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CICLO C Segundo Domingo del Tiempo Ordinario |
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El amor de Dios al hombre, sinónimo del que tiene a Jerusalén, es celebrado mediante la imagen matrimonial: “Sión decía: Yahvé me ha abandonado, el Señor se ha olvidado de mí. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? (Is 49,14; puede verse también 54,1-8). La ciudad será agraciada con un nombre nuevo: de “abandonada” (así se llamaba Azuba, la madre del rey Josafat, 1R 22,42), pasa a ser “mi favorita” (era el nombre de la madre del rey impío Manasés, Jafsiba, 2R 21,1). Los nombres eran, por tanto, nombres propios. Son utilizados por su simbolismo. (primera lectura).
El mismo amor es descrito, desde el principio, con imágenes poéticas
sobre la nueva Jerusalén. La ciudad santa es el punto de apoyo necesario
para describir la acción de Dios sobre el hombre: en ella, y en todos
aquellos simbolizados en ella, se hará presente la acción salvadora de
Dios, lo que llama el poeta “la aurora de su justicia y su salvación”.
Jerusalén es como la corona del rey, que Yahvé tiene en su mano y como
la diadema real en manos de Dios. Ambas imágenes hacen referencia a la
recuperación de la dignidad y autoridad perdidas.
La escena de la boda en Caná de Galilea (tercera lectura)
nos es sobradamente conocida, frecuentemente comentada, entrañablemente
vivida, deficientemente interpretada e incluso vulgarmente degradada
trasladándola al terreno del chiste o de la leyenda inverosímil. La
verdad es que el relato se presta a ello. Para evitarlo es necesario
conocer las claves necesarias para llegar al verdadero significado y
mensaje de un texto evangélico tan bello y denso de contenido.
En primer lugar debemos situarla en el terreno del “signo”.
Llamamos así al indicador, a la señal extraordinaria (=
el semeion,
como se dice en griego), a la flecha indicadora de una dirección
determinada, a la puerta abierta en la materia o en una narración
centrada en una realidad material introduciéndonos por la cual podemos
llegar hasta su mismo corazón, hasta lo inmaterial; allí situados
descubriremos mundos nuevos, desconocidos, increíbles, que denominamos lo
“sacro”, es decir, el mundo de la Realidad traducido o conquistado
desde la materia. El cuarto evangelio llama “signo”, semeion, a
los milagros porque, al leerlos, el lector se siente avisado para que no
se quede en la realidad descrita, por bella que le parezca, sino que
continúe leyendo hasta llegar al “cogollo”, a la verdad plena a la
que la flecha le indica.
El presente relato evangélico es un milagro de epifanía o de
revelación, y su categoría de “signo” se manifiesta en una serie
de rasgos que el evangelista ha destacado precisamente con esa finalidad.
Los enumeramos a continuación. El primero nos lo ofrece en la datación
del suceso. Nos habla de “tres días después” (2,1). ¿Tres días
después de qué? Los días anteriores los tenemos mencionados en el capítulo
anterior. En él encontramos la frase “al día siguiente” repetida
tres veces (1,43.35.29) a los que hay que añadir el día anterior al
transcurrido antes de mencionar el primero “al día siguiente” (1,29).
Son cuatro en total, a los que deben sumarse “los tres” con los que
comienza este capítulo segundo. Esto nos proporciona el marco de la
semana. De este modo nos dice el evangelista, de forma alusiva, a la que
él recurre muy frecuentemente, que comienza un tiempo nuevo. Así
como la primera creación se desarrolló en el plazo de siete días, así
ahora, al mencionar los siete días, se nos estaría diciendo que la obra
de Jesús es una nueva creación.
La historia nos es presentada en el marco de una boda. Este
dato nos orienta en la misma dirección que el anteriormente mencionado.
La imagen matrimonial es indicativa de las relaciones entre Dios y su
pueblo desde el profeta Oseas. Esta precisión nos obliga a pensar en el comienzo
de nuevas relaciones entre
Dios y el hombre.
