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CICLO C Décimo Sexto Domingo del Tiempo Ordinario |
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La promesa que Dios hace a Abrahán de un hijo se halla revestida
de muchos detalles legendarios (primera lectura). El relato se
califica en su introducción como una teofanía: “El Señor se manifestó
a Abrahán”. Pero esa anunciada manifestación de Dios se torna
enseguida sorprendente. Lo que ve Abrahán son tres hombres, que al
parecer pasan de camino. Abrahán los ve inesperadamente delante de su
tienda. Les ofrece una comida de hospitalidad y conversa con ellos como un
hombre con otros hombres. Por momentos
el relato supone que el interlocutor de Abrahán es sólo uno. Y al fin el
que habla con el patriarca es nominalmente el Señor. El encuentro se
verifica, efectivamente, como una teofanía.
El detalle de la hospitalidad no es, por tanto, una introducción
que retarde el verdadero tema del relato. Quiere
retratar a Abrahán desde el punto de vista de las virtudes
humanas. Pero, dado que los huéspedes son para el autor del relato y
secretamente para Abrahán más que simples humanos, el
gesto del patriarca con ellos se torna expresivo de actitud
religiosa; la comida es como un acto de culto o un sacramento de comunión
con Dios. Sin duda que este nivel está incluido en la intención del
autor del relato.
Por el anuncio del hijo a Abrahán lo que realmente
quiere proclamar el escritor es el carácter de don, que tiene ese
hijo. La risa de Sara no es tampoco únicamente un dato entretenido de la
narración popular; es el contrapunto de la imposibilidad humana en
el nacimiento de ese hijo. Todo ello viene a proclamar que el pueblo de
Abrahán es obra de Dios. Para incluir todos los datos que integran el
episodio, se debe matizar que es obra de los hombres en mirada
esperanzadora y obediente hacia el Dios que va con los hombres hacia su
cabal realización.
En el relato evangélico (tercera lectura) también se
entremezclan la hospitalidad y la teología. Marta y María son dos
hermanas que aparecen unidas en los evangelios. Sería una osadía
temeraria por nuestra parte intentar separarlas. Sería como si a dos
siamesas mayores se las intenta separar para que vivan una vida
independiente. Las dos dejarían de vivir. Aunque razones para intentar
separarlas nos sobrarían. El respeto al texto bíblico nos obliga a
presentarlas conjuntamente.
Es fácil que la reconstrucción de su árbol genealógico
descubriese su hermandad. No lo es tanto que, desde él, nos veamos a
extender su fraternidad a Lázaro (Jn 11,1; 12,1). Intentaremos descubrir
en ellas sus características significativas. Son ellas las que nos las
ofrecen como importantes, representativas, interpelantes y evangélicas. Y
es yuxtaponiéndolas, exactamente como lo han hecho los evangelistas, como
mejor puede destacarse su significado y simbolismo complementario. Son
como dos maravillosos cuadros de un artista
extraordinario que los compuso para que el visitante pueda contemplarlos
conjuntamente pudiendo pasar la vista del uno al otro y teniendo siempre a
ambos delante.
Nos limitaremos a los tres momentos que consideramos como
fundamentales: El primero nos lo ofrece el evangelio que acabamos de leer.
Es su primer encuentro con Jesús en Samaría. Ante la queja de
Marta, porque su hermana la ha dejado sola con todo el servicio, Jesús
condena su actividad febril y, en ella, condena el activismo judío,
que proclamaba como esencial las obras: obras, obras, obras... para obligar
a Dios a que les premiase. Hemos entrado de lleno en el simbolismo de
esta mujer que, en la mente de Maestro, representa, simboliza y
personifica, la mentalidad del judaísmo, que multiplicaba en la
medida de lo más razonablemente posible la abundancia de las obras que
ellos consideraban como otras tantas facturas que presentaban ante
Dios y, consiguientemente, que Dios tenía obligación de pagar. Es
la presentación lamentable, que existió y sigue existiendo, de Dios como
un financiero que quiere al hombre fijándose en las obras que hace en su
honor.
Frente al activismo judío, representado y simbolizado en
Marta, destaca la actitud de María que, sentada a los pies del Maestro, escuchaba
la palabra de Dios. Y ante la recriminación de su “pasividad”, el
Maestro sale en su defensa afirmando que la opción de María es la mejor.
Se trata de resaltar como absolutamente necesaria la audición creyente
de la palabra de Dios. María es presentada como la personificación
del discípulo ideal: Conocemos los mandamientos de Dios a través de las
palabras de Jesús. De ahí que la primera ocupación y preocupación del
discípulo deba ser escuchar su palabra. La palabra de Jesús es la norma
suprema y la última instancia del discípulo, lo único necesario.
A Marta le tocó la representación del peor papel: simbolizar al judaísmo
y a sus dirigentes, preocupados, obsesionados, con tantas minucias legales
que les impedían aceptar “lo único necesario”.
La preocupación de Marta por las necesidades corporales, momentáneas
y siempre pasajeras, tienen menos importancia que aquellas que centran el
interés de María. Sólo nos encontramos con lo verdaderamente importante
cuando miramos más allá de las realidades terrenas. La actividad de
Marta es necesaria para atender las necesidades presentes; la de María es
decisiva en el enfoque de lo presente con tal que se convierta en signo
o flecha indicadora de la necesidad permanente de lo trascendente,
de la infinitud.
