|
CICLO C Domingo de Ramos |
||||
|
El evangelista Lucas nos ofrece una iniciación del relato de la Pasión
en el que ha puesto de relieve los dos pensamientos que animaban a Jesús
en aquel momento: la idea de cumplir el encargo recibido del Padre:
a pesar de la repugnancia del cáliz que debía beber, “iba a la
cabeza” hacia Jerusalén y, en segundo lugar, la acentuación de que
Jesús tiene bajo su control todo lo que se le va a venir encima:
la orden dada a los discípulos acentúa el conocimiento sobrehumano de
Jesús: encontrarán un borrico...
Esta solemne celebración dominical la iniciamos con la repetición
de un rito multisecular, precristiano. El antiguo pueblo de Dios
peregrinaba gozosamente a Jerusalén para renovar la alianza con su Dios.
Entre otros cantos litúrgicos figuraba el estribillo siguiente: “Este
es el día que hizo Yahvé. Alegrémonos y disfrutemos en él”
(procedente del Sal 118, 24). El “día del Señor” es día de
victoria, de júbilo, de fiesta, de alegre y gozosa relación de Dios con
su pueblo y del pueblo con él. En el tono festivo de la fiesta de acción
de gracias se mezcla la alegría de la salvación: “No moriré,
viviré para cantar las obras de Dios” (Sal 118, 15-17); sus costumbres
culturales: la entrada litúrgica en el templo por la puerta de la
justicia: “Abridme las puertas de la justicia, y entraré por ellas para
dar gracias al Señor” (Sal 118, 19.20); la procesión litúrgica
con la bendición y la danza festiva: “Bendito sea el que viene en el
nombre del Señor; nosotros os bendecimos desde la casa de Yahvé. El Señor
es Dios, él nos ilumina; ordenad la procesión “con ramos en las
manos” hasta el altar (Sal 118, 26-27).
Los rasgos descritos son particularmente adecuados para describir
el misterio cristiano. Por eso el salmo citado aparece
frecuentemente en el Nuevo Testamento, y, particularmente, era aplicado a
la entrada de Jesús en Jerusalén. Y el mismo Jesús lo cita como anuncio
de dicha entrada (Mt 23,39: “De ahora en adelante no me veréis más
hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.
En el tercer canto del Siervo de Yahvé (primera lectura) se
hallan incluidos el antiguo Israel, el profeta que habla y el Siervo de
Dios, Jesús, al que, en última instancia, se refiere. He aquí las
características: la certeza de la fe en la acción de Dios, en contra de
la duda expresada anteriormente (49, 14.25); el Siervo de Yahvé tiene el
oído y el corazón abiertos a Dios y al profeta Isaías: el verdadero
siervo de Dios es un discípulo suyo; la acentuación de los golpes y
desprecios son mencionados como aceptación obediente de la historia de
Israel, en contra de sus rebeliones e infidelidades; la confianza en la
ayuda de Dios es el eco repetido en todos los poemas dedicados al Siervo
de Yahvé (41,10.13.14; 42, 2; 49, 5). El pueblo de Dios, el Profeta y Jesús
tienen su punto de apoyo en la Roca de Israel.
El relato de la Pasión –más apto para la contemplación y el
estudio- nos lo ofrece Lucas, destacando los pensamientos siguientes: a)
El evangelio de Lucas está claramente ordenado a la pasión, que
es una época fácilmente recognoscible en la vida de Jesús: es el paso
necesario hacia la gloria (17 25; 24,26). Así lo demuestra la ampliación
con que es descrito el viaje a Jerusalén (viaje creado por Marcos y al
que dedica un único capítulo, el 10. Lucas lo ha ampliado a 10 cap.,
9,51-19,27, y desde esta ampliación la vida de Jesús es presentada como
una vía dolorosa. b)
Teniendo delante el contexto general del evangelio, Lucas enmarca sus
relatos de la pasión dentro de la lucha abierta entre Jesús y Satanás
(4,13: “el diablo se retiró de él hasta el tiempo determinado”; este
“tiempo determinado” apareció cuando Satanás entró en Judas...”
