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CICLO C La Ascensión. Séptimo Domingo de Pascua |
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En la introducción del libro de los Hechos de los Apóstoles se
nos dice que el tiempo nuevo que comienza debe ser considerado en
conexión con el recientemente terminado y como su continuación (primera
lectura). La introducción nos dice que el tiempo nuevo que
comienza debe ser considerado en conexión con el recientemente terminado
y como su continuación. El centro de gravedad es lo que Jesús hizo y
enseñó (Lc 24,19). En estos términos se expresa adecuadamente
el concepto de la revelación, como nos recuerda el Vaticano II en
la constitución Dei Verbum, sobre la divina revelación. A partir
de la exaltación de Jesús comienza el tiempo de la Iglesia. Los cuarenta
días significan el tiempo nuevo que comienza –una época nueva en
la historia de la salvación- gracias a la convicción profunda de la
presencia del Resucitado.
Después de una descripción sumaria de los cuarenta días, Lucas
narra una escena que es el último diálogo de Jesús con sus discípulos.
En este último encuentro les manda Jesús que no abandonen Jerusalén.
Deben esperar allí la promesa del Padre o lo prometido por el Padre, es
decir, la misión del Espíritu (Hch 2,32; Lc 24,49). Esta promesa tiene
su fundamento en las palabras de Jesús, que recuerda
Hch 11,16, y que suponen que el Espíritu les será comunicado para
que hable por su boca ante los tribunales a los que serán llevados (Mc
13, 11 y par.).
La pregunta de los discípulos está motivada no sólo por la falta
de comprensión sobre la verdadera naturaleza del reino de Dios, sino,
sobre todo, por la convicción generalizada de que la misión del Espíritu
llevaba consigo la irrupción del tiempo último. Esta convicción
tenía como consecuencia inmediata
la esperanza de una parusía próxima. Las manifestaciones de Jesús
son claras: toda especulación en torno a la proximidad del fin es
antievangélica (la insistencia en
la necesidad de la vigilancia implica la ignorancia de la fecha y
la imposibilidad de predecirla).
Glorificación. Exaltación. Resurrección. Ascensión. Las
cuatro palabras expresan la misma realidad. Naturalmente que cada una de
ellas se halla cargada con matices distintos. La última manifestación de
Jesús en la tierra está centrada en el encargo de misión y en la
presencia del Espíritu que actuará en ella y la hará posible. Acto
seguido se narra la Ascensión de Jesús. Lo hace Lucas como si se tratase
de un suceso físico y controlable, comparable
a la ascensión de Elías (2R
2,9). El relato de la Ascensión nos obliga a distinguir dos cosas bien distintas: el hecho en sí mismo, que es el retorno o el camino de vuelta de Jesús al Padre (Jn 16, 28) y es lo esencial de la narración. Junto al hecho hay que acentuar el modo de describirlo. Éste se halla condicionado por la representación cosmológica de la época (el mundo era representado como una casa de tres pisos: la tierra, donde vive el hombre; el cielo o la morada de los dioses y el abismo o subsuelo, lugar de la habitación de los espíritus) y por la imaginería en uso: los vestidos blancos indican el mundo de lo divino; la nube simboliza la presencia y protección divinas. En todo caso no olvidemos que el cómo o el modo como es narrada una cosa no cuestiona la realidad de la misma. Más aún, nuestro relato se caracteriza por una sobriedad extrema: no se concede espacio alguno a la fantasía ni a la imaginación desbordada que hubiese cargado de detalles poéticos la narración (puede compararse con la narración de la ascensión tal como la presenta el evangelio apócrifo de Pedro); se renuncia a describir los sentimientos de las personas que la presenciaron (como hace siempre la leyenda). El objetivo de Lucas le hace renunciar a toda descripción fantástica del acontecimiento. Como cristiano responsable, e inspirado por Dios, lo que pretende es ayudar a los lectores a que comprendan el sentido que Dios mismo quiere que den a su existencia cristiana. Por eso renuncia a describir los sentimientos íntimos de las personas allí reunidas; la impresión producida en ellos por la presencia de aquellos mensajeros celestes; los gestos o gesto de bendición de Jesús al irse de entre ellos; la envidia de aquella nube a la que le había sido concedido el privilegio de ser portadora de su Señor. Los discípulos nos son descritos desde el punto de vista de su relación con Jesús; son, más bien, representantes de la Iglesia, que deben entender el sentido profundo de la ascensión y de la parusía.
Nuestra concepción cosmológica del mundo ha experimentado un
cambio muy profundo. Ciertamente no es la que tenían Lucas y sus
contemporáneos. Este cambio, ¿autorizaría a negar el hecho descrito
mediante el recurso a ella? Sólo la falta de inteligencia podría
justificar esta conclusión. Lucas describe el camino de Jesús
al Padre. Este hecho es el mismo en los tiempos de Lucas y en los
nuestros. Las imágenes o medios utilizados están al servicio del hecho
mismo, como el vestido se halla siempre al servicio de la persona. ¿Ganaría
algo la Ascensión al utilizar para describirla los medios modernos
recurriendo a los cohetes espaciales
o naves interplanetarias que harían más inteligible y fácil de
comprender dicha ascensión? Los posibles medios modernos lograrían
destruir el misterio de la ascensión, porque lo único que lograrían sería
bajar el misterio al nivel de las posibilidades humanas. ¡El misterio
habría desaparecido!.
La pregunta sobre cuándo tuvo lugar la ascensión es superflua. Siendo, como es, el retorno al Padre, la ascensión coincide con la resurrección. Los 40 días que introduce Lucas entre ellas (Hch 1,3) simbolizan el tiempo nuevo que comienza -una nueva época en la historia de la salvación- gracias a la convicción de la presencia del Resucitado. Toda la atención está centrada en el hecho de la ascensión (de una forma u otra, la palabra “cielo” es mencionada cuatro veces en tres versículos).
En esta última “conversación” de Jesús con sus discípulos
desaparece el lenguaje enigmático, cesan las imposiciones del secreto en
sus intervenciones importantes –el secreto mesiánico-, desaparece el
recurso enigmático a la figura del Hijo del hombre para autodesignarse.
Ahora afirma Jesús con toda claridad que es el Mesías; que la última
fase tan dolorosa y decepcionante de su vida describía su prehistoria
anunciada en la Escritura antigua y en su tierna infancia (Lc 2,29ss: en
su presentación en el templo); que la pasión dolorosa culminaría en la
vida gloriosa. El final de su vida se convertiría en el punto de partida
de la Iglesia: la predicación cristiana, desde los orígenes, presentaría
como el crucificado y el resucitado; como las arras y garantía
inquebrantables de la gracia divina para todos aquellos que aceptan su
llamada a la conversión.
El interés por el cuerpo resucitado de Jesús lo comparten además
de Lucas, Juan, Mateo y Pablo. La convicción común del NT en esta cuestión
podemos formularla así: Jesús se encuentra con los suyos
como totalmente otro y
como el mismo; su corporeidad se ha independizado del tiempo y del
espacio; no se halla limitado a la naturaleza; es ésta la que se halla
sometida a él. Algunos rasgos sobre el particular
se habían dejado apreciar durante su vida terrena
(Mc 6,48ss: marcha sobre las aguas y, en general, sus milagros). Lo
verdaderamente nuevo es que ahora su vida y su propio ser están
determinados de forma habitual por nuevas leyes. Pablo y Juan hablan de su
cuerpo “glorioso” o revestido de “gloria”, es decir, de su
pertenencia a Dios o a su mundo. El misterio de su corporeidad ni han
querido ni han podido descifrarlo. Únicamente se han inclinado ante él.
Les ha bastado el pensamiento de que el Crucificado vive y vivifica.
Esta afirmación última, que aparece como futura, tenía
ya a sus espaldas una larga experiencia. Lo anunciado para después, había
tenido lugar desde el principio. Pedro les respondió: “Convertíos y
haceos bautizar en el nombre de Jesucristo para conseguir el perdón de
vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque vuestra
es la promesa, y de vuestros hijos, y de todos los que están lejos y de
cuantos llamará el Señor, nuestro Dios (Hch 2,38-39).
Ellos, convertidos ya en discípulos, eran testigos de primera mano
de todo lo ocurrido comenzando por Jerusalén. Se menciona la ciudad santa
porque en ella habían tenido lugar los acontecimientos decisivos y a ella
habían sido vinculados. Además, porque en ella recibirían
o habían recibido ya la fuerza de lo alto. De esta forma Jesús se
presenta como quien encarga
la misión, el que les encarga la misión y les da la fuerza necesaria
para llevarla a cabo: el Espíritu. Su presencia se convierte en el
inicio de la misión encomendada a la Iglesia. Los discípulos recibirán
el Espíritu Santo (Hch 1,5) para ser los testigos de Jesús ante el mundo
entero. Se trata de una promesa y de un mandato. Se está dando a la
Iglesia el encargo de su trabajo específico. La Iglesia cristiana, tal
como nos la presentan los Hechos, es una Iglesia esencialmente
misionera. Esta misión al mundo rompe, ya desde ahora, el
particularismo judío.
La despedida de Jesús acentúa, al mismo tiempo, la continuidad de
presencia con los suyos; de ahí su bendición, que les garantiza la
protección divina en el desarrollo de su misión; no significa ruptura,
sino, al contrario, afianzamiento en la unión. El texto no puede ser más
elocuente: “Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría”.
Pablo supone que los cristianos no han llegado al conocimiento
perfecto del Dios del Señor
Jesucristo, el Padre de la gloria (segunda lectura). Para que
puedan conocerlo pide para ellos el espíritu de Sabiduría y
revelación. Es importante la petición del espíritu de Sabiduría. Es
presentado como un poder que Dios envía al hombre y que crea en él
diversas posibilidades y aptitudes (¿carismas?). A él se le yuxtapone la
revelación, es decir, progreso de menor a mayor claridad, apertura
hacia lo eterno. El espíritu de sabiduría y la revelación confluyen en
la misma tarea, en un mayor conocimiento de Dios. El órgano de dicho
conocimiento es “el ojo o los ojos del corazón”, es decir, el
interior del hombre. Entre el don de Dios y la apertura del corazón humano se encarna la gracia. Esta es descrita de muchas maneras: como el poder de Dios creador de la esperanza ya presente; la resurrección de Cristo, que se convierte en el medio a través del cual Dios actúa en los cristianos su señorío por encima de los principados y otros seres “espirituales”, en los que creían los contemporáneos de Pablo. En este señorío va incluido el ser Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia. No son los miembros los que componen al Cuerpo, es la Cabeza la que convierte a los miembros en Cuerpo, el cuerpo de Cristo, la Iglesia. Felipe F. Ramos Lectoral |