|
CICLO C Domingo de Pentecostés |
||||
|
Celebramos hoy el acontecimiento más importante después de la
partida de Jesús: La venida del Espíritu Santo. Para ello Lucas
recurre al procedimiento intuitivo para que pueda ser captado por sus
lectores. Tomó como punto de partida el soplo, viento o aliento, como
gesto utilizado por Jesús para comunicar el Espíritu Santo (Jn 20,22).
No era mucho para comenzar, pero era algo. Con una referencia a la primera
creación -que habla del soplo de Yahvé sobre el caos original- intenta
describir la segunda, la obra de la redención: el soplo del Espíritu
crea el hombre nuevo.
Su primera afirmación está centrada en que el Espíritu viene de
Dios, del cielo. Lucas describe la presencia del Espíritu mediante
el recurso a un viento impetuoso. Esto era fácil de entender para
sus lectores, ya que tanto los de formación griega como los de mentalidad
semítica comprendían que el espíritu, pneuma, y el viento eran
conceptos afines. De esta forma Lucas hacía visible el lugar de donde
procedía el Espíritu. Pero, ¿cómo sensibilizar
el lugar de destino?
El viento afectó únicamente a la casa donde estaban reunidos los
discípulos, es decir, se dirigió exclusivamente a las personas allí
reunidas. Y lo hace en forma de lenguas de fuego. Lucas está
utilizando una tradición o haggada judía según la cual, en el
Sinaí, la llama (imagen de Dios) se convirtió en lengua,
en tantas lenguas como eran los pueblos que componían el mundo. Y así
todos los pueblos entendían; es decir, se acentúa el destino universal
del evangelio a todos los pueblos sin excepción. Según la tradición
mencionada, en el Sinaí ocurrieron tres cosas: una aparición de fuego y
un soplo celeste que se entremezclaron; en segundo lugar, las llamas
celestes se convirtieron en palabras divinas y, en tercer lugar, los
setenta pueblos paganos aceptaron el anuncio divino de la Ley en sus
propias lenguas.
El hablar en “otras lenguas” y entender los oyentes en la
“propia lengua” se refiere, muy probablemente, a la presencia del
tiempo último anunciado, en el que todos profetizarán (Jl 3,1-5;
Hch 2,17). El fenómeno de las lenguas pretendía afirmar la aparición
del tiempo escatológico, el tiempo de la salud anunciado por Joel.
Esa sería su enseñanza fundamental.
Mediante el fenómeno de las lenguas, Lucas pone de relieve estos
dos pensamientos: el Espíritu prometido por Jesús a sus discípulos para
ser sus testigos (Hch 1,8) aparece como una realidad patente e innegable
en la eficacia de la predicación o en el anuncio del evangelio. Además
afirma que es el poder creador del Espíritu el que hace surgir a la
comunidad cristiana.
Para terminar su obra, para alcanzar la perfección última de la
misión que había recibido del Padre, Jesús deberá garantizar la
continuidad de su presencia salvadora en el mundo (tercera lectura).
Para ello debía fundar la Iglesia. Era cierto que todo se había
cumplido a la perfección, pero faltaba la comunicación del Espíritu.
Éste fue el último don que nos concedió Jesús antes de morir:
“inclinando la cabeza entregó el Espíritu” (Jn 19,30b). Es el
Pentecostés joánico. Al inclinar la cabeza lo hizo hacia las personas
que estaban junto a la cruz: su madre -que se halla presente en cuanto
representante y anticipadora del misterio de la Iglesia, que está
naciendo en ese momento- y el discípulo al que Jesús tanto quería, que
está allí como el mejor símbolo de los creyentes auténticos. Hasta ese
momento “no había Espíritu” (Jn 7,37-39).
El Espíritu Paráclito es una figura paralela a Jesús. Una
especie de “alter ego” en relación con Jesús. Por eso no podía
existir el Espíritu antes de la glorificación de Jesús. El Paráclito
necesariamente tiene que ser posterior a Jesús, puesto que es un modo
de presencia de Jesús, mientras éste se halla ausente. Jesús está
en el cielo con el Padre (1Jn 2,1); el Paráclito está en la tierra con
los discípulos. En lugar de Jesús, comparece “otro” Paráclito. Se
supone, por tanto, la marcha de Jesús, que era “un” Paráclito. Para
evitar la dificultad de los “dos” Paráclitos se ha pretendido
eliminar del texto el “otro”. Pero el respeto debido al texto sagrado
nos prohibe quitar de él “lo que nos estorbe” o nos resulta difícil
de entender. El Paráclito es “otro”, distinto de Jesús, en la duración
de su presencia, que es definitiva, y en su obrar, que no se
centra en pronunciar palabras que sean como el eco de las palabras de Jesús
de Nazaret. El Paráclito actúa por medio de evidencias, es decir,
“interpretando y descubriendo el sentido profundo de las palabras de Jesús”,
a las que, arrancándolas del tiempo, las actualiza en una adaptación
adecuada al tiempo de los creyentes de cada tiempo.
El Paráclito, que es el Espíritu de vida, vivificador, como lo
confesamos en el credo, tiene como finalidad esencial vivificar las
palabras de Jesús, hacer que no envejezcan, que mantengan su poder
vivificador de forma actual, atractiva e incluso seductora, que conserven
el inicial frescor del momento en que salieron de la boca de Jesús, que
sigan tan vivas como el Espíritu del que brotaron y que no pasen nunca a
ser letra muerta. El Espíritu es el que vivifica; la letra mata. Matamos
al Paráclito y eliminamos a Jesús cuando
nos convertimos en meros repetidores, en epígonos reprobables vestidos
con gran aparato y solemnidad, de unas palabras que, escritas en un libro,
se convierten en letra muerta, en un simple “texto antiguo” que sería
únicamente útil para los análisis lingüísticos de los escolares, sin
la acción vivificadora del Espíritu.
Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13,8), pero no lo es
de la misma manera. En él se halla concentrada toda la verdad de la
revelación de Dios. De ahí que el Paráclito sea llamado el Espíritu
de la verdad que es el que actúa en los creyentes, en vosotros,
y les hace comprender toda la dimensión del hecho cristiano, todo el
significado del ser y del quehacer de la persona de Jesús. Esto lo
entendieron los creyentes porque es la realidad de la que viven como tales
creyentes; es la verdad en la que creen; la verdad que les estimula, que
les impulsa manteniendo su fe y su esperanza.
A lo largo de la historia de la fe ha sido comprendida de distintas
maneras. Esto demuestra que lleva en su misma entraña la necesidad de una
renovación constante en la interpretación y expresión de la misma. ¡Cuánta
más de dicha interpretación y expresión tendrán los dogmas
en que ha sido formulada! Los
dogmas no son la revelación; están al servicio de la misma. Frente a la
fe, que es absoluta e inmutable, los dogmas o formulación de la misma son
contingentes y están condicionados por las circunstancias culturales en
que fueron expresados. Nunca pueden abarcar y manifestar la plenitud de la
verdad divina de una manera absoluta e inmutable. Pueden quedar
envejecidos por el paso del tiempo, que trae siempre, y de forma
inevitable, nuevas posibilidades de expresión. Vivir anclados en el
pasado, por fidelidad al mismo, es convertirse en cadáveres ambulantes, a
cuyo paso se aleja la gente.
Probablemente lo más significativo de este punto sea la funcionalidad
del Espíritu Paráclito, que se traduce en el desvelamiento del misterio
de Jesús: “Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre
los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre
los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de
su Espíritu, que habita en vosotros” (Rm 8,11).
Evidentemente se trata del Espíritu de Dios. Él es el que resucitó
a Jesús de entre los muertos, como obsesivamente lo afirma el libro de
los Hechos de los Apóstoles. En todo caso, cuando se trata del Espíritu
de Dios, se está hablando de Dios mismo, de su poder salvífico presente
y actuante, no de la tercera persona de la Stma. Trinidad. Y, sea como
fuere, se trata de Alguien que resucitó a Jesús y que, en definitiva, es
también la causa de nuestra resurrección. De Alguien distinto de Jesús,
que actúa en Jesús, que manifiesta todas sus potencialidades e
implicaciones con los “hermanos” que seguirán al primogénito de
entre los muertos. Pero se trata de Alguien tan unido a Jesús que el
apóstol Pablo no tiene ningún reparo en identificarlo con Él:
El Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu
del Señor, allí está la libertad (2Co 3,17).
Se trata del Paráclito que es dado por el Padre como lo fue Jesús
(Jn 3,16). Esto nos introduce en el terreno exacto en el que debe moverse
la misión del Espíritu: tiene su centro de interés en el campo de las
relaciones entre Dios y el hombre. Se trata, por tanto, de ahondar en la
nueva relación entre Dios y el hombre, iniciada con la presencia de Jesús
en nuestro mundo. Gracias a la acción del Espíritu, el hombre –el
discipulado cristiano- tomará
conciencia del nuevo modo de presencia de Dios en él. Dios ha quedado al
alcance del hombre. El Paráclito es enviado para que esté con vosotros para siempre, para que la obra de Jesús, limitada por el tiempo y por la geografía, trascienda todos los momentos y lugares. La vida y obra de Jesús, en cuanto que es la gran revelación, la comunicación y la presencia de Dios estará siempre con vosotros gracias a la presencia del Paráclito.
Para el comentario de la segunda parte del texto completo del
evangelio de hoy (Jn 14, 23b-26) remitimos a lo expuesto a propósito del
6º Domingo de Pascua (Jn 14, 23-29).
Nota. El término “Paráclito” tiene su origen en el verbo parakalein,
del que deriva Parákletos. Tiene un doble sentido: llamar
hacia sí, del que derivan otros, como “pedir la ayuda de
alguien”, “invocar o suplicar a alguien”, “llamar a uno como
testigo ante un tribunal”, “lanzar un S.O.S ante la dificultad o el
problema en el que uno se ve envuelto”, y exhortar o dar ánimo,
del que derivan otros como “consolar”.
El apóstol Pablo establece (segunda lectura) la gran división
que surge en la vida humana: puede distinguirse entre el nivel físico,
atendiendo a las satisfacciones desde la convicción de que todo se
termina cuando se agotan las fuerzas físicas, y el nivel espiritual,
cuyo final es la certeza de la vida y de la paz. Los que se aferran a la
vida física se alejan definitivamente de Dios y, consiguientemente, no
pueden recibir su aprobación. Por el contrario la vida cristiana, en el
nivel espiritual, se halla impregnada por el Espíritu de Cristo. La “habitación” de Cristo no libera a los cristianos de la muerte física, que es un suceso natural y universal, pero garantiza otra vida de nueva calidad que viene de Dios, en cuya vida, voluntad y designios viven. Al final, esta vida nueva se manifestará como más fuerte que la muerte y los creyentes participarán en la resurrección de Cristo. La consecuencia es que la primera obligación de los cristianos es optar por la vida espiritual y rechazar la contraria. “Hacer morir las obras del cuerpo” significa rechazar una determinada conducta, la opuesta a Dios. Estos pensamientos se traducen a continuación mediante otros términos: “dejarse guiar por el Espíritu de Dios” o “vivir bajo el espíritu de la esclavitud para caer en el temor”. Felipe F. Ramos Lectoral |