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CICLO C Trigésimo Tercer Domingo del Tiempo Ordinario |
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Malaquías es el último de los profetas escritores (primera lectura). Comienza su actividad profética cuando ya se ha normalizado la vida después del destierro babilónico: el templo está ya abierto al culto, el sacerdocio cumple su misión y el culto sacrificial se desarrolla con normalidad. A pesar de todo, Malaquías es un predicador penitencial, al estilo de sus predecesores anteriores al destierro a Babilonia, que denuncia los abusos morales y rituales. Su actuación debió tener lugar entre los años 470- 460 a.C. Su predicación conminatoria llega a nosotros en imágenes estremecedoras que se entrecruzan. El juicio es representado como un horno; los pecadores serán el material combustible como la paja o el rastrojo (la paja que queda en las fincas después de levantada la cosecha para que el horno alcance su temperatura abrasadora (Is 5,24: “Por eso como la lengua del fuego devora el rastrojo, y como se consume en la llama la hierba seca, su raíz se tornará podredumbre, y su flor será arrebatada como el polvo. Porque han rechazado la ley de Yahvé Sebaot, y han despreciado la palabra del Santo de Israel”). Es utilizada también la imagen del árbol caído en cuyo tronco no quedan ni ramas ni raíces (Am 2,99). El contrapunto es el sol de justicia para los que honran su nombre, los que adaptan su conducta a la voluntad divina. El castigo y la desgracia se hallan simbolizados en las tinieblas (Mi 3,6); el premio y la dicha son representados por la luz, en especial por el sol saliente: Is 9,1-2: “El pueblo, que andaba en tinieblas, vio una luz grande; sobre los que habitaban en la tierra de sombras de muerte resplandeció una brillante luz”. En este contexto encaja perfectamente el discurso apocalíptico (tercera lectura), cargado de amenazas, pero al que no falta la seguridad de la providencia. Antes de narrarnos el “discurso escatológico”, a modo de preparación, nos ha ofrecido el “pequeño apocalipsis”, que ha tomado de la fuente Q, la que le es común con Mateo. Es como una clave anticipada en orden a comprender el pasaje evangélico que nos ofrece la liturgia de hoy. Jesús centra la cuestión teniendo en cuenta la pregunta que le hacen los fariseos sobre cuándo vendrá el reino de Dios: “El reino de Dios no ha de venir de modo aparatoso. Ni dirán: “aquí está o allá”. Sabed que el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,20-21). Y, en este contexto, el pequeño apocalipsis (17,20-37) enumera una serie de acontecimientos del pasado, como los días de Noé y otros sucesos como la venida de los falsos Mesías, el relámpago... que pretenden que el lector se de cuenta de la repentinidad de un acontecimiento incalculable. El Reino no vendrá como ellos habían pensado. En la narración del discurso apocalíptico (Lc 21, 5-36) Lucas depende literariamente de Marcos (13,1-37), al que el tercer evangelista copia, unas veces, y reelabora profundamente, otras. Es evidente que el discurso no fue pronunciado tal y como hoy lo tenemos. Al estilo de los discursos del evangelio de Mateo, éste nació de la yuxtaposición de proverbios o grupos de proverbios tomados de la enseñanza de Jesús sobre lo que había de venir. Esto se comprueba fácilmente si tenemos en cuenta que Jesús reitera repetidas veces la introducción, como si estuviera narrando sin tener en cuenta lo ya dicho. Llama la atención de los discípulos la maravilla del templo: su arquitectura podía competir con los edificios más bellos del mundo: su fachada resplandecía con brillo singular gracias a su revestimiento de mármol blanco; había sido enriquecido con exvotos o dones extraordinarios ofrecidos a Dios, entre los que destacaba una vid de oro colocada sobre la puerta por el mismo Herodes el Grande. En su respuesta afirma Jesús que aquella maravilla no será representativa del Reino que él ha predicado. Y la prueba la verán en breve. A raíz de la guerra judía, el Emperador ordenó que el templo de Jerusalén fuese destruido y quedase como un solar. (Así lo afirma Flavio Josefo, en la “Guerra Judía”, 7,1-2; 6, 281). ¿Las palabras de Jesús deben catalogarse dentro de la profecía o de la descripción de un hecho de experiencia?. Creemos que,
en este caso, profecía y experiencia son inseparables. La profecía
la vemos justificada: las discusiones de Jesús con sus adversarios fueron
particularmente violentas durante los días que precedieron a su arresto.
De la información de los evangelistas se deduce que Jesús alertó a
sus discípulos sobre los acontecimientos inminentes que se cernían
sobre él (Mt 25,1ss; Jn 13,1ss), para que no les sorprendiesen cuando
llegase el momento. Por eso Jesús, aunque utilice el género literario
apocalíptico, no lo hace para declarar el futuro de cada uno en medio de
sucesos estremecedores, sino como preparación de los discípulos para
cuando llegue lo que está a punto de suceder. La profecía o
amonestación se puso por escrito cuando lo anunciado ya era, además,
objeto de experiencia. Jesús no contesta a la pregunta sobre el “cuándo”. No lo hizo nunca. El cuándo no pertenece a la competencia de su predicación. Destruiría un rasgo esencial de la misma, que acentúa la incertidumbre del momento con la finalidad de estimular la vigilancia.: “En cuanto al día y a la hora, nadie sabe nada; ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre (Mt 24,36). La señal podían comprenderla fácilmente si descubren “los signos de los tiempos”: el presente eón, el mundo en que vivimos, se halla bajo el dominio de Satanás, del Mal, del sufrimiento, de la injusticia, de la guerra y de la muerte (así lo describía la apocalíptica, que se aproximaba notablemente a la realidad de la experiencia); sólo cuando se inicie el tiempo nuevo, el mundo re-creado por Dios, cuando caiga el imperio del Mal o de Satanás: “El les dijo: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc 10,18), irrumpirá de forma visible el reino de Dios. Los falsos Mesías y falsos profetas se hallan siempre unidos cuando se trata de seducir a los que son fieles a Dios (“no escuchéis a los falsos profetas y soñadores, Dt 13,1ss). “Surgirán muchos falsos profetas y seducirán a muchos” (Mt 24, 11). “La llegada del Impío estará acompañada, gracias a la actividad de Satanás, de toda clase de poder, de señales y de prodigios falsos” (2Ts 2,9). “Como hubo en el pueblo falsos profetas, así también habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán sectas perniciosas, negarán al Señor que los rescató” (2P 2,1; el Ap 13,1ss habla de la segunda bestia y, con ella, se refiere a los encargados de promover y organizar el culto imperial). No debe
excluirse, sin embargo, la posibilidad de que se refiera también a los
predicadores pseudo-espirituales y pseudo-místicos que se consideraban
poseídos por el Espíritu y perturbaban la vida de la Iglesia con su
anuncio centrado en el eslogan: “El Señor está para llegar”; “el día
se cierne sobre nosotros”. Sobre todo si tenemos en cuenta que los
cristianos de Palestina habían
sido excitados por agitadores políticos que se auto-presentaban como Mesías.
Predicadores al estilo y cristianos semejantes han llegado hasta el día
de hoy y nunca desaparecerán del todo. El anuncio de
guerras y revoluciones tendría delante lo que estaba ocurriendo en el
imperio romano. Las guerras de Roma eran, en su mayoría, rebeliones de
grupos nacionalistas. Por otra parte, las guerras y las conmociones cósmicas
aparecen unidas de
forma estereotipada en la literatura apocalíptica (Ap 6,4.8.12: entre el
símbolo de los caballos destaca el de la guerra -el de color rojo- y el
anuncio de las conmociones resulta espeluznante: el sol se volvió negro,
la luna entera como sangre... Esto es un mero símbolo de lo anunciado
profusamente en la literatura apocalíptica). Cuando son mencionados unas
y otros, guerras y terremotos, la descripción no tiene presente lo que
ocurrirá en el futuro. Refleja
lo que está ocurriendo en el presente: en el campo de la política, de la
naturaleza, en la familia y en la religión, sin que tenga delante
determinados acontecimientos concretos, pues rebeliones, catástrofes
naturales, ruptura de lazos familiares y seductores religiosos pueden
observarse en todos los tiempos, particularmente en los nuestros. La única
diferencia importante es que los contemporáneos de Jesús los
consideraban como “signos de los tiempos” que exhortaban a
la conversión. Nosotros los hemos rebajado a meros sucesos
provocados por las convulsiones de la naturaleza y las ambiciones humanas,
sin descubrir la otra dimensión que siempre tienen. Al mencionar estos
acontecimientos el autor utiliza un clisé entendido entonces sin
dificultad alguna. Las calamidades históricas –guerras, persecuciones,
hambre... y las naturales, terremotos, conmociones cósmicas- son llamadas
a la conversión (Ap 9,20-21; 16, 9. 11.21: pero no se convirtieron...
y blasfemaron su nombre”). Las amonestaciones más particularizadas tienden a concienciar a los discípulos de la suerte adversa que les espera por su testimonio del evangelio: serán perseguidos por los judíos, como lo fue el Maestro; serán llevados ante los tribunales y los gobernadores, como le ocurrió a Jesús; la confesión de su fe en tiempos de persecución será el testimonio supremo del evangelio. También el resquebrajamiento de la familia pertenecía a “los dolores del Mesías”. La descripción de los enfrentamientos familiares obedece a una planificación bien calculada, que va dirigida contra Jesús y su causa. En medio de las dificultades casi insalvables, Dios garantiza a sus fieles el apoyo y la protección. Cuando sean llevados a los tribunales, el Espíritu o Dios mismo estará con ellos. De este modo la hora del juicio se convierte en la hora del testimonio, pues la prudencia y sabiduría humanas de una hábil respuesta se halla sustituida por “la esperanza que está en vosotros”: “Venerad, más bien, en vuestro corazón a Cristo el Señor; siempre dispuestos para responder a todo el que os pida razón de la esperanza que poseéis” (1P 3,15). La comparecencia ante los reyes y gobernadores nos hace pensar que la comunidad cristiana no sólo vivía amedrentada por la hostilidad judía, sino que estaba siendo perseguida por las autoridades romanas desde hacía tiempo. No se comprende muy bien, en estas circunstancias, la promesa de Jesús “ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá”. La frase ya había sido utilizada antes de ahora: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No tengáis miedo, valéis mucho más que todos los pájaros juntos” (Lc 12,7). La imagen pone de relieve la especial providencia de Dios que defiende a los suyos en todo, desde lo menos hasta lo más importante: desde el pelo hasta la vida misma. Y los suyos demuestran que lo son de verdad en su fidelidad permanente al Señor, que será la garantía última de la concesión de la vida por el Autor de la misma. Pablo no fue un “liberado” (segunda lectura). Supo armonizar su tarea evangelizadora con el trabajo de sus manos que le daban de comer. Su vocación no le hizo abandonar su profesión. También en este punto se convierte en ejemplo permanente. ¿Qué clase de testimonio cristiano pueden ofrecer aquellos que no la marcan, que eso de “currar” lo dejan para los demás, y ellos se limitan a llevar chismes de un lugar para otro? Pablo renunció a todo posible y bien ganado derecho de vivir de su apostolado. Por eso pudo dejar consignada una frase que merecía estar escrita con letras de oro: “El que no trabaja, que no coma”.
Felipe F. Ramos Lectoral |