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CICLO C Décimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario |
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El predicador de la alianza, en el discurso de la renovación de la
misma en Moab (Dt 29-30), sale al paso de una objeción que alguien
pudiera suscitar: su trascendentalismo inasequible. (primera lectura).
La predicación afirma que la ley no es “tan misteriosa que te exceda,
ni tan distante que te sea inaccesible”; no está en el alto cielo o en
Dios mismo, ni a distancias espaciales, que no sea dado recorrer. La ley
ha sido “dada” y ha sido “promulgada”; está dentro del pueblo de
la alianza, y éste la puede pronunciar con su boca, memorizarla y meterla
en su interior. La dialéctica entra la objeción y la respuesta pone de
relieve dos aspectos de la ley: su origen divino y su encarnación en
la palabra humana. Por ella viene Dios al
Sinaí al encuentro del pueblo, en una maravillosa conjugación de
trascendencia e inmanencia, de distancia y cercanía.
El pueblo es requerido a ir al Dios distante por el Dios cercano,
el que ha venido a su encuentro.
Pero la facilidad de la alianza no está sólo en que haya sido
dada y promulgada en su ley. Está en que el destinatario haga suya la
palabra de la ley. Esta idea de interiorización de la ley remite a Jeremías
y equivale a su “alianza nueva” (Jr 31,33).
En esta misma trayectoria nos es presentada la parábola del
“buen Samaritano” (tercera lectura) a la que incluimos entre
las narraciones ejemplares. Está precedida de una breve introducción
que la encuadra históricamente. El representante de la ley propone a Jesús
la cuestión fundamental de la salvación, una de las más debatidas en
las escuelas teológicas de entonces. El doctor de la Ley quería saber,
sobre todo, cómo se movía Jesús en un terreno tan inseguro y cómo
respondería a los argumentos que le presentaría inmediatamente después
de conocer su opinión.
Dicho encuadramiento “histórico” es artificial. Tenemos la
impresión, por un lado, de que el doctor de la Ley ha asistido al
discurso previo de Jesús sobre la misión cristiana. Por otra parte, la
forma “dialogal” con la que aborda el tema es obra de la pluma maestra
de Lucas. Ello obliga a nuestro evangelista a cambiar, por exigencias
literarias, el planteamiento del tema central sobre cuál es el
mandamiento principal de la Ley. En lugar de plantearlo Jesús, en
contestación a la pregunta de buena voluntad hecha por un escriba (Mt
12,28-31), en nuestro caso lo formula el doctor de la Ley, para
poner a prueba a Jesús. La artificiosidad literaria de la escena consistió
en relacionar la cuestión planteada con la narración ejemplar que la
ilustra.
El doctor de la Ley fracasó en su primera tentativa. No consiguió
llevar a Jesús al terreno de la discusión Y, además, se vio obligado
a refugiarse, para contestar la pregunta de Jesús, en el primer
mandamiento de la Ley. Pero aquello era vergonzoso. Que todo un doctor de
la Ley se viese obligado a
responder al joven Maestro de Galilea
con una contestación propia del catecismo de primer grado, era
humillante. ¿No había quedado en ridículo? El, queriendo
justificarse, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Al fin
Jesús, quisiera o no, tendría que entrar en la cuestión tan debatida
del concepto de “prójimo”. Y aquí estaba fuerte el doctor de la Ley.
En general eran considerados como “prójimo” todos los miembros del
pueblo de Dios, incluyendo también a los prosélitos. Las opiniones
variaban, sin embargo, cuando se trataba de precisar en cada caso las
excepciones.
¿Qué opinaba el joven Maestro?. Jesús contesta con la parábola
del buen samaritano. El doctor de la Ley no podía imaginar siquiera
tantas sorpresas. A medida que va hablando Jesús, iban perdiendo fuerza
probativa los argumentos que tenía preparados para impugnar la sentencia
del joven Maestro. Y tiene que llegar a una conclusión inevitable, a un
concepto de “prójimo” distinto del que tenían el pueblo y las distintas escuelas y sectas.
Para empezar, dice Jesús al doctor de la Ley: tú no cumples la
Ley; no haces lo que dices. Esto se halla implícito en la frase del
Maestro: Haz esto y vivirás (verso 28). Además, el subterfugio a
la cuestión teórica sobre el concepto de prójimo tampoco le va a dejar
bien parado. Lo que está en juego es el mandamiento del amor. Y lo
decisivo en él no es el necesitado de ayuda, sino el que debe
practicarla. La pregunta correcta ante semejante situación, dice Jesús,
no es “quién es mi prójimo”, sino “cómo me hago prójimo del
necesitado”. El amor operativo no “se despacha” dando una
limosna a quien la necesita, sino haciéndose próximo a él. Proximidad
que implica, naturalmente, la ayuda. Finalmente, y tal vez fuese la
sorpresa mayor, también los samaritanos tienen acceso a la vida eterna.
