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CICLO C Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario |
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La liturgia de hoy abre sus lecturas bíblicas con la presentación de uno
de los hombres más grandes de todo el AT: místico, poeta, teólogo, político,
enamorado de Dios y de su pueblo hasta el extremo, mártir por la causa de
su enamoramiento en ambos frentes, singularmente elegido por Dios, al que
se entregó incondicionalmente en su respuesta a pesar de una tremenda
resistencia e incluso repugnancia ante las exigencias divinas (Jr 20,7-18)
a las que, a pesar de todo, cedió como ante una voz irresistible (primera
lectura).
Jeremías sintió la llamada de Dios a ser profeta, a hablar en su
“nombre”, a ser su portavoz. Eso significa ser profeta. La llamada
divina se convierte en principio determinante y regulador de su vida. El
apóstol Pablo tuvo la misma experiencia y su cualidad decisiva (Ga
1,15-16). Existen diferencias en
la forma junto a la identidad en la fuerza irresistible. La experiencia
fue tan real como el pan que comía y el agua que bebía. Y tuvo la
conciencia inquebrantable de que su llamada se remontaba al tiempo en que
todavía se hallaba en el seno materno: antes de haber nacido ya existía
en el pensamiento divino como profeta. Fue un hombre “conocido de
antemano”, “elegido”, “amado”, “consagrado”,
“predestinado” e incluso, por seguir el esquema del Apóstol,
“glorificado” (Rm 8,29-30);
un yunque inamovible ante aquellos que lucharon contra él para silenciar
su voz, porque Dios estaba con él.
Halagado por poco tiempo y destinado sorprendentemente a la muerte,
como Jesús en su tierra (tercera lectura). Todos se hacían
lenguas de él y se admiraban de las palabras llenas de gracia que
brotaban de sus labios (Lc 4,22). Intentaron despeñarlo (Lc 4,29).
Pasando por entre ellos se alejó (Lc 4,30). ¿Cómo puede unirse una
tensión tan violenta en una unidad literaria tan breve como ésta que nos
refiere el evangelista Lucas? Pasa de la admiración y el aplauso al
desprecio y odio mortal. De la presencia entusiasta de Jesús entre la
gente de su pueblo a su alejamiento de ellos.
La explicación de tan grave contradicción debe partir de que
estamos ante el discurso programático de Jesús. En su estudio
encontraremos la solución a estos interrogantes. Se nos habla de las palabras
de gracia. El texto nos obliga a pensar en
“las palabras de salvación” que brotaban de su boca, no en
palabras bonitas y elegantes pronunciadas por “el pico de oro” de
turno. La idea se hallaba anticipada en el AT: “no sólo de pan vive el
hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios (Dt 8,3). Las
“palabras de gracia” se refieren al poder divino salvador
personificado en Jesús. No se hace referencia al atractivo exterior de
sus palabras, a su elocuencia admirable, sino a su contenido en cuanto predicación
de la gracia. Es la misma línea en la que se sitúa san Pablo que no
intenta expresarse “con palabra docta”, ni “con sublimidad de
elocuencia o de sabiduría” ni “con discursos retóricos
persuasivos”. La palabra de Jesús no se caracteriza por su belleza
literaria sino por su poder liberador” ( Mc 1,27).
Jesús de Nazaret “desconcertó” a los que le oyeron; sus
palabras y gestos son impropios del carpintero; la humildad de sus orígenes
no suscitó entusiasmo, sino escándalo; no pudo hacer allí ningún
milagro. Jesús se quedó extrañado de su incredulidad (Mc 6,1-6). ¿No
es éste el hijo de José? Es el subrayado o la cursiva lo que nos da
la razón de la admiración de la gente. ¿Cómo puede un hombre y, además,
un hombre sin el más elemental relieve social, ofrecer algo tan por
encima de las posibilidades humanas por desarrolladas que estén?.
Jesús responde con un proverbio
popular: Médico, cúrate a ti mismo. En él se expresa el
significado de la persona de Jesús. Los nazaretanos no deben seguir
pensando que se trata de un curandero como tantos otros que circulaban en
su tiempo. Es el Médico.
Cuanto Jesús hacía en el terreno de los exorcismos y curaciones le
acreditaban como el Médico divino. El refrán en cuestión es un
argumento más del rechazo de Jesús por sus contemporáneos.
Jesús se presenta en Nazaret como el profeta rechazado.
Correrá la misma suerte que sus ilustres antepasados, Elías y Eliseo.
También seguirá su mismo ejemplo. Los oyentes de Jesús no se tomaron en
serio sus exigencias. En medio de la burla y de la ironía le piden las
garantías de las mismas, realizando allí los milagros que había hecho
en Cafarnaún. Jesús contestó diciendo: la petición de milagros para
creer es la prueba más palmaria de la falta de fe e incluso de la oposición
a la misma. Jesús no hizo ningún milagro para provecho personal;
siempre tuvo delante el servicio al reino de Dios y a todos aquellos que
estaban dispuestos a aceptarlo; nunca accedió a divertir a los curiosos
amantes de sensacionalismos y malabarismos. (Ni siquiera Herodes tuvo esa
suerte, Lc 23,8).
Más aún, la actitud negativa de Jesús frente a los que pretendían
divertirse a su costa, estaba apoyada en la Escritura. Este es el sentido
que tiene el recurso que hizo a la historia de Elías y Eliseo. Un ejemplo
que demuestra que, en la historia de la salvación, no pueden alegarse
pretendidos derechos ante Dios. A través de la historia bíblica Dios
mismo demuestra a los nazaretanos su error y les culpa de su falta de fe.
La historia de Elías y de Eliseo da la razón a Jesús y responsabiliza a
los nazaretanos de su actitud inadecuada.
Incluso mediante la mención explícita de la viuda de Sarepta y de
Naamán el sirio, Jesús reafirma su seguridad de que, incluso allí donde
el pueblo le niega su confianza, Dios abre nuevos caminos. Es el mundo de
los paganos. Entre sus oyentes, enraizados y absolutamente fiados del
pensamiento de la “elección”, estas palabras de Jesús fueron un rejón
inesperado que produjo mucho daño. No sólo Jesús, sino Dios mismo se
les ponía en contra. Esta reacción negativa de Jesús constituye una
unidad con la aparente alegría del principio. Pero ahora, con los
ejemplos de Elías y Eliseo, la oferta de la salvación se
universaliza; caen las fronteras levantadas por el judaísmo. El
texto bíblico no puede ser más significativo: Pero él, pasando por
en medio de ellos, se alejó. Jesús se aleja del judaísmo; anticipa,
de este modo, el camino que seguirá la Iglesia. Imitaría el ejemplo de
Dios que abandona a los que se alejan de él. Jesús continúa el camino
hacia Dios según el plan previamente establecido por él. La oposición
no le desconcierta ni le desanima. El sigue adelante. Entre ambas lecturas bíblicas, el himno a la caridad (segunda lectura), nos viene como anillo al dedo. En ella, el Apóstol destaca tres puntos esenciales: 1º) Sin el amor, hasta las cosas más deslumbrantes y maravillosas se reducen a la nada (. V1-3); 2º) El amor es el manantial de todos los bienes (v.4-7); 3º) El amor es ya, aquí y ahora, lo que será eternamente. Para la composición de este canto, Pablo se inspiró en el amor de Dios, manifestado en Cristo: amor de entrega, desinteresado, ilimitado, hasta la muerte. El Apóstol refleja también en este himno su propia experiencia: el paso de la sequedad esterilizante de la Ley a la exuberancia fragante del amor que, después del encuentro con Cristo, se convirtió en palanca, en la fuerza motriz que impulsaba siempre su vida. Felipe F. Ramos Lectoral |