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CICLO C Sexto Domingo de Pascua |
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El inmovilismo, al considerar “lo tradicional” como intocable, ha
servido, desde los orígenes del cristianismo hasta hoy, para un
estancamiento de la fe, para una devaluación de la misma, que sería
insuficiente y debía ser completada por “lo de siempre”; la novedad
se halla siempre en entredicho. (primera lectura). ¡Y pensar que
Jesús es el Hombre nuevo, el creador de la nueva humanidad, el que
destronó la Ley para sentar en el trono que ocupaba al amor como
principio fundamental de la conducta interhumana!.
La comunidad de Antioquía vivía serena e intensamente
la fe evangélica en toda su pureza. Pero llegaron “los de
siempre”, los judaizantes (defensores de cumplir toda la Ley, además de
aceptar la fe cristiana) que llegaron a Antioquía, procedentes de Jerusalén,
y que perturbaron la tranquilidad de la comunidad, diciendo que era
necesario cumplir toda la Ley, practicar la circuncisión... Estos
judaizantes se presentaron como representantes de la Iglesia de Jerusalén
(v.24).
Ante el problema planteado, fueron elegidos Pablo y Bernabé para
subir a Jerusalén y discutir la cuestión con los apóstoles y demás
dirigentes de la Iglesia. En la reunión, Pedro remite a la conversión de
Cornelio. Afirma que la pretensión de los judaizantes equivaldría a
imponer sobre los gentiles convertidos una carga insoportable. Finalmente,
presenta la tesis que debería superar toda duda: judíos y gentiles
son salvados por la gracia de Dios. Pablo y Bernabé cuentan los
signos y milagros realizados por ellos entre los gentiles. Santiago
declara que la Escritura ya anunciaba el plan de Dios de construir el
pueblo de la alianza de todos los pueblos y que únicamente debían
imponerse como obligatorias cuatro prescripciones tomadas de la Ley, cuyo
cumplimiento Dios exige a todos. Esta
decisión sobre
la no obligatoriedad de la Ley judía -que en eso consistió el Concilio-
tomó cuerpo en un escrito enviado a Antioquía y cuyos portadores fueron
Pablo y Bernabé
Estas cuatro prescripciones consideradas como obligatorias son
conocidas como el Decreto Apostólico. Precisemos que este Decreto
fue dado posteriormente, nada tuvo que ver con el Concilio, y fue añadido
después de él por razones pedagógicas y de convivencia para lograr la
armonía en las comunidades compuestas por “los de siempre” y los
cristianos que mantenían la fe cristiana en toda su integridad. No fue un
Decreto de obligatoriedad universal. Se refiere a costumbres o leyes judías
que habían estado vigentes desde antiguo y no convenía prescindir de
ellas por real decreto.
Estos principios quedan definitivamente aclarados en el evangelio
que comentamos a continuación (tercera lectura). Amar a Jesús es
creer en él, guardar sus mandamientos. No nos obliga a pensar en un
elevado misticismo ni en argumentos contundentes para demostrarlo. El amor
del que Jesús habla se convierte así en el vehículo que él y el Padre
utilizan para llegar al creyente y establecer en él su morada. Se refiere
a la evocación y actualización de la venida-habitación de Yahvé en la
tienda de la reunión y la consiguiente morada-presencia en medio de su
pueblo (Ex 25,8; 29,45; Ez 37,26-27...). Dicha habitación es obra de la
fe. Y la afirmación de Jesús se halla garantizada porque él tiene la
misma autoridad que el Padre. La venida a la que se refiere Jesús
no es la que realiza el Hijo del hombre al fin de los tiempos. Esto
supondría el drama cósmico del que hablan los Sinópticos. Pero, al
faltar éste en Juan, la venida anunciada por el Salvador en su despedida,
se refiere a su presencia en la comunidad.
Las palabras misteriosas de Jesús exigen un intérprete que sea
buen conocedor del mundo de lo divino. Sólo el Paráclito, el Espíritu
Santo, puede desarrollar esta tarea hermenéutica. Por eso el evangelista
habla de su actuación como maestro que enseña y recuerda: El Paráclito
es presentado como maestro. En la historia de la salvación en su
fase última, existen dos épocas: la de Jesús y la de la Iglesia.
Entre ellas hay una diferencia clara, que se manifiesta en nuestro texto
mediante la partícula adversativa: Pero el Paráclito... Se
apunta, por tanto, hacia una novedad en el campo de las palabras o de la
enseñanza. Esto sugiere que la revelación no ha terminado, que espera
y camina hacia un complemento, que será suministrado por el Paráclito.
Gracias a la acción del Paráclito, las dos épocas de la historia
de la salvación mencionadas, se fusionan en una de tal manera que la
segunda completa la primera y la primera es el verdadero fundamento de la
segunda. Así como Jesús es el hermeneuta o exegeta de Dios (Jn 1, 18),
así el Paráclito es el hermeneuta o exegeta de Jesús. El Paráclito
es a Jesús lo que Jesús es al Padre. La palabra de Dios o Dios mismo en
cuanto palabra, llegó a nosotros en Jesús. Las “cosas que Jesús ha
dicho”, la frase en cuanto tal, recoge y resume toda la revelación del
Padre mediante y a través del Hijo. Sus múltiples palabras son la
expresión y el ensayo para hacer comprensible la Palabra única. Pero
esto no era posible en la época primera. Era imprescindible la segunda,
en la que el Paráclito os lo enseñará todo y os recordará todo lo
que yo os he dicho.
Cuando se habla de la enseñanza de Jesús se hace referencia a la
revelación definitiva de los tiempos escatológicos. Pues bien, el Paráclito
hará presente y patente la revelación de Jesús. Y esto lo llevará a
cabo mediante un proceso de interiorización de la enseñanza de Jesús.
En la terminología actual esto podría traducirse así: el Paráclito
tendrá la finalidad de descubrir la más alta cristología, pero
partiendo de la jesuología (manifestando, dando a conocer,
desvelando, todo lo que Jesús fue e hizo). El Paráclito es la persona
del recuerdo. Nos traerá a la memoria lo enseñado por Jesús.
Lo problemático –entonces lo mismo que ahora y que siempre- es
lograr la armonía necesaria entre lo nuevo y lo viejo; entre los
necesarios conceptos y representaciones nuevas para ofrecer la verdadera
imagen actual de Jesús y de su doctrina con la más genuina tradición
que descansa en Jesús mismo. El problema de esta difícil armonía es el
que se halla presente y latente en nuestro texto evangélico. Se trata de
conjugar dos extremos igualmente peligrosos: un historicismo a ultranza,
al estilo de las antiguas vidas de Jesús, con un pneumatismo
desenraizado de todo contacto terreno. Sólo el Espíritu Paráclito
es capaz de proporcionar la visión de lo trascendente y sobrehumano
existente en la vida terrena de Jesús. Pero sin la consideración y
acentuación de dicha historia terrena de Jesús, las experiencias del Espíritu
podrían conducir a puros y peligrosos desvaríos subjetivos.
Por otro lado, no se trata de una pura, simple y exacta
reconstrucción de los hechos del pasado. Esto significaría también la
destrucción del evangelio en su esencia más pura y adecuada. Es
necesaria la presencia operante del Espíritu para lograr la nueva
comprensión de todo el acontecimiento revelador. Es el gran tema del
“recuerdo”. La nueva comprensión proporcionada desde la fe.
Juan presenta, al menos en este lugar, al Paráclito como el Espíritu
Santo, como la presencia permanente de Jesús en la comunidad cristiana
mientras Jesús está en el Padre (1Jn 2,1). Esto significa
fundamentalmente dos cosas: la primera de ellas se refiere a la
coherencia existente entre lo que afirma el cuarto evangelio acerca
del Paráclito y lo que se dice en otros pasajes del evangelio de Juan y
en otros libros del NT acerca del Espíritu Santo. Aunque el Paráclito es
una realidad más claramente personal que el Espíritu Santo –éste se
mantiene en muchos textos del NT en la misma línea del Antiguo- también
existen otros pasajes en los que el Espíritu Santo aparece con características
casi personales (1Co 12,11; Rm 8,16...). El segundo de los significados
debe verse en el aspecto sucesivo o sucesorio: El Espíritu Santo
comienza a existir o a actuar, que en nuestro caso es lo mismo, sólo
después que Jesús se ha ido (Jn 7,39: “todavía no había Espíritu...”).
El Paráclito es enviado para revelar a Cristo, para dar a conocer
toda su dignidad, para manifestar su condición de Hijo, para suscitar la
fe en Jesús en cuanto Hijo de Dios y Revelador del Padre. Así el Paráclito
lleva a su plenitud y perfección la obra reveladora de Jesús.
A modo de conclusión y fuera de contexto, para una mayor información,
mencionaremos los posibles modos de presentar al Espítiru Paráclito:
es “el intérprete” de Jesús; el “sucesor” de Jesús; el
“abogado, asistente, ayudante, pasante” de Jesús; el “Espíritu de
la verdad; el “intercesor”; el “don supremo”; el “otro Jesús”;
el “maestro”; el “testigo”; el “enviado”; el
“acusador-iluminador”; el “revelador”.
La meta hacia la cual corremos, la Casa del Padre, nos la describe
la segunda lectura? : ¿Cómo puede ser descrita la Jerusalén
celeste, el lugar de la habitación de Dios, donde los creyentes
participan plenamente de su vida y de su dicha infinitas, el cielo en
suma? El intento se ve
abocado a un fracaso inevitable. Pero el Vidente lo intentó. Sobre el
patrón de imágenes de procedencia diversa ofrece al lector un cuadro de
excepcional belleza en el que puede contemplar no sólo la realización
total de sus esperanzas, sino la soberanía absoluta de Dios y del
Cordero. Son ellos los que colman la ciudad de bienestar y de dicha, de
luz y de vida, de confidencias íntimas que introducen al hombre en el
misterio salvador de Dios. El Vidente toma como punto de partida de
sus descripciones la convicción generalizada de la existencia en el cielo
de la realidad perfecta de aquello que valoramos en la tierra, como las
ciudades y los templos.
En esta visión alcanza su punto culminante la garantía
definitiva de la esperanza cristiana. El Dios del consuelo hace
partícipes a los creyentes de este aspecto esencial de la revelación. La
novia, la esposa del Cordero, los creyentes, viven plácida y serenamente
la vida plena del Dios inmutable; han desaparecido los movimientos
violentos que sombrean las demás visiones; aquí ya no existen las
tensiones de sentimientos opuestos: sufrimiento y alegría, persecución y
esperanza, angustia y paz, preocupación y anhelo, ansiedad y confianza...
El esplendor y luminosidad de la ciudad son en realidad una descripción
del Señor de la misma. La ciudad está llena de la gloria de Dios
(Ez 43,2; Is 60,1). La expresión significa, en el AT, la presencia de
Dios o Dios mismo en cuanto se manifiesta, de alguna manera misteriosa,
perceptiblemente. La ciudad es el cielo en la tierra; un cielo abierto,
asequible a los redimidos; el espacio de la libertad y de la salvación
plenas. El Dios de la luz es la fuente de la luz en la ciudad de la luz.
El cielo no se halla en un monte alto e inaccesible (Ez 40,2); Dios lo ha
bajado para el hombre en la tierra nueva. Por eso la ciudad es comparada
con una piedra de jaspe cristalino. Ya antes se había afirmado
esto mismo de Dios (Ap 4,3).
Para los antiguos, las murallas son esenciales a toda ciudad
(Is 26,1). En la descripción de las mismas el Vidente se ha inspirado en
el profeta Ezequiel (48, 30-35). Las grandes puertas de acceso a la
ciudad están repartidas de tal modo que corresponden tres a cada una
de las direcciones cardinales. La seguridad corre a cargo de ángeles
guardianes (Is 62,6). El nombre de las doce tribus de Israel, escrito en
las puertas de la ciudad, también procede de Ezequiel. Pero el Vidente
elabora el material recibido y lo interpreta al añadir algo
verdaderamente nuevo:
Las murallas tienen su cimentación en doce pilares en cada uno de
los cuales está escrito el nombre de los doce Apóstoles del Cordero
(21,14). El pensamiento es el siguiente: la ciudad está construida sobre
el fundamento de los apóstoles (Ef 2,20; Hb 11,10; Mt 16,18). Dicho de
otro modo: la ciudad celeste, la habitación eterna de Dios y de sus
fieles no es producto de una fantasía desbordada; se halla
inseparablemente unida a la historia de la salvación en la tierra;
está fundamentada en la obra salvadora de Cristo y en los apóstoles en
cuanto testigos y anunciadores del evangelio. La ciudad celeste es la
concreción última del evangelio, en cuanto que es el poder de Dios (Rm
1,16). La ausencia del templo está más que justificada. El templo es un signo de la presencia de Dios, un lugar donde el creyente busca a su Dios. Cuando Dios mismo se hace presente y entra en contacto directo con sus fieles sobran otras mediaciones. El templo de la ciudad celeste es Dios mismo, el Dios manifestado en Cristo, al que se debe adorar en espíritu y en verdad (Jn 4,24).
La ciudad celeste no necesita ser iluminada con la luz de los
astros. Esta se halla reemplazada por la luz de Dios reflejada en el
rostro de Cristo (2Co 4,6). Una luz tan intensa y de tan
extraordinaria calidad que excluye radicalmente las tinieblas: no habrá
noche (Ap 21,25; 22,5).
Felipe F. Ramos Lectoral |