Lo más sorprendente de la parábola, al menos aparentemente, es la
actitud del sacerdote, del levita y del samaritano. A los dos primeros se
les imputa un egoísmo
criminal en su piedad. Porque ellos, más que ningún otro mortal, y
precisamente por razón de su profesión, debían haber considerado a
aquel desgraciado como el prójimo necesitado de su ayuda. No
seremos nosotros los que pretendamos
disculpar su conducta inhumana. Sí queremos poner de relieve que
lo criticado por Jesús, lo verdaderamente culpable, era la religión
que practicaban. Una religión sin vida. No resulta difícil imaginar que ambos sintieron ese primer impulso natural de compasión hacia aquel desgraciado. Tal vez se acercaron a él pensando ayudarle. Pero, de pronto, les vino a la mente la prescripción saducea, que prohibe a los sacerdotes impurificarse con el contacto de un muerto encontrado en el camino; la prohibición se había concretado todavía más: el estado de inconsciencia estaba también comprendido en la prohibición. Y tal era el caso de aquel desgraciado que estaba “medio muerto”. Por eso, creemos que Jesucristo, al cargar las tintas sobre la conducta del sacerdote y del levita, intentaba sobre todo ridiculizar una religión que permitía o mandaba pasar de lejos ante un hombre tendido en el camino y necesitado de la ayuda del primero que pasase por allí.
Más sorprendente es que fuese un samaritano quien ejerció la
caridad con aquel desgraciado. Judíos y samaritanos se tenían un odio a
muerte. El samaritano atiende al necesitado. Le unge con aceite para
suavizar sus dolores y con vino para desinfectar sus heridas que venda,
rasgando el paño que consideró más adecuado para ello. Le coloca sobre
su propia cabalgadura y lo conduce al mesón más próximo. Entrega dos
denarios (el denario equivalía al jornal de un día) al mesonero para que
le atienda. Lo suficiente para unos días. En todo caso, si no bastase, a
la vuelta le pagará el resto.
La aplicación que hace Jesús no responde exactamente
a lo preguntado por el doctor de la Ley. Éste preguntó a quién
debía él considerar como prójimo. El doctor de la Ley parte de sí
mismo para saber dónde se encuentra el límite, más allá de cuál no
está obligado. Jesús responde que no existe tal frontera; que es preciso
partir del necesitado, del que espera su ayuda. Y teniendo en cuenta este
punto de partida, no existe frontera alguna para el mandamiento del amor
al prójimo. El amor de Dios a los hombres y el mandamiento que les ha
impuesto hace desaparecer toda distinción racial y cualquier tipo de
fronteras.
El himno cristológico de Colosenses (segunda lectura) da
por supuesta la predicación habitual de Pablo y la resume diciendo:
Cristo es el comienzo, el primogénito de entre los muertos. Este comienzo
o primogenitura significa la presencia del tiempo nuevo, de la nueva
“era”, que alcanzará su plenitud decisiva en la hora escatológica.
Esta “novedad” es la realización del proyecto creacional: El es la
imagen del Dios invisible. Cristo es el trasunto perfecto de Dios.
Verle a él es ver al Padre (Jn 14,9).
Las afirmaciones sobre su primogenitura en la creación y su
protagonismo en ella pretendían únicamente poner de relieve el señorío
único de Cristo. Cristo no sólo está por encima de todo, de todos los
señores y seres intermedios entre Dios y el hombre, sino que, además, es
el que da sentido a todo. Él es la “plenitud”, el pleroma,
como se dice en griego (1,19, 2,9: “en él reside la plenitud de la
divinidad corporalmente”); el “complemento lleno” Y el “absolutamente
llenador” de todo. Por Cristo, el hombre y las cosas alcanzarán su
sentido y plenitud, a la que fueron destinadas ya desde el principio. Esto
afecta no sólo al campo de la creación, sino también al de la redención.
Él es el reconciliador (1,21-23). Desde su verticalidad, el himno
desciende a la horizontalidad: con su obra, Cristo ha superado las
diferencias o etiquetamientos humanos; ha creado una unidad entre ellos.
Felipe F. Ramos Lectoral |