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CICLO C Décimo Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario |
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La lucha de Abrahán con Dios (primera lectura) escenifica, de
forma cargada de antropomorfismo, la posibilidad de armonizar la justicia
divina con la injusticia humana, la intercesión del justo con la malicia
de los injustos. La intercesión de Abrahán está coloreada con los
rasgos judiciales del contexto convencional en que le pertenece el papel
de defensor. Su forma de preguntar retiene a Dios largo tiempo en diálogo
a propósito de Sodoma. Las preguntas son un tenso regateo sobre el número
de justos que sería suficiente para salvar a la ciudad. Abrahán, al
preguntar, se mantiene en dos principios: la justicia de Dios y la
solidaridad de los justos con los pecadores en beneficio de éstos. Si
Dios destruye la ciudad y hay en ella justos, la justicia de Dios sería
con ellos injusticia; los pecadores los arrastrarían en su suerte. ¿Por
qué no ha de valer la solidaridad a la inversa y que los justos salven
consigo a los pecadores? Y la justicia de Dios, ¿por qué ha de
manifestarse precisamente en vindicar el mal y no en justificar a los que
no tienen en sí sino injusticia?
Abrahán se detiene en el número diez y Dios sigue accediendo. No
desciende de ahí, porque el autor que pone la palabra en la boca de Abrahán
está él mismo atrapado por el colectivismo, que no acierta a valorar
el uno como lo hace el autor de los poemas del Siervo de Yahvé: el
uno puede salvar a la totalidad (Is 53). Con todo, Abrahán es el que
con lenguaje audaz y suplicante se pone delante de Dios, para buscar la
bendición a favor de una humanidad que con su pecado está en condición
de maldición. Abrahán responde al propósito de su inicial vocación:
“Para que en ti se bendigan todos los pueblos de la tierra”.
La oración del Padrenuestro (tercera lectura) intensifica y
sublima los pensamientos apuntados en la primera lectura. La pregunta
dirigida por aquellos primeros discípulos
a Jesús buscando su propia identidad, nos resulta extraña. Se
interesan por la forma de orar. ¿Acaso no sabían hacerlo? Esto equivaldría
a decir que los primeros seguidores
de Jesús, además de iliteratos e incultos, eran religiosamente
indiferentes. Lo que no parece correcto.
El enigma nos lo resuelve el evangelista Lucas. Según la versión
que él nos da del Padrenuestro, los discípulos no pidieron a Jesús que
les enseñase a orar, sino que les enseñase a orar como el
Bautista había enseñado a sus discípulos. Se establece una comparación,
y esto ya tiene sentido. La oración era una característica de las
sectas y grupos religiosos (fariseos, esenios, discípulos del
Bautista... tenían, además de las oraciones comunes, la suya propia). En
ellas expresaban su concepción de Dios, del prójimo, del mundo... Y esto
es lo que los discípulos pedían a Jesús: le pidieron una fórmula
oracional que reflejase su ser específico, la identidad del discipulado
en el que se habían enrolado, el modo de dirigirse a Dios y de
comportarse con el prójimo, el denominador común y, al mismo tiempo,
especificativo de Jesús. Es necesario tener en cuenta este contexto
de la petición que aquel pequeño grupo de discípulos hace a Jesús
para valorar su significado y la trascendencia del Padrenuestro.
El comienzo de la oración es la síntesis de la misma al presentar
a Dios como Padre. Esta palabra es el resumen que Jesús nos hace
de su Dios y de nuestro Dios: en el misterio de la paternidad divina
se contiene y resume todo lo que puede decirse de las relaciones de Dios
con el hombre y en el misterio de la filiación adoptiva del hombre
por parte de Dios se contiene y resume todo lo que puede decirse de las
relaciones del hombre con Dios. Dios es nuestro Padre. También
podemos llamarlo madre o designarlo con cualquier nombre de los seres más
representativos del máximo amor para nosotros. Todos tienen connotaciones
negativas que habrá que eliminar cuando se lo aplicamos a Dios. Él es el
Ser Supremo que se nos comunica y nos introduce en el hogar cariñoso
de su familia.
Jesús nunca se une a sus discípulos para dirigirse a Dios llamándolo
“nuestro padre” porque la unión -la que Jesús mantiene con él es
del todo singular, muy distinta a la nuestra- le coloca en un nivel
distinto a aquél en el que estamos nosotros: Él es el revelador del
Padre. Él, por ser el Hijo, concede a sus discípulos la filiación
divina, participando en su propia filiación. Pero es importante que nos
fijemos en que Jesús, al enseñar a sus discípulos el Padrenuestro,
expresa el deseo y el mandato de que también ellos se dirijan a Dios con
la misma palabra con que él lo hizo. Y en este deseo y mandato de que
llamemos a Dios Abba se expresa la más profunda realidad
cristiana. El Padrenuestro es el carnet de identidad de los cristianos.
Nos corresponde comentar el Padrenuestro en su versión más corta,
que es la que nos ofrece Lucas, con sus cinco peticiones. Mateo utiliza la
forma más larga, con ocho peticiones.