Aquí se manifiesta y escenifica la misma actitud frente a los
bienes manifestada por Jesús en el inicio de su ministerio: Jesús le
replicó (al “tentador”); “Está escrito: No sólo de pan vive el
hombre (Lc 4,4). Sobre este particular Jesús ofreció su conducta
como ejemplo de la actitud que deben mantener los discípulos: “Lo mismo
que el Hijo del hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su
vida en rescate por muchos” (Mt 20,28). El servicio al prójimo tiene
como primera exigencia escuchar a Jesús, su palabra, con una actitud
creyente, como María. Esta actitud hizo brotar de los labios del Maestro
la siguiente bienaventuranza: “Mientras decía estas cosas, una mujer,
levantando la voz en medio del gentío, exclamó: Dichoso el seno que te
llevó y los pechos que te criaron. El respondió:
Dichosos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la
ponen en práctica (Lc 11,27-28).
La segunda intervención protagonizada por Marta y María tiene
lugar a propósito de la resurrección de Lázaro (Jn 11).También
aquí Marta es una figura representativa del pensamiento judío,
que afirmaba que la resurrección de los muertos tendría lugar al final
de los tiempos. Jesús está en total desacuerdo con esta convicción de
los teólogos judíos, representados por Marta. Y lo manifiesta con la célebre
frase: Yo soy la resurrección y la vida. Lo cual significa que la
unión con Jesús, con la vida que Dios manifiesta y regala en él a los
creyentes, a pesar del trance necesario de la muerte, no se interrumpe. Lo
que Jesús promete es mucho más de lo que Marta espera. Para el creyente,
la muerte ha sido relativizada. Dios, que es la vida, no puede abandonar a
los suyos en el momento supremo de la muerte: les hará participar de su
vida; les introducirá en su Reino, que es todo lo opuesto al llanto, al
dolor y a la muerte. Esta es la razón por la cual el primer encuentro de
Jesús es con Marta. Más allá del pensamiento judío expone
Jesús así su novedad radical frente a él.
Marta, además de su personalidad física, tiene otra
representativa. Lo mismo que María. Esta tiene más importancia que
Marta. Cuando Jesús va a realizar una acción cuya finalidad es demostrar
la “gloria” del Padre y del Hijo, debe hallarse presente María,
porque ella ha sintonizado perfectamente con las ondas emitidas por el
Padre a través del Hijo. María simboliza a los creyentes que han
descubierto lo que es necesario a su fe. Probablemente a ello se refiere
la frase: El Maestro está aquí y te llama. Lo demás, las obras,
vendrán como fruto y exigencia de la misma.
También se hallan presentes las dos hermanas en la unción en
Betania (Jn 12,1-8). Marta “sirve” –es el punto fuerte de las
obras- y María “unge” los pies del Maestro. La acción de María es
interpretada por el mismo Jesús como una acción anticipadora de la
sepultura (Jn 12,7). ¿Resulta excesivamente sofisticado pensar que María
haya tenido delante esta finalidad tan profunda? Así lo creemos. Su acción
se halla suscitada por un gesto de respeto, de gratitud y de amor. En un
segundo plano, y a la luz de la Pascua, el gesto fue interpretado como una
anticipación de la gloria de Cristo (Jn 12,28). El gesto de María,
objetivamente considerado, tiene un significado que desborda con mucho su
intención personal. Inconsciente e involuntariamente anunció la
muerte-glorificación de Jesús.
No hemos mencionado el simbolismo que se ha hecho tradicional:
Marta significaría la vida activa y María la contemplativa. Es una
“acomodación piadosa” del texto. Entonces no existía ni esa división
ni esa terminología. Surgieron muy posteriormente. Y lo posterior no
puede ser interpretado como la causa de lo anterior. Finalmente, pongamos
de relieve que en el centro de la escena se halla la figura de Jesús
personificando la salud-salvación. En el fondo, no se habla en primer
plano de las dos hermanas, sino de Jesús, porque lo verdaderamente decisivo
es él mismo.
El pasaje del himno a
los Colosenses (segunda lectura) presenta la imagen del Apóstol
personificando los sufrimientos de Cristo. ¿Cómo puede alguien completar
los sufrimientos de Cristo? Según una primera hipótesis, se haría
referencia a los sufrimientos de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo:
La Iglesia debería seguir el camino doloroso de Jesús. En contra de esta
solución hay que decir lo siguiente: Cuando el Apóstol habla de Cristo,
sin precisión alguna, se refiere al Cristo personal, no a un Cristo
“colectivo”. Otra hipótesis piensa en las tribulaciones del Cristo
histórico. En contra de ella señalemos que Pablo nunca aplica la palabra
“sufrimientos” (= zlipsis, en griego) a la pasión de Jesús.
Con ella se refiere siempre a las tribulaciones de los creyentes o del
mismo Apóstol.
La solución más probable interpreta este “complemento” como
los sufrimientos del mismo Pablo. Dada la unión e interrelación entre
Cristo y el Apóstol, los sufrimientos de éste son los de aquel. Se
refiere a los sufrimientos del Apóstol por la causa de Cristo. Tendría
aquí el mismo sentido que en 1Pe 5,1: ser testigo de los sufrimientos de
Cristo significa haber sufrido por la causa de Cristo.
Desde su verticalidad, el himno desciende a la horizontalidad: con
su obra, Cristo ha superado las diferencias y etiquetamientos humanos; ha
creado una unidad entre ellos; ha superado las divisiones y sumisiones de
unos a otros, y ha colocado esta unidad en la recta relación con Dios, en
la que todos son hijos de Dios, con un único Amo, que es Dios.
Felipe F. Ramos Lectoral |