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CICLO C Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario |
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Envidia,
odio, persecución. Con esta evidencia estridente comienza la primera
lectura de hoy, que es repetición de 1S 24. Los protagonistas son Saúl
y David. ¿Fueron los pequeños éxitos de David, como la liberación de los habitantes de la ciudad de Queilá de los dominios
filisteos (1S 23,1-5), los que suscitaron la envidia de Saúl? Jonatán,
hijo de Saúl y amigo íntimo de David y no pocos de sus seguidores le
auguraron más éxitos. Pero los habitantes de la región traicionaron a
David descubriendo a Saúl dónde se encontraba y a duras penas pudo
escapar de la persecución del rey. Lo importante de estas historias, a
las que la Biblia y nosotros hemos dado excesiva importancia, está en la
magnanimidad de David que, por dos veces, tuvo la oportunidad de matar a
Saúl y le perdonó la vida a pesar de que sus hombres le incitaban a
matarlo. Como introducción a las lecturas bíblicas de hoy debemos
destacar la magnanimidad de David, su respeto
al ungido del Señor, al que perdona la vida, y el dominio personal del
odio y de la venganza. También Saúl tiene algo que ofrecer: el reconocimiento de lo que David ha hecho a su favor, su anuncio de que será rey de Israel y, junto a ello, la ruindad de su corazón dominado por el odio, la envidia y la sed de venganza, que le impiden dar el paso de la reconciliación con David, al que incluso llama “hijo”. Las
actitudes mantenidas por
David y Saúl constituyen un buen marco de la enseñanza de Jesús (tercera
lectura): Jesús se dirige a todos aquellos que le escuchan con audición
creyente. Para el evangelista Lucas son “oyentes” aquellos a los
que habló Jesús y para los que él escribió el evangelio. La enseñanza
de Jesús continúa en la línea de la inversión de la jerarquía de
valores según el cómputo humano. El amor a los enemigos va directamente
en contra del principio de la retribución interhumana. Tanto el presente
texto de Lucas como el paralelo de Mateo (5,38ss) destacan la exigencia
del amor sin reservas ni limitaciones, impuesta por Jesús. Para
la comprensión de esta unidad literaria, es muy importante tener en
cuenta la estructura de la misma: Formulación del precepto del amor al
enemigo, con las tres precisiones prácticas en las que ha sido
expresado: hacerles el bien, bendecirlos, orar por ellos (Lc 6,27-28).
Concreción del mismo mediante tres ejemplos: la bofetada, a mano
vuelta, en la mejilla derecha (Mt 5,39), era considerada entre los judíos
como una grave injuria. Lucas la radicaliza más no estableciendo distinción
de una mejilla u otra. El robo de la capa o del manto era lo más
grave para los judíos, porque los pobres lo necesitaban para cubrirse
incluso durante la noche. También Lucas se muestra aquí más exigente no
distinguiendo la capa de la túnica, que cubría directamente el cuerpo.
Manda, en tercer lugar, dar al que te pide y no reclamar lo que te han
robado. También aquí Lucas va más allá que Mateo. Los
tres ejemplos concretos culminan en la regla de oro: Tratad a los
demás como queréis que ellos os traten. Era una norma comúnmente
admitida en la época. Al incluirla en el evangelio, Jesús eleva dicha
regla a principio general: Así debéis tratar a los demás. Es una
enunciación diversa del precepto de la caridad. La audición creyente de
la palabra, por muy entusiasta que sea, se siente incapaz de aceptar los
ejemplos aducidos. Por principio, no serían serios ni aceptables. Y lo
que no es serio, no es evangelio, porque lo más serio que Dios nos ha
concedido es el evangelio. Deben ser entendidos desde la intención de Jesús:
Sus discípulos deben rechazar como norma de conducta la perversidad de
los que actúan violando los derechos que él manda respetar. Jesús
no quiere discípulos cuya actitud abúlica destruya la plena personalidad
humana y su dignidad. Quiere hombres libres, no esclavos de las cosas ni
de las personas, conscientes de la utopía del Reino que exige, al
menos, valorarlo como el principio supremo del esfuerzo humano. El apóstol
Pablo lo formuló así: ”No os unáis en yugo desigual con los infieles.
Porque, ¿qué tienen que ver la justicia y la iniquidad? o, ¿ qué
tienen de común la luz y las tinieblas?” (2Co 6,14). A
continuación de la regla de oro, Lucas sigue desarrollando su
pensamiento. Está convencido del peligro que entraña la regla de oro:
puede convertirse en bella teoría. Por eso prefiere traducirla en hechos
concretos. Su experiencia le dice que la actuación humana se mueve por
los principios de la utilidad y de la reciprocidad obligada. Es el
adagio latino tan práctico, concreto y universalizado del “do ut
des”, te doy para que me des, para que me lo devuelvas. Es la
consideración del favor otorgado a modo de factura que, en el momento
oportuno, se pasará a aquél a quien hiciste el favor. Ellas destruyen el
evangelio. Por eso, en la segunda estrofa, Lucas condena el principio
de la retribución practicada por “los pecadores” (Lc 6,32-34).
El último argumento obliga a Lucas a repetir el comienzo: ¡No!
Amad a vuestros enemigos... Como si todo culminase en la conducta de
Dios. Su bondad es ilimitada incluso frente a los malvados y
desagradecidos. Así lo demostró Jesús, que es el fiel retrato de Dios.
Así deben demostrarlo sus discípulos cuya filiación divina requiere de
ellos el comportamiento adecuado y la obligación de reflejar en su
conducta la misericordia divina que les ha concedido dicha dignidad sin mérito
alguno por su parte.
La pequeña sección termina con la prohibición de juzgar.
Naturalmente que podemos y debemos pronunciarnos con juicio negativo sobre
aquello que consideramos erróneo. Lo que se nos prohibe es juzgar al prójimo
y determinar la suerte que merece. El único que tiene jurisdicción en
este terreno es Dios. Uno es el legislador y el juez, el que puede
salvar y hacer perecer. Pero tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo? ( St 4,12).
Desde la misericordia de Dios debe ser superado el principio humano
de la retribución interhumana: el cristiano debe saber que
el juicio se reserva a Dios. Juzgar a los demás significaría
conceder validez a la Ley o al derecho humano que, naturalmente, se volvería
contra el que lo considerase así. En los últimos versos (Lc 6,37-38)
debe notarse el pasivo divino, equivalente a nuestra forma
impersonal: se supone, con innegable evidencia, que es Dios el sujeto: El
juzgará, condenará, perdonará, dará... Las dos actitudes contrarias las explica san Pablo (segunda lectura) por el principio de la generación: ¿cuáles los padres, tales los hijos? La familia humana, en cