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CICLO C Décimo Octavo Domingo del Tiempo Ordinario |
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El Eclesiastés, Qohelet o Predicador (no litúrgico, sino sapiencial) es
el autor pesimista por excelencia de la Biblia. Fuera del gobierno de Dios
sobre el mundo, el Qohelet no admite nada estimulante; todo carece de
sentido; todo es “vaciedad”, “decepción”, “absurdidad”. (primera
lectura). El hombre no es capaz de descifrar el sentido del mundo que
le rodea y pone en tela de juicio los valores tradicionales: la sabiduría,
la ciencia, la justicia, la piedad...; todo ello no conduce a nada y es
puro absurdo. El Qohelet constata que el ritmo del mundo es desesperante:
unas generaciones suceden a otras; los astros salen y se ponen; los
vientos giran y vuelven a girar; los ríos van allá de donde vuelven a
fluir. Además de exasperante, este movimiento es inútil, pues “los ríos
caminan al mar y el mar no se llena”.
El Qohelet aplica estas consideraciones a dos actitudes o
aspiraciones del hombre: el instinto de inventar cosas nuevas y la
curiosidad ante las nuevas invenciones. Ambas aspiraciones son
asimismo absurdas. Nada hay nuevo bajo el sol. ¿Y qué saca el
hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol?
En resumen, el Qohelet concluye que el esfuerzo, la fatiga y el
penar no guardan proporción con los resultados que se obtienen, pues
nunca llegan a satisfacer plenamente las aspiraciones del hombre, nunca se
llega a la meta final. Por lo tanto también las riquezas y el trabajo son
vaciedad y absurdo.
De haber escrito en nuestros días, ¿habría sido tan radical el
Qohelet al ver al hombre recorrer los espacios interplanetarios y
descubrir los secretos más ocultos para él? Sin duda que su tesis seguiría
siendo válida para él, aunque se viese obligado a matizarla en muchos
aspectos.
La reflexión del
Eclesiastés la profundiza e ilumina el evangelio de hoy (tercera
lectura). La predicación, la actuación y la actitud de Jesús le había
rodeado de un prestigio singular. Pero, a veces, la gente se confunde
generalizando o extendiendo la fama, la categoría, la competencia, a
todos los terrenos. La presentación del evangelio de hoy nos habla de
“uno” del público que había caído en esa trampa. Acude a Jesús
para que intervenga a su favor, y en contra de su hermano, para que el
reparto de la herencia entre ellos se haga adecuadamente. Tal como es
presentada la cuestión parece obligado deducir que el que acude a Jesús
había sido engañado por su hermano. Pero, para estos casos, había unos
peritos profesionales a los que había que acudir: eran los escribas.
Ellos tenían la competencia en las cuestiones legales y jurídicas.
La negativa de Jesús, por increíble que parezca, se halla
suficientemente justificada. Él no quiere convertirse en servidor de
la codicia humana. Evidentemente que no puede deducirse de su actitud
que no le interese el tema de la justicia, pero, en este caso, no se trata
de eso. Lo que él quiere acentuar en esta ocasión es el peligro de la
riqueza. Y Jesús quiere liberar al que pide su influencia de la
codicia que le amenaza. ¿Pretendía que “los bienes” que le
correspondían se convirtiesen en
la garantía aseguradora de su vida? La negativa de Jesús obedece a que
él no quiere convertirse en instigador de la autosuficiencia humana.
La parábola del Rico insensato tiene la finalidad de iluminar
estas situaciones, actitudes y apetencias.
Esta narración ejemplar aborda la cuestión del sentido de la
vida. ¿Tiene su justificación en amasar fortuna y almacenar bienes?
Parece que éste sería hoy el voto de la mayoría. El evangelio se había
manifestado explícitamente en esta cuestión al hablar de la providencia
y al condenar como afán supremo el atesorar riquezas en este mundo en
lugar de esforzarse por adquirir aquellas que pueden seguir poseyéndose
en el otro (Mt 6,19-34). Lucas introduce la presente narración ejemplar
en una gran catequesis sobre la avaricia.
El “comer y beber” son la expresión de una vida disipada. Así
reaparece en Lc 12,45, con motivo de la parábola sobre el siervo
responsable. El evangelio copto de Tomás (evangelio apócrifo) nos la
cuenta con pocas variantes, pero con el mismo centro de interés: “Dijo
Jesús: “Un hombre rico tenía muchas posesiones”. Y dijo: “emplearé
mi fortuna en sembrar, recoger, plantar y llenar de frutos mis graneros,
para no carecer de nada”. Esto es lo que pensaba en su corazón. Aquella
misma noche murió. ¡Quien tenga oídos para oír, que oiga!.