(22,3). La victoria de Jesús en la pasión es la del Siervo de Yahvé: la
victoria de la inocencia sobre la culpa. Los rasgos siguientes son muy
significativos: la triple declaración de inocencia por parte de Pilato
(23, 4.14.22, siguiendo en esto al evangelio de Juan); lo mismo hace
Herodes (23,15); uno de los ladrones (23,41); el Centurión (23.47); las
hijas de Jerusalén y el mismo Jesús, que se autopresenta como el árbol
verde (23,27ss); el pueblo que lo contempla. c)
El relato lucano de la pasión, más allá de unos pasajes biográficos en
la obra de un “historiador”, presenta a Jesús como modelo. El
Cristo doliente es presentado como modelo para los suyos, que tienen que
marchar por el camino del sufrimiento (Hch 14,22). Sin embargo, Jesús es
algo más que simple ejemplo de modelo o de conducta. Él mismo es una
anticipación del camino a seguir y el que ha abierto el camino para los
discípulos. Es acentuado su destino implacable, el “tiene que” de la
voluntad divina (9, 22; 13, 33; 17, 25; 22, 37; 14, 7. 26). Jesús es el
justo, el inocente (23, 47), que va sin culpa a la muerte (23, 41). Este
aspecto es esencial para la confesión creyente y tiene, además, la
finalidad de provocar el arrepentimiento y la conversión. Jesús
es el modelo para todo aquel que sufre siendo inocente. Y así como el
sufrimiento no destruyó a Jesús, ninguno de los que le siguen será
destruido. d)
Las narraciones de la pasión del tercer evangelista presentan a Jesús
desde las designaciones o títulos cristológicos tomados de la tradición
eclesial común, pero raras veces los da el sentido específico que
tuvieron en su origen. Por ejemplo, el título “Cristo” lo
colorea con la necesidad de la pasión y con la determinación casi
fatalista del “tener que”, como ya hemos apuntado; este es el aspecto
específico de Lucas. Este hombre de Dios superó con mucho a los comúnmente
así llamados. Lucas acentúa también, tomándolo de Marcos, el
aspecto del conocimiento de Jesús. Y este conocimiento de Jesús lo
destaca tanto antes de la pasión como durante ella. Sus afirmaciones van
incluso más allá de ellas (22,16); en las predicciones se acentúa el
plan divino (22, 21-23); él dispone del destino de los discípulos en el
Reino (22,21-23); se afirma el cambio
profundo que se inicia en la pasión (22,18); se anuncia el ataque a Simón
y a los discípulos (22,31-34) y las negaciones de Pedro (22,23s); Jesús
conoce la conducta de Judas (22,48) y la reacción del Sanedrin (22,67s).
Estas predicciones se hallaban en la Escritura (24,6-8). Y de este modo se
demuestra que, lo mismo que se han cumplido unas predicciones, se cumplirán
las otras. Más aún, las predicciones de Jesús se enraízan en su
conocimiento del plan salvífico y de su realización. e)
En sus relatos de la pasión Lucas no atribuye un significado salvador a
la muerte de Jesús. El único pasaje a favor
de dicha interpretación sería el de la Cena (22,19s). Para Lucas,
el “servicio” no se limita a lo expresado en la Cena, sino a todo la
actuación de Jesús, que ha venido “para buscar y salvar lo que estaba
perdido” (19,10). Parece claro que Lucas tiene una cierta reserva
frente al pensamiento “vicario” de la muerte de Jesús.
Esta “reserva” se aprecia también en el libro de los Hechos en
el que un único texto, procedente de la tradición, lo recoge (Hch 20,28:
“Mirad, pues, por vosotros mismos y por todo el rebaño, pues el Espíritu
Santo os ha constituido pastores vigilantes de la Iglesia de Dios, que
el adquirió con la sangre de su propio Hijo”. La razón de esta
reserva debe verse, muy probablemente, en que este pensamiento
–frecuente en el judaísmo, y sobre todo en la literatura sapiencial y
apocalíptica- apenas era conocido en el mundo griego, mientras que en
este mundo era particularmente
elocuente y significativo el del modelo y del ejemplo.
Según Lucas el significado salvífico lo tiene Jesús mismo, su
actuación en su conjunto. En Hch 2,38-40 se pone de relieve que la
recepción de la salud depende de la aceptación y subordinación a la
persona de Jesús. Por tanto el significado salvífico o salvador lo
tiene la función histórico-salvífica de Jesús en cuanto tal en la
cruz. Dios no actuó solamente en la resurrección de Jesús, sino
también en su muerte (24,26s). En la representación lucana el
sufrimiento concreto y la muerte de Jesús es considerado como parte de su
historia, la que Dios ha realizado con su Cristo para la salvación del
mundo.
En sus relatos de la pasión Lucas incita a sus lectores a la
participación e imitación en el martirio de Jesús.
En el contexto de la introducción de la fiesta y el relato de la pasión aparece san Pablo (segunda lectura) como siempre, con su serena y profundísima reflexión teológica. En su célebre himno cristológico pone de relieve los pensamientos teológicos en los que se refleja todo el significado de la vida, muerte y resurrección de Jesús: El mencionado himno cristológico nos inculca la imitación de Cristo, acentuando la renuncia al poder y la conducta a seguir por el camino de la obediencia. Es lo específico de Pablo: aborda situaciones concretas recurriendo a principios trascendentes y permanentemente válidos. Así lo demuestra este célebre himno cristológico, cuyo contenido exponemos, muy sintéticamente, a continuación: a) Cristo fue un hombre con el “plus” de la divinidad. Estaba en condición de Dios, es decir, como hombre-Dios podía haber estado exento de toda limitación humana. Lo que asombra es que haya renunciado a todos los privilegios que le correspondían. Siendo Dios, no quiso aferrarse a su dignidad única. Se halla subyacente la contraposición al hombre que, siendo tal, pretendió y pretende hacerse Dios (Gn 3,5). b) En un segundo momento, el himno afirma la total encarnación de Dios, haciéndose uno de los que iba a redimir.
c) El tercer momento acentúa
la exaltación. El “nombre sobre todo nombre” es sencillamente Kyrios.
Así lo reconoce la confesión cristiana de la fe.
PRESENTACIÓN GLOBAL DE LA PASIÓN El
acontecimiento salvador enraizado en la historia Desde muy pronto, no más tarde del año treinta y siete, comenzó a circular por las distintas comunidades cristianas un breve documento escrito, compuesto por la iglesia oficial de Jerusalén, sobre la pasión del Señor. Comenzaba con el arresto de Jesús en Getsemaní y terminaba con la narración de la muerte y el anuncio de la resurrección. Otros episodios, como el que celebramos el domingo de Ramos, se añadieron posteriormente a dicho relato original o bien como preludios de la pasión, a la que debían ofrecer un pórtico más digno, o bien como complemento y enriquecimiento de la misma.
La entrada de Jesús en Jerusalén fue un hecho histórico. Su reconstrucción nos ofrecería las grandes líneas siguientes: Jesús subió a Jerusalén con sus discípulos; como maestro o rabino más o menos famoso entró en la ciudad santa seguido y aclamado, de alguna manera, por sus discípulos o seguidores; probablemente este hecho suscitó algún entusiasmo entre sus conocidos y admiradores; los acontecimientos de los últimos días aceleraron su muerte. Todo esto responde a lo ocurrido.
La pregunta importante es la siguiente: la primitiva comunidad cristiana, ¿se hubiese interesado en la reconstrucción de esta pequeña historia sólo por el hecho de saber cómo había entrado Jesús en Jerusalén?. Evidentemente que no. Esto le interesaba únicamente como el andamiaje sobre el que se reconstruye y profundiza la dignidad de Aquel que había llegado a la ciudad santa en medio de una expectación más o menos llamativa: es el Señor, y todo sucede como él lo había previsto y dispuesto. En consecuencia, el relato se halla determinado más que por el interés histórico por el teológico. Esto encuentra su demostración en las consideraciones siguientes:
La mención del monte de los Olivos conecta directamente con la esperanza judía según la cual Dios aparecería en dicho monte para la salvación de Jerusalén y para realizar el juicio sobre sus enemigos. La escena es utilizada por los evangelistas para demostrar que Jesús es el que viene o "el que viene en el nombre del Señor".
