha revelado su amor.
También es importante la finalidad:
no es simplemente un amor altruista y humanitario, sino la continuación
de la obra de Jesús: el amor mutuo debe ser manifestativo del amor que
Dios tiene a los hombres. La misión del Hijo por el Padre demuestra el
verdadero sentido del amor: es una donación, una comunicación
gratuita, una entrega cuyo único beneficiario es el hombre. A Dios no le
reportaba beneficio alguno. Si Dios es el amor-agápe supremo, esto
nos lo ha hecho saber de forma concreta y tangible. Para evitar
elucubraciones sobre el amor eterno, la caridad primera e increada, la
causa original y originante del verdadero amor, nos lo ha presentado ante
nuestros ojos como signo evidente de su veracidad y como paradigma
palpable de su imitación. Tenemos aquí la síntesis de lo afirmado en el
cuarto evangelio de forma igualmente tajante y desarrollado explícitamente
(Jn 3, 16-17).
Tan centrada está la venida de Dios a nuestro mundo en la finalidad de su destino para el hombre que de ella depende nuestra vida: “para que nosotros vivamos por él”. El gran signo y argumento del amor de Dios se convierte para nosotros en el Evangelio salvador. La vida que debemos al Hijo enviado es la vida divina. Para participarla fue necesario el desplazamiento de Aquel que la poseía por sí mismo. Dios es el Mitente. Su Hijo, el Enviado.
Es algo así
como el cielo nuevo y la tierra nueva de los que nos habla el Apocalipsis
(segunda lectura). Lo viejo no servía. Dios lo sustituye por algo
radicalmente nuevo. En esta séptima visión nuestro autor distingue dos
partes: la visión y audición del mundo nuevo (21,1-4) y la garantía
divina con la consiguiente amonestación (21, 5-8). Los cielos nuevos y
la tierra nueva hacen referencia a la profecía antigua (Is 65,17; 66,
22), que los apocalípticos habían desarrollado ampliamente. La
novedad es teológica, no cosmológica. Se trata de una nueva creación
de Dios. Una prueba evidente es que el mar ya no existe. Este
simboliza el mundo antiguo, el lugar de habitación de los espíritus
inmundos y de donde surge la bestia (Ap 13,1). El
mundo nuevo es el lugar adecuado para que viva la comunidad de Dios, la
nueva Jerusalén, que es lo radicalmente opuesto a la Babilonia
pecadora, orgullosa, madre
de todas las prostituciones
y abominaciones (Ap 17, 3-4). El autor profético la presenta
como la novia preparada para las bodas del Cordero (Ap 19,7; 2Cor 11,2).
Ella es la morada de Dios entre los hombres, la tienda de la reunión,
el lugar de la comunión perfecta entre Dios y los hombres, la realización
de la añoranza de los buscadores de Dios (Sal 10,1; 22,12; 40,3; Mt
5,8...).
La nueva creación es el final
glorioso de la acción de Dios. San Pablo tradujo el lenguaje apocalíptico,
que se está utilizando aquí, al lenguaje teológico directo de forma
insuperable: El que es de Cristo se ha hecho criatura nueva y lo viejo
pasó, se ha hecho nuevo (2Co 5,17). Ni la circuncisión es nada ni el
prepucio, sino la nueva criatura (Ga 6,15).
Dios mismo es el garante de esta realidad
divina. Lo que el Vidente escribe por mandato de Dios es la verdad. Una
verdad que no necesita ser comprobada por el hombre. Lo que Dios afirma,
eso sucede (Sal 33,9). Felipe F. Ramos Lectoral |