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CICLO C Décimo Noveno Domingo del Tiempo Ordinario |
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El libro de la Sabiduría reflexiona sobre la noche trágica (primera
lectura). Esta célebre noche de castigo para los egipcios y de
salvación para los hebreos había sido anunciada a
“nuestros padres” (¿los patriarcas, Moisés?). En
cualquier clase de referencia, lo importante es que en ella Israel
se vio colmado de gloria al ser llamado por Dios, ya que la celebración
de la Pascua y el Éxodo constituían definitivamente a Israel en pueblo
elegido.
Antes de abandonar Egipto, antes incluso de la muerte de los primogénitos,
los israelitas celebraron en secreto, es decir, en el interior de sus
casas, la cena pascual, que recibe el nombre de sacrificio (Ex 12,37; Nm
9, 7; Dt 16,5). Los israelitas reciben el calificativo de los hijos
piadosos de un pueblo justo, es decir, los descendientes de un pueblo
encabezado por los santos y
justos patriarcas. La cena pascual creó entre ellos una solidaridad y se
comprometieron solemnemente a compartir venturas y desventuras. El autor
se imagina aquella primera pascua al modo de las pascuas posteriores, con
los salmos del Hallel y todo (Sal 113-118).
El tema apuntado en la primera lectura sigue con un excelente
desarrollo en el evangelio (tercera lectura). Seriedad en la
preocupación, vigilancia ante el peligro, fidelidad al encargo recibido o
a la misión encomendada. El radicalismo lucano excluye las medias tintas.
El pasaje evangélico que hoy comentamos se mueve en este contexto.
Rechazada la actitud del rico insensato (Lc 12,13,21), nos habla de la
preocupación seria que lleva al hombre a su plena realización:
relativización de los bienes
terrenos, centrando la aspiración suprema en la búsqueda del Reino (Lc
12,22-32). Sin una preocupación desmedida por el escaso número de los
que orientan su vida en esta dirección. Dios nunca se propuso
manifestarse a un pueblo masificado y millonario (Lc 1,14; 6,21ss). Más
que a la cantidad ha mirado siempre a la calidad.
De este modo hasta el comienzo del evangelio de hoy. Como si
tuviese directamente presente la realidad actual. Un pequeño rebaño, en
posesión del Reino, con una propiedad imperecedera porque el dador es el
Padre, “ricos para Dios”, con la posibilidad de ayudar a los
necesitados desde “nuestra riqueza”; con la plena seguridad de que
nadie podría arrebatárnosla: nuestro tesoro está guardado en una caja
tan fuerte y tan segura que, para abrirla, habría que robar la llave a
Dios y descubrir la combinación de la misma. Y como el corazón, en la
Biblia, es también el lugar de la voluntad, nuestro tesoro valiosísimo
determinará la conducta de nuestro vivir.
Lucas nos transmite la parábola recibida añadiendo dos
acentuaciones importantes: la introducción actual, que pone el acento en
la vigilancia y en la disponibilidad de los siervos vigilantes. Las lámparas
encendidas subrayan la vigilancia. El hecho de que estuvieran apagadas
indicaría que los criados dormían. Los lomos ceñidos indican el
trabajo, la disponibilidad y la responsabilidad. La amplitud de la
vestimenta utilizada requería levantarla y ajustarla al cuerpo mediante
un cinturón para realizar con mayor eficacia y soltura cualquier tipo de
trabajo (Lc 17,8; Jr 1,17; 1R 18,46). Tanto la imagen de ceñirse (Ef
6,14; 1Pe 1,13) como la de tener las lámparas encendidas (Lc 8,15; Mt
25,1-13) son utilizadas en la paránesis-exhortación cristiana para
indicar la disponibilidad de los discípulos para el servicio.
También es adición lucana la promesa del Señor, que se convierte
en servidor de sus criados, precedida del amén, garantizador de la
absoluta seguridad del cumplimiento de la misma (c 12,37b; 13,22-30;
14,24; 22,27-30). El trabajo duro y la responsabilidad seria se hallan
ampliamente compensados por la dicha-bienaventuranza, repetida dos veces
en los versos 37-38, que su señor les concederá a su regreso. El señor
al que han servido en su trabajo se convierte en su Señor en el banquete
mesiánico, del que está ya participando el Señor durante el tiempo de
su ausencia. Sus “siervos” participarán en el mismo banquete mesiánico.
Y ello gracias a su Señor convertido en siervo. Así ha sido presentado
Jesús en otras ocasiones (Lc 22, 24-27: “Yo estoy entre vosotros como
el que sirve”); o como cuando es calificado de “siervo paciente” Lc
23,6.25).
En la insistencia en el trabajo, en la responsabilidad y en la
compensación se halla subyacente el pensamiento del retraso de la parusía.
Ésta es desconocida en cuanto al tiempo en que tendrá lugar (v. 38:
desconocimiento del momento). Mientras llega el momento último con el Señor,
la vida de los discípulos, y en particular la de los dirigentes
eclesiales, debe estar determinada por una esperanza permanente en el
cumplimiento del deber y del quehacer que cada uno debe realizar. El
tiempo último, en el sentido tradicional, se halla difuminado. La
importancia decisiva se traslada a la vida de cada día, a la esperanza,
trabajo y responsabilidad presente.
