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CICLO C La Cena del Señor. Jueves Santo |
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Jesús
celebró la última cena con sus discípulos en un contexto pascual.
Sabemos, además, que utilizó los ritos judíos existentes, al menos
algunos, dándoles un sentido y un contenido nuevos. De este modo la nueva
Cena, inaugurada en la celebrada por Jesús antes de su muerte, es expresión
del tiempo nuevo que comienza. Ahora, en la Cena, no se conmemora la
liberación de los hebreos de Egipto, sino la liberación total del hombre
mediante la eficacia salvadora de la cruz de Cristo. El tiempo nuevo
justifica la Cena nueva. En la narración de la última cena de
Jesús los discípulos son mencionados de forma prevalente sobre
los Doce. Estos tenían una función específica y única, pero a la Cena
son invitados todos los discípulos, todos los creyentes de cualquier
tiempo y lugar. La
intención fundamental de los evangelios sinópticos al presentar la última
cena de Jesús como la cena pascual no fue histórica, sino teológica.
Pretendían con ello descubrir y describir la comunión, la unión
profunda con el Señor aquí y ahora en la celebración de la Cena, la
profunda liberación de las más inconfesables esclavitudes que todo
hombre posee y que lo esclavizan más irremediablemente que la soportada
por los hebreos en Egipto. Ellos no pensaron en ofrecernos una
reconstrucción meticulosamente exacta de acontecimientos pasados. La
importancia y eficacia de la eucaristía no depende de su relación con la
última cena de Jesús. Depende de su conexión e inserción en el
acontecimiento salvífico como tal; depende del hecho pascual; depende del
hecho de Jesús, que comprende todo lo que él hizo y lo que otros,
incluido Dios mismo, hicieron en él; depende de que es el recuerdo vivo,
la actualización vivencial del acontecimiento salvífico como tal. Que
reproduzca o no la última cena de Jesús es absolutamente secundario e
intrascendente. La
cena eucarística tiene su base y última razón de ser, su eficacia
salvadora, en la historia de Jesús que culmina en su pasión. De ahí
vino el interés de los evangelios en orden a situar su institución
dentro del marco de la pasión. Es la pasión la que funda el nuevo
orden o plan salvífico del tiempo último en el que se concede el
perdón de los pecados, la vida eterna, la bienaventuranza. La pasión
como coronación y cumplimiento de toda la vida de Jesús y de la misión
que el Padre hizo de su Hijo. Los sacrificios del antiguo templo son
declarados caducos e ineficaces ante la entrega de una Vida que funda una
nueva alianza, la única oblación agradable a Dios. Sin
duda alguna que en la eucaristía podemos encontrar muchos de los
elementos existentes en los sacrificios del A.T. Pero pensar en su
continuidad o en su perfección alcanzada en la Cena del Señor e incluso
en su influencia en ella equivaldría al desconocimiento más radical de
ambas realidades. El único paralelismo es el de la presencia de Dios
en medio de su pueblo, garantizada por sus palabras: "Estableceré
mi morada entre vosotros y no os abandonaré. Caminaré en medio de
vosotros, seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo" (Lev
26,11-12). Y este es el punto de partida para la adecuada consideración
de la eucaristía. Esta
importancia y eficacia se anuncia en la prehistoria de la eucaristía que
se halla presente y no sólo subyacente en la dimensión simbólica
de las comidas frecuentes de Jesús con sus discípulos y, sobre todo, en
su comensalidad con los pecadores y publicanos. Aquellas comidas llevaban
en su misma entraña una referencia a su misión salvadora. Al comer con
los pecadores Jesús proclamaba que había llegado la salvación de Dios,
que su Reino estaba presente. Una preparación más inmediata nos la
ofrecen las diversas multiplicaciones de los panes cuyo
significado más profundo está en la multiplicación del Pan.
Cuando se sacian los hambrientos sigue tierno el pan, casi sin empezar; se
ofrece a todos cuantos lo deseen como el Pan vivificante. Es
importante desentrañar la identificación del pan con el cuerpo.
El "cuerpo" designa toda la persona, no una parte de la misma en
contraposición al alma. Por tanto el pan entregado a los discípulos es
Jesús mismo, alimento verdadero que sacia el hambre profunda del hombre dándole
la vida eterna. Otras palabras de Jesús lo aclaran: "Yo soy el pan
de vida". La eucaristía es la concreción, visible y tangible de
alguna manera, de esta realidad trascendente que el Señor quiso ofrecer
de forma permanente al hombre de todos los tiempos. También
la sangre designa la totalidad de la persona, partiendo de la
concepción semítica de que la sangre es la vida, la vida está en
la sangre, la sangre es el principio vital del hombre. El valor de la
sangre se precisa al añadir "de la alianza". Esto significa que
con la muerte de Jesús comienza un nuevo orden de cosas en el terreno de
las relaciones de Dios con el hombre y viceversa. Así se realiza la añoranza
antigua que tendía y esperaba una nueva alianza. El Pan y el Vino, las especies
sacramentales los convierte el Señor en signos referenciales
de su presencia; nos llevan a la visión de lo que no vemos; lo que no
vemos nos lo hacen visible los signos sacramentales. Necesitamos
los signos visibles porque nuestros sentidos perciben el ser de las cosas
partiendo de las realidades materiales. Pero lo que ven nuestros ojos, que
es material, es la visión de lo que no se ve. ("Praestet
fides suplementum sensuum defectui". Lo que es inalcanzable a
nuestros sentidos nos lo acerca la visión de la fe). Lo que no se ve, que
es tan inmensamente grande y real como el misterio de Dios, no tiene otra
manera de dejarse ver que a través de lo que se ve, las "especies
sacramentales". La Cena del Señor tiene unas esenciales referencias de futuro: la actual presencia es presencia del futuro, anticipación y ensayo de la plena unión con el Señor. Es lo que llamamos la dimensión escatológica de la eucaristía. El mandato de repetir la Cena -omitido por Marcos y Mateo, y afirmado por Lucas y Pablo- no debiera crear problemas. En la entraña misma de las frases litúrgicas, y así deben ser entendidas las relativas a la institución de la eucaristía, se halla su constante repetición, aunque no se diga expresamente. Por otra parte, habría que añadir que no es necesario recoger el mandato de hacer algo que se ha convertido en la praxis habitual de una comunidad, como ocurría en nuestro caso con la celebración de la eucaristía.
Felipe F. Ramos Lectoral |