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CICLO C El Crucificado. Viernes Santo |
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Pilato
cedió fácilmente a las pretensiones judías. Y de la sentencia se pasa a
la ejecución, que tuvo lugar a la usanza de Roma, la cruz. Pero antes de
ser crucificado, Jesús fue flagelado. No como el recurso último al que
acudió Pilato para liberar a Jesús de la muerte, sino como parte
importante de la sentencia condenatoria. Según expertos judíos en el
tema, la flagelación era una parte esencial e inseparable de la sentencia
de la crucifixión. La flagelación romana era un tormento bárbaro. El
delincuente era desnudado, atado a un poste o a una columna y así era
azotado por varios esbirros hasta que se cansaban. Se servían para ello
de tres instrumentos de castigo: con los hombres libres empleaban las
varas; con los militares, los bastones, y con los esclavos, látigos o
fustas cuyas correas estaban provistas a menudo de pedazos de hueso o de
plomo, entreverados a todo lo largo. Muchos
de los sometidos a esta tortura morían durante su aplicación. Máxime si
tenemos en cuenta que el derecho romano no ponía límites al número de
los azotes, a diferencia de la ley judía que los había limitado a
cuarenta para evitar la muerte. Los fariseos por escrúpulo a rebasar el número
permitido por la ley los redujeron a treinta y nueve. Pablo recibió cinco
veces "cuarenta azotes menos uno" (2Cor 11,24). La
"diversión" de los legionarios romanos a costa de Jesús, ya
condenado a muerte, era una costumbre admitida. Después de la
"diversión" el condenado era conducido al lugar de la crucifixión
llevando sobre sus hombros el palo transversal de la cruz, cuyo palo
vertical estaba previamente fijado en el lugar de la ejecución. El reparto
de los vestidos del ajusticiado, que era sin duda uno de los derechos
de los que ejecutaban la sentencia, no es contado por sí mismo, sino
porque también este detalle cumplía la Escritura (Sal 22,19: "Se
han repartido mis vestidos y echan suertes sobre mi túnica"). La
presencia de los dos bandidos crucificados con Jesús ha sido
suscitada por dos razones: una histórica, sencillamente porque así
ocurrió; se trataba, muy probablemente, de dos personas pertenecientes al
movimiento zelota o partidarios del mismo, que provocaban actos de
"terrorismo" contra Roma; la otra razón es teológica,
procedente del anuncio de Isaías (55,12) que, entre otras cosas, presenta
al Siervo de Yahvé contado entre los malhechores. Para la ejecución Jesús fue sacado al lugar llamado Gólgota; hoy dentro de Jerusalén, pero entonces fuera de sus muros. La leyenda posterior afirma que allí estaba el cráneo de Adán. Una leyenda que surgió para acentuar el paralelismo Adán- Cristo o primer y segundo Adán, que dirá san Pablo. El colgado en la cruz, bien fuese atado o clavado en ella, como hacen suponer nuestros textos, moría desangrado, por agotamiento, paro cardíaco... pero a veces su agonía se prolongaba durante días. Llama
la atención la brevedad y la sobriedad con que es descrita la muerte de
Jesús. Por informes contemporáneos sabemos que algunos crucificados
tardaban varios días en morir. El estado de agotamiento en el que debía
encontrarse Jesús explica su muerte rápida. No podemos saber el número
de azotes recibidos. Pero, aparte de la devota tradición popular que
habla de "los cinco mil azotes", que nadie hubiese resistido, a
los soldados encargados de aplicarle este tormento nadie les impuso límite.
Le dieron cuantos quisieron; por algo eran romanos y su derecho les daba
libertad para descargar sobre el reo cuantos azotes quisieran. Por otra
parte, desde la hora de su arresto hasta la de su ejecución había
transcurrido mucho tiempo de tremenda tensión y angustia. El agotamiento
de Jesús lo pone muy elocuentemente de relieve la necesidad de alguien
que le ayudara a llevar la cruz hasta el Gólgota, del Cireneo, así como
las "tradicionales" caídas a lo largo de la vía dolorosa,
aunque no son recogidas en los evangelios. Sus últimas palabras se hallan
también formuladas desde la Escritura (Sal 22,2: ¡Dios mío, Dios mío!.
¿Por qué me has abandonado?). Probablemente
lo más impresionante al leer nuestros evangelios sea la sencillez y
sobriedad de sus relatos. No se hace la más mínima concesión al
sentimentalismo, ni provocando la compasión por el Crucificado ni el odio
por sus enemigos. Intencionadamente se ha reservado toda la elocuencia
a los hechos mismos. Los evangelistas nos dan la impresión de
su intento de referir los hechos simplemente yuxtaponiéndolos, sin
comentario. Las
tinieblas que se extendieron sobre toda la tierra a la hora de la
muerte de Jesús pretenden acentuar que no es sólo el hombre el afectado
por el acontecimiento que está teniendo lugar, sino el cosmos entero.
Dichas tinieblas proceden de la profecía de Amós (8,9), que las había
anunciado para cuando tuviese lugar la última intervención de Dios en la
historia humana: "Aquel día, dice el Señor, haré que se ponga el
sol a mediodía, y en pleno día tenderé tinieblas sobre la tierra".
Cuando los evangelistas hablan de las "tinieblas" están
afirmando que en la muerte de Jesús está teniendo lugar esa intervención
última y definitiva de Dios en la historia humana. La valoración
objetiva de dichas tinieblas obliga a considerarlas como un elemento
legendario, imposible durante la luna llena de la pascua. Son tinieblas
"teológicas", no tangibles ni "visibles". Episodios
de esta índole se nos narran también a propósito de la muerte de César
y de otros grandes personajes. El
velo del templo, que se rasgó en dos partes de arriba abajo, no es
menos teológico que el anterior. Se trata de un hecho
"funcional": tiene la finalidad y la función de poner de
relieve todo el alcance y significado de la muerte de Jesús. El
"santo de los santos" o lugar santísimo, ocultado por el velo,
más allá del cual sólo podía entrar el sumo sacerdote, ha perdido todo
su interés. La muerte de Jesús significa la posibilidad del acceso
directo del hombre a Dios. Más aún, Jesús mismo será, a
partir de su muerte, el verdadero templo de Dios al que tiene acceso
directo todo el mundo. En la misma línea deben entenderse los
prodigios narrados por Mateo (27,51-53): lo esperado para el fin de
los tiempos, la resurrección de los muertos, se anticipa en Jesús. La
muerte de Jesús se halla enmarcada entre las "tinieblas" y el
"velo rasgado": Jesús, dando un fuerte grito expiró.
Los evangelistas renuncian intencionadamente a toda clase de
embellecimiento o sublimación del hecho; se abstienen de describir gestos
y palabras; no intentan descripciones psicológicas del alma de Jesús. Lo
único necesario era la noticia cruda y desnuda. Lo demás sobraba, a no
ser la confesión del Centurión (Mc 15,39).
Felipe F. Ramos Lectoral |