La segunda parábola habla de la responsabilidad personal que exige
la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad del Señor. Dicha
responsabilidad recae por igual sobre todos los miembros del Reino. También, y
sobre todo, sobre aquellos que han sido elegidos como responsables
directos e inmediatos para el buen gobierno del Reino en su fase terrena.
Éste es el pensamiento central de la parábola que comenzamos a explicar.
La parábola le llegó a Lucas, lo mismo que a Mateo (24, 45-51), de su
fuente común llamada Q. En la narración de Lucas, Pedro interrumpe al
Maestro con esta pregunta: Señor, ¿es a nosotros a quienes dices esta
parábola?.
Jesús destinaba aquella parábola a los responsables del nuevo
Israel, a los dirigentes de la Iglesia. Lucas ha dejado claro este destino
mediante la inicial pregunta “redaccional” que pone en labios de
Pedro. Lo confirma el contexto, que habla de la enseñanza de Jesús a sus
discípulos (Lc 12,22a). En este contexto es presumible la pregunta de
Pedro de si ellos, los apóstoles, deben continuar su misión de enseñanza.
Lucas interpreta la parábola desde una clara perspectiva. eclesial. El
Parabolista cuenta con la posibilidad de que “el siervo” se proponga,
no precisamente servir, sino ser servido. Traicionaría en este caso su
misión específica. Y si la venida de su Señor
le sorprende obrando de esta forma, se habría ganado un puesto de
honor entre los hipócritas, infieles e impíos.
Los dos últimos versículos de la parábola son propios de Lucas.
Se trata de dos “logia”, sentencias que, originariamente, fueron
independientes. También van destinados a los dirigentes de la comunidad.
Originariamente, en ellos, Jesús se dirigió a los escribas y fariseos.
En la pluma de Lucas se han convertido en una exhortación-amenaza: el
mayor castigo recaerá en los que conocen la voluntad del Señor y no la
cumplen. El castigo menor es para quien obra el mal porque no conoce dicha
voluntad. La mayor responsabilidad en la Iglesia recae sobre sus
dirigentes. Ellos deben tener en cuenta que su elección no es un
privilegio, sino una responsabilidad grave (Jr 2,19; Am 3,2; Os 4,4-11).
La comunidad cristiana tiene en realidad una sola cabeza y un solo
Señor, Jesús resucitado (Mt 28,8-11). Todos los demás, aunque ocupen
puestos de responsabilidad, son servidores y hermanos. El presidir la
comunidad de los discípulos de Jesús no se puede transformar nunca en
un acto de poder o de autoridad. La idolatría personal es la máxima
traición del administrador fiel que, por caer en ella, habrá sucumbido
de lleno en el extremo opuesto, el de la infidelidad. Se convertiría
automáticamente en
administrador “infiel”. Incluso el Vidente de Patmos
cayó en ella, al doblar las rodillas en actitud de adorar al
“mediador” que le confiaba la voluntad divina (Ap 19,10; 22,9). En
ambos casos, recibió la misma severa amonestación: No hagas eso;
consiervo tuyo soy y de tus hermanos los profetas, los que tienen el
testimonio de Jesús. Adora sólo a Dios.
El recurso a la carta a los Hebreos se hace para remitir
a sus lectores a los campeones de la fe (segunda lectura).
Los hombres ejemplares del AT desfilan
en este capítulo como los grandes campeones de la fe. Es una
especie de “laudes patrum”. Su finalidad es presentarlos como un
nuevo incentivo para los lectores, para todos los cristianos, para
que sigan sus huellas y permanezcan de modo perseverante en el ejercicio
de la fe.
La primera preocupación de nuestro autor es presentarnos una
definición de la fe. Y lo hace afirmando que la fe es la seguridad o
certeza firme del cumplimiento de nuestra esperanza. En la fe, tal
como nos es presentada por el autor de la Carta a los Hebreos, la
esperanza juega un papel preeminente; es sencillamente inseparable de
ella. Ella nos garantiza la realidad de lo que todavía no vemos y en pos
de lo cual caminamos.
La fe nos es presentada como la elección entre dos alternativas
que nos ofrece la vida: entender la vida desde la fe o entenderla desde
nosotros mismos. Entendida desde nosotros mismos, la vida se halla
determinada por una concepción materialista, basada en la suficiencia
humana o en las circunstancias o
posibilidades que la vida nos ofrece aquí y ahora. Nada de realidades más
allá de las que ven nuestros ojos ni de un futuro en el que las cosas
sean mejores que en el presente. Entendida desde la fe -la segunda
actitud o alternativa- la vida es entendida
de forma diferente, como peregrinante a una patria mejor, con la seguridad
de algo que nos espera y que compensará ampliamente las renuncias y
sacrificios que la misma fe impone. La consideración del camino de la fe, que nos ofrece nuestro autor es casi egoísta: Dios impone unas exigencias al hombre. Quien sea fiel a ellas será recompensado por Dios. ¿Cómo justifica esta concepción? Basta mirar a la historia. El AT está lleno de hombres y mujeres que hicieron en su vida grandes sacrificios para no desobedecer a Dios. La misma historia, como tal, del pueblo de Dios se halla determinada por esta convicción de que las promesas hechas por Dios se cumplirían puntualmente: él aparecería como vengador y retribuidor en el futuro.
Felipe F. Ramos Lectoral |