Esta novedad es particularmente acentuada mediante las tinajas
de piedra, con su referencia al medio judío de purificación. Dichas
tinajas eran de piedra, no de barro, como era lo usual. La razón está en
que la piedra era considerada como inasequible a la impureza legal. Se está
hablando, por tanto, de un sistema
perfecto de purificación. El evangelista afirma lo inadecuado de un
medio tan “perfecto” en el mismo número seis, siete
menos uno (el número perfecto es el siete). Aquellas tinajas no pudieron
cumplir la finalidad a la que habían sido destinadas. Por eso deben dar
paso a un vino excepcional y abundantísimo (más de quinientos litros).
El vino era una característica sobresaliente de los tiempos y de
los bienes mesiánicos. En la misma línea apunta la afirmación de la
madre de Jesús: No les queda vino. Ella representa al judaísmo,
al AT y a la humanidad entera. Y constata la falta de algo que era
esencial en los tiempos mesiánicos: la abundancia y exquisitez del vino.
Así lo afirma después el organizador de la fiesta.
Desde el momento en que Jesús comienza su “ministerio público”,
debe actuar movido únicamente por la voluntad del Padre. No
admitirá injerencias de nadie; ni siquiera de su madre. Esto es lo que
justifica la respuesta “dura” que le dirige y cuyo contenido debe
traducirse así: Mujer, deja de intervenir ya en mi vida. La hora
que todavía no ha llegado no es la de hacer milagros, sino la de
la cruz, pues la “hora” indica el momento supremo en el que Jesús se
halla cumpliendo de forma plena su misión específica. Baste pensar que
la “hora” llega en la segunda parte del evangelio, a partir del cap.
13, no antes. Es importante traer a la memoria el texto siguiente: “Me
encuentro profundamente abatido; pero, ¿qué es lo que puedo decir? ¿Pediré
al Padre que me libre de esta hora? De ningún modo, porque he
venido precisamente para aceptar esta hora (Jn 12,27; se halla
antes del cap. 13, que hemos considerado
como el punto a partir del cual comienza la “hora”. La
justificación del presente texto la tenemos en que es una anticipación
de dicha hora. El texto copiado debería figurar en el cap. 18, relato de
Getsemaní y sería paralelo al de los sinópticos). Debe descartarse, por
tanto, la interpretación habitual que entiende la hora como el momento a
partir del cual Jesús comienza a realizar milagros. Téngase en cuenta,
además, que el milagro no tiene ninguna hora prefijada para ser hecho.
Jesús, al dirigirse a su madre, la llama mujer. Lo mismo
ocurre en el momento supremo de la cruz. La intención parece clara: se
trata de sacar la escena del ámbito estrictamente familiar para afirmar
que los lazos de la familia de Dios son más fuertes que los de la sangre.
Se nota un progreso que va en la dirección siguiente: de María, persona
privada y privilegiada, la madre de Jesús, a la “mujer”, que tiene un
quehacer importantísimo en la historia de la nueva creación. La palabra
“mujer” presentaría a
María como la nueva Eva, que se halla junto al nuevo Adán en el
nacimiento de la nueva humanidad. No deja de ser significativo que, después
de las palabras “duras” que Jesús le dirige en Caná de Galilea, su
madre desaparece de escena y no vuelve a aparecer hasta el momento de la
cruz, que es “la hora”, el nacimiento de la nueva humanidad.
La conclusión del signo (2,11) puede ser considerada como la clave
más importante: es el primero.
Por consiguiente debe ser
considerado en relación con los que Jesús hará después. En él Jesús manifestó
su gloria, es decir, la realidad divina presente y operante en él. Y
los discípulos creyeron en él. La reacción del hombre ante los signos es la fe. En esta última clave se pone de
relieve, de forma muy singular, que la finalidad primera del relato está
centrada en Jesús, no en María. El centro de gravedad es cristológico.
La figura de María está subordinada a él. Esto no significa una
infravaloración de la madre
de Jesús. El argumento va de menor a mayor: si cuando no había llegado
la hora, Jesús actúa porque se lo pide su madre,¡cuánto más cuando
haya llegado la hora!.
El tema de la historicidad ha sido cuestionado aduciendo el
mismo motivo de la conversión del agua en vino llevada a cabo por el dios
Dionisio, el dios del vino. Plinio nos habla de una fuente que manaba vino
los primeros días de enero, el tiempo en el que los cristianos celebraban
la epifanía. Dicha fuente “manaba” el vino que era depositado en unos
recipientes que la alimentaban las vísperas de las fiestas.. El templo de
Dionisio en Corinto contiene evidencias arqueológicas de “milagros”
de este tipo. El culto es conocido por Filon, que lo aplica alegóricamente
al Logos bajo la apariencia de Melkisedeq que “ofreció vino en lugar de
agua”.
Comparando esta leyenda con el relato de Caná de Galilea debemos
establecer las consideraciones siguientes: la analogía no supone la
genealogía. El hecho de que dos personas o cosas se parezcan mucho no
significa que una dependa o haya sido copiada de la otra. Por
consiguiente, la analogía no resuelve todo el problema de la
historicidad. ¿Fue atribuido este “signo” a Jesús para demostrar que
era superior el dios Dionisio? La posibilidad se halla a bastante
distancia de la realidad. Creemos que la cuestión debe plantearse de la
forma siguiente: Que Jesús acudiese a una boda en un pueblo cercano al
suyo es absolutamente verosímil. Que fuese acompañado de su madre y de
sus hermanos no debe llamar la atención a nadie. No tenemos fundamento
para suponer que fuesen parientes o amigos entre sí. Que llegase a faltar
el vino y María se interesase por resolver aquel problema y acudiese a
Jesús por razón de la gente conocida por él en aquel lugar no se sale
todavía del marco de lo posible. A partir de ahí, es decir, sobre su base
histórica, la escena pudo comenzar a “teologuizarse”.
Y en este proceso de teologuización pudieron influir muchos
motivos: el nuevo medio de purificación sustitutivo de los recursos judíos:
que el agua haya sido sustituida por el vino de la nueva alianza;
la profundización en el significado de las relaciones familiares entre el
Hijo y la madre, que se nos aclararán definitivamente cuando llegase
la “hora” (Jn 19, 25-27); la consideración de la obra de Jesús como
una nueva creación ; la utilización misma de la leyenda aludida sobre el
dios del vino, haciendo referencia en nuestro caso a la eucaristía; la
adición de los discípulos, que sería obligatoria posteriormente cuando
Jesús ya los tenía: originariamente pudo haber hablado el texto de Jesús,
su madre y sus hermanos. No olvidemos que lo importante en estos casos no
es el rito sino el contenido del mismo. El rito bautismal cristiano se
parece a los utilizados por los judíos, por los monjes de Qumran, y por
todas las sectas baptizantes. Lo específico del bautismo cristiano es el
contenido. Algo semejante podría haberse dado en el caso presente.
La nota dominante en la liturgia de hoy es el amor. Entre la
primera lectura y la tercera se sitúa el apóstol
Pablo describiendo el amor en forma de carisma (segunda lectura):
en el Cuerpo de Cristo no todos valemos para todo, pero todos valemos para
algo. La diversidad de aptitudes para la edificación de la Iglesia es
producida por el mismo Espíritu. Es una llamada fortísima a no
considerar como el carisma más importante, y menos aún como el único,
el del gobierno. Eso significaría “apagar el Espíritu” (1 Ts
5,19-20). Esta unidad en la diversidad es tan necesaria a la Iglesia como la unidad de los órganos en un cuerpo físico. Para destacarlo Pablo tiene delante la fábula que el tribuno. Menenio Agripa contó a los plebeyos de Roma que, descontentos de su situación social inferior, habrían ido a la huelga retirándose al Monte Saro. Pablo la da otro sentido: no es tanto una rebelión posible de los miembros inferiores lo que él teme, cuanto el orgullo de los “superiores” que, además, se disputaban quizá entre ellos la excelencia de sus dones respectivos (2 Co 11). Felipe F. Ramos Lectoral |