>Santificar el nombre de Dios es reconocer y aceptar su
naturaleza; reconocerlo como el totalmente Otro y someterse a sus
exigencias. Este reconocimiento debe ser aceptado por todos aquellos que
se dirigen a él como Padre.
> La venida del Reino significa la realización total del
señorío de Dios; la consideración de su voluntad como algo absoluto e
indiscutible. Señorío y voluntad divinos sobre el mundo por el triunfo
del bien y de la justicia sobre el mal y la injusticia.
> La petición del pan
cotidiano nos crea problemas: ¿se pide lo que es necesario para la
vida real? ¿se referiría al pan de “mañana” sin ulteriores
preocupaciones, aludiendo al maná que sólo servía para un día? ¿podría
aludirse al banquete mesiánico, del cual sería una especie de anticipación
el pan que comemos e incluso la fracción del pan o la eucaristía?.
> La deuda de la gracia recibida es muchísimo mayor que
la contraída por una infracción por importante que parezca. Somos
pecadores que han sido perdonados, “deudores” en la medida de la
gracia recibida.
> En relación con la tentación pedimos la fidelidad en
la prueba o en las múltiples pruebas a las que somos sometidos (eso es lo
que significa “tentación”); que la tentación mala no nos sacuda
violentamente.
Al Padrenuestro se le añade una parábola iluminadora. El centro
del interés parabólico es tanto el amigo importuno como su amigo
importunado que, al fin, concedió a su amigo importuno lo que le pedía.
En consecuencia, la parábola quiere que nos fijemos
no en el amigo importuno sino en el amigo importunado. Dios concede
siempre lo que se le pide. Cuando nos dirigimos a él le
“importunamos”. Dios nunca pone dificultades para que el hombre entre
en contacto con él. El Parabolista quiera que el lector haga de este caso
anómalo la norma de nuestras relaciones con Dios. Con la gran ventaja
para nosotros de que en Dios no encontramos las dificultades con que
tropezó el amigo importuno ante el amigo perezoso. Porque Dios nunca es
importunado, nunca se fatiga ni tiene necesidad de acostarse ni de dormir,
nunca es de noche para él -él es la luz-, su puerta está siempre
abierta, no tiene que hacer esfuerzo para levantarse y concedernos lo que
pedimos. De día y de noche podemos presentarnos ante él. Estamos siempre
en su presencia.
Sin embargo, hay en la parábola un acento secundario sumamente
importante que recae en la perseverancia en nuestra demanda. El
tenor de la parábola sería el siguiente: “Si el amigo perezoso, aun en
medio de todas las dificultades y de la negativa rotunda dada al principio
a su amigo importuno, le concedió lo que pedía, ¡cuánto más nos lo
concederá nuestro Padre celestial!.
En la oración entran Dios y el hombre en una confrontación
estricta, haciendo cada uno lo que le es propio: lo propio del hombre es
pedir, buscar, llamar. Lo propio de Dios es dar, dejarse encontrar, abrir.
Se presupone el “pasivo divino”: al no
haber sujeto se supone que es Dios. Es Dios quien da, quien se deja
encontrar, quien abre. El motivo de la oración en esta ocasión (versos
9-13) es el amor paternal de Dios. Lo característico de Lucas frente a
Mateo (7,7-11) es que el primer evangelista habla de “cosas buenas”,
mientras que Lucas afirma la concesión del Espíritu Santo como bien
supremo y gracias al cual podemos descubrir a Jesús como la promesa del
Reino y como Señor (1Co 12,3).
En pocos pasajes bíblicos se expresa la relación del hombre con
Dios o con Cristo con tanta brevedad, densidad y exactitud como en el que
nos ofrece hoy san Pablo (segunda lectura). Son utilizadas para
ello tres imágenes: la circuncisión que, entendida en sentido
metafórico, significa la subordinación al Cuerpo de Cristo, la liberación
del antiguo cuerpo de pecado con sus vinculaciones con el Mal; la sepultura
y la resurrección, efectos sublimes del bautismo. Las tres imágenes
culminan y tienen su razón de ser “en él”.
El poder de Dios no llega al hombre mediante especulaciones o
mistagogia –realizada por algún iniciador en los misterios- sino por la
fe que surge del ser y del actuar de Dios; el poder de Dios se actualiza
en los creyentes mediante la fe. Esta es la verdadera fe. Se opone a una
filosofía o ideología –que no es mencionada en el texto de hoy-
pero que constituye el contexto en el que hace Pablo las
afirmaciones esenciales de la fe. Dicha “ideología” defendía la
existencia de “los elementos del mundo” (2,8). Probablemente “los
elementos del mundo” serían como una especie de seres superiores semi-divinos
-seres intermedios entre Dios y los hombres- que gobernarían el cosmos
terrestre o celeste.
¿Eran como ángeles guardianes de la Ley? De alguna manera
determinarían la relación del hombre con Dios. Pablo niega rotundamente
tal filosofía afirmando que la plenitud divina se halla en Cristo y en
nadie más: “Pues en Cristo habita toda la plenitud de la divinidad
corporalmente”. “Y plugo al Padre que en Él habitase toda la
plenitud” (Col 2,9; 1.19).
Felipe F. Ramos Lectoral |