La insensatez del rico de la parábola estriba en su seguridad.
Ha tenido una gran cosecha. Aumenta sus graneros para poder recogerla y se
sonríe complacido ante ella. No tiene por qué preocuparse ante posibles
cosechas deficientes, que sumirían a otros en el hambre y la miseria. El
disfrutará, despreocupado de todo, de su gran fortuna.
Según el lenguaje bíblico, el rico insensato de la parábola es
un hombre que prácticamente niega a Dios. No le preocupa. No cuenta con
él; vive completamente al margen de su existencia y de sus exigencias.
Por eso, cuando Dios interviene en su vida, trastornando por completo sus
planes, no reacciona. La parábola queda en suspenso. Quiere acentuar
precisamente la sorpresa inesperada del hombre ante un
futuro incierto que él no había previsto. Entra en acción un
personaje no anunciado en el programa. Y ya todo va a la deriva. Carece de
importancia quién haya de disfrutar los bienes que él había almacenado.
Sólo hay una cosa cierta e importante: los bienes almacenados no serán
disfrutados por él. El propietario se hunde y desaparece.
La parábola hace recaer el acento de su enseñanza en la
insensatez del hombre que se siente seguro y satisfecho. Y que ha buscado
la seguridad de su vida precisamente en sus bienes. No ha contado con la
posibilidad de la muerte. Y cuando esta posibilidad se convierte en una
realidad inmediata, el hombre queda en suspenso. Con una incertidumbre
proporcionada a su anterior seguridad. El propio evangelista añade, en el
verso 21, la moraleja de la parábola: “Así sucede a quien atesora para
sí mismo, en lugar de enriquecerse con vistas a Dios”. El hombre no
puede construirse su propia vida independientemente de Dios. Sus bienes
deben hacerlo rico también ante Dios. De lo contrario correrá la misma
suerte que el rico insensato de la parábola.
¿Quiénes son los destinatarios actuales de la parábola? En la
narración ejemplar vemos a los discípulos como destinatarios implícitos.
El contexto anterior (habla de la valentía de los discípulos en
el anuncio del evangelio, quitando de este modo la máscara de los
dirigentes del pueblo y poniendo de relieve el significado de Jesús y del
Reino que él inaugura, Lc 12,1-12) y posterior a nuestra historia
(una serie de proverbios sobre cuál es la verdadera preocupación y cuál
es la condenable, Lc 12,22-34) se refiere a ellos.
Entre los “maestros” cristianos, a los que la gente acudía
confiadamente para resolver sus problemas, los había de procedencia y
tendencia farisea, que se mofaban de la enseñanza de Jesús sobre la
avaricia (Lc 16,14-18: “Oían estas cosas los fariseos, que estaban
apegados al dinero, y se mofaban de él. Y él les dijo: “Vosotros os
hacéis pasar por justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros
corazones, pues lo grande a juicio de los hombres resulta despreciable
para Dios”). Debe acentuarse un tercer aspecto según el cual los falsos
maestros son caracterizados en el mundo grecorromano por su avaricia y
soberbia (1Tm 6, 10-17).
Esto nos lleva a concluir que también son destinatarios
directos los discípulos de Jesús; aquellos que se encontraban
en una situación social desahogada: deben evitar la avaricia y hacerse
“ricos para Dios”, abriendo sus riquezas a las necesidades ajenas. La
autosuficiencia retrata de modo especial
a los dirigentes eclesiales cuyo “yo” desplaza su verdadero centro de
interés hacia otros que deberían estar superados por ellos, y que
podemos reproducir con expresiones de la misma parábola: “¿Qué haré?,
no tengo, mi cosecha, ya sé, demoleré, los haré más grandes, almacenaré,
mi grano, mis bienes, me diré, tienes, descansa, come, bebe y regálate”
(Lc 12,17-19).
Descalificada la falsa religión Pablo expone la verdadera (segunda
lectura). Habiendo participado de la muerte y resurrección de
Jesucristo en el bautismo, los cristianos deben abandonar lo propio de la
condición no cristiana. Su actual condición les obliga a realizar lo
que ya son. ¡Esa es la paradoja de la vida cristiana!.
El “revestirse” de nuevo, ¿hace referencia a desnudarse
previamente para ser bautizados por inmersión? Incorporados al Cuerpo de
Cristo los creyentes deben renovarse progresivamente hasta llegar a ser imágenes
del Creador. Y esta renovación debe llevarlos al conocimiento de lo que
Dios quiere.
Felipe F. Ramos Lectoral |