Jesús se movía de un lugar a otro caminando. Ahora lo hace, excepcionalmente, sobre un pollino. Esto entraña una serie de dificultades casi insalvables si entendemos la escena únicamente desde su vertiente histórica: no resulta fácil cabalgar sobre un pollino. La dificultad se acrecienta si el pollino es nuevo, si no ha sido montado por nadie, si todavía no ha sido domado. Más difícil aún resulta imaginar el viaje montado sobre dos pollinos, como afirma el evangelista Mateo. La intención de los evangelistas es la siguiente: quien entra en Jerusalén es el rey salvador. Así lo había anunciado y descrito el profeta Zacarías (9, 9-10).
Quien entra en Jerusalén de esta forma no es un peregrino normal; es un Jinete muy especial; la cabalgadura era autorizada únicamente para el Rabino, al que seguían a pie sus discípulos. La descripción del pollino encaja también perfectamente en este contexto mesiánico. Era ya un axioma indiscutible que un animal utilizado para fines sagrados, fuesen los que fuesen, no podía haber sido utilizado en otros menesteres. En consecuencia, en nuestro caso, tenía que ser nuevo, no haber sido montado antes por nadie.
El grito de homenaje: "Hosanna. Bendito el reino de nuestro padre David que llega. Hosanna en las alturas", procede del Sal 118. La palabra "Hosanna" significa Dios salva, Dios ayuda, Dios da la victoria. No obstante, ya entonces tenía, como ocurre entre nosotros, una aplicación más amplia y general, en el sentido siguiente: "salud y bendición"; "la salud y bendición de Dios vengan sobre nosotros". En el relato evangélico sobre la entrada de Jesús en Jerusalén, este grito tiene un sentido claramente mesiánico. La exclamación que gritaba la multitud presentaba a Jesús realizando la bendición, la salud, la victoria que Dios había prometido a su pueblo. La venida que Dios había anunciado se cumple por medio de el que viene. Con esta expresión se designaba al Mesías. Recordemos las palabras del Bautista: "Detrás de mi viene otro". "¿Eres tú el que ha de venir?".
La exclamación del pueblo se halla estrechamente unida a la tradición litúrgica dentro del judaísmo. El "Hosanna" era cantado en las grandes fiestas de peregrinación. Entonces no era una mera oración de súplica, algo así como "ayúdanos, Señor", sino un homenaje a Aquel que venía en el nombre del Señor. El Hosanna, en labios cristianos, equivale a una confesión de Jesús como el Mesías. Precisamente por eso nuestra liturgia se encarga de que lo proclamemos cada vez que celebramos el misterio eucarístico.
La exclamación entonada por la multitud estuvo asociada, desde el principio de la Iglesia, a la celebración de la Cena. Esta tradición cristiana, continuadora de la tradición litúrgica del judaísmo, pretendía acentuar que el Hijo de David no entró en Jerusalén como un guerrero victorioso y triunfante, sino como el Siervo de Dios, que viene en nombre del Señor. Si hubiese entrado triunfal y victoriosamente, inmediatamente hubiese sido arrestado por los soldados romanos. Sin embargo, el que viene en el nombre del Señor, aunque lo hace en la más absoluta humildad, será quien decida la suerte última del hombre por la postura que se haya adoptado ante él. La expresión tiene una esencial referencia al acto judicial del Hijo del hombre, que cumple su quehacer en el último momento de la vida del hombre, en el último encuentro con el hombre en su existencia terrena.
En resumen: La llegada de Jesús a Jerusalén es presentada como la
entrada del rey; es una entrada regia. En esta línea apuntan una serie de
detalles: el hecho de llamar "Señor" a Jesús: "el Señor
lo necesita"...; el follaje que, a modo de alfombra, se tendía por
el camino al pasar el Soberano; el pollino sobre el que cabalga Jesús,
del que se dice que estaba "en el camino", preparado ya para que
Jesús pueda utilizarlo cuando guste; las referencias al A. Testamento y,
en particular, al profeta Zacarías (9,9). Felipe F. Ramos Lectoral |