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CICLO C Quinto Domingo del Tiempo Ordinario |
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Entre los relatos de vocaciones proféticas destaca la de Isaías por su
escenificación, imaginación y recursos objetivos que tiene delante y que
son utilizados como vehículo de expresión de la íntima experiencia que
vivió el profeta cuando Dios invadió su corazón (primera lectura).
Destaquemos los elementos más sobresalientes: la visión de Dios como
rey. Para describirla se sirve de la parafernalia solemne utilizada
por el rey de Israel que se
encontraba en el templo. Pero el profeta mejora la imagen: la elegancia
del manto regio es superada por el que viste Yahvé, que cubría todo el
templo. Y, con la orla del mismo, se extiende a
toda la tierra. La compañía regia se halla sublimada por los
serafines que rodean el trono divino en el que está Dios sentado; reconocimiento
de su trascendencia en el clamor del triple “Santo”.
La purificación de los labios del profeta, que siente su
indignidad para ser portavoz de la palabra divina. Le son purificados por
un serafín, como el oro en el crisol, con un ascua ardiente tomada del
altar del incienso y los perfumes. El temor del profeta puede
obedecer a la convicción generalizada en la época de que nadie puede ver
a Dios sin morir o a no haber obedecido antes a la llamada profética.
Entonces se siente preparado y dispuesto para cumplir la misión profética.
La descripción poética y metafórica no pueden ser más
expresivas.
El evangelio que nos ofrece la liturgia de hoy (tercera lectura)
tiene también su centro de gravedad en el tema de la vocación. ¿Hecho
real o ficticio, escena ocurrida o inventada, historia o teología,
acontecimiento sucedido o artificio literario, realidad o fantasía,
verdad objetiva o leyenda adornada?. Desde el planteamiento radical que
hemos hecho resulta prácticamente imposible la opción por una de las
ofertas apuntadas. Por otra parte, las posibilidades enumeradas no son tan
opuestas que unas se opongan con exclusividad a las otras. La
complementariedad puede unir aquello que, aparentemente, se contradice.
Que Jesús estuviese alguna vez en una barca debe ser tan cierto como que
estuvo en su taller de trabajo. La diferencia está en que, en su taller
de trabajo, realizaba su vida y profesión para atender a la supervivencia
suya y de la familia. Cuando sube a una barca abandona esta dimensión
y se sitúa en lo que constituía la misión que tenía que realizar
por encargo del Padre y a favor de los hombres. Jesús, al enseñar
desde la barca, lo hace sentado. Había adoptado la postura de
los maestros cuando realizaban su tarea. Jesús enseña como
Maestro. Si partimos del hecho que Jesús estuvo alguna vez en una barca podemos afirmar que esto fue un hecho real, una escena ocurrida, una historia o historieta, un acontecimiento sucedido, una realidad y una verdad objetiva. ¿No es esto compatible con la presentación ficticia del hecho, con la invención de lo dicho y hecho en la escena aludida, con la teología que el suceso lleva en su entraña, con el artificio literario de la presentación, con la fantasía desbordada del narrador, con la legendarización de un suceso con tantas posibilidades?.
Según el evangelio de Lucas -también conoce esta escena el
evangelio de Juan; sin embargo, entre los Sinópticos, es Lucas el único
que nos la cuenta- Jesús, después de haber anunciado la Palabra desde la
barca, manda a Pedro que se dirija mar adentro para pescar. Lo hace a regañadientes
y muy en contra de su voluntad. No era día de pesca. Y él lo sabía
mejor que Jesús. No obstante, por agradarle y fiándose de su palabra,
accede a la petición. Fue tan grande su sorpresa que cayó en la cuenta
de que lo ocurrido no podía explicarse como algo natural. Él había
comprobado que aquel día la pesca no acudía a las redes. Había ocurrido
algo a un nivel distinto
de aquél en el que él se movía. Y se dirige a Jesús -le llama Señor-
reconociendo la distancia que le separaba de él. El pecador se dio cuenta
de haber estado junto al
Santo. Le pide que se aleje de él. Y Jesús reaccionó como suele hacerlo
en estos casos: “No temas, de ahora en adelante, serás pescador de
hombres” (Lc 5,10b).
Lo milagroso está en que Lucas presenta la escena como un relato
de vocación. La palabra anunciada desde la barca se ve continuada y
confirmada en lo ocurrido
posteriormente en ella. Y es
que el milagro es otra forma distinta de predicación. El milagro o es
palabra o no es nada. En cuanto relato de vocación debe servir para
presentar al que llama, al que dirige la llamada-vocación, a aquel que es
llamado. Si aquel que se siente llamado debe responder positivamente al
Llamante tiene que informarse sobre quién es. Esa es la finalidad de lo
milagroso. Ahí está la necesidad de que el milagro se magnifique lo más
posible, que se legendarice, que salga de lo realmente ocurrido para
impactar a aquella persona que se siente interpelada por ello.
Jesús, que era carpintero, conoce mejor que Pedro, que era
pescador, los secretos del mar. ¡Algo prodigioso!.- La pesca fue tan
copiosa “que las redes amenazaban romperse”; pidieron ayuda a otros
compañeros que llegaron “y de tal modo llenaron las dos barcas que casi
se hundían”.- Estos detalles no aparecen en el evangelio de Juan. A él
le mueven otros intereses.- El final del relato se halla exigido por el
guión: “Después de conducir las barcas a tierra, lo abandonaron todo y
le siguieron”. Los lectores del evangelio deben tomar conciencia de que
los discípulos de Jesús deben continuar su misión.- En el éxito de la
pesca influyen otros factores distintos del conocimiento de las redes, del
mar, de los bancos de pesca, de la especialidad psicológica y sociológica
del hombre. Pedro lo formuló con absoluta
veracidad y de una vez para siempre: “En tu palabra (fiado de ella)
echaré las redes”. Pablo expone con una densidad insuperable lo que es el “objeto” de la misión y del Evangelio (segunda lectura). Para su eficacia salvadora debe ser aceptado en la inquebrantable adhesión de la fe. La síntesis de la misma la constituye lo que hoy llamamos el hecho pascual: muerte y resurrección. La primera es confirmada por la sepultura y la segunda por las apariciones. Las apariciones son a la resurrección lo que la sepultura a la muerte. Sirven, sobre todo, para enraizar el hecho cristiano en la historia. Y de ello dan testimonio los primeros elegidos de Dios para anunciarlo, los apóstoles, entre los que figura Pablo como el primer pez espada manejada, por supuesto, por la experiencia de la gracia que Dios le había concedido. Felipe F. Ramos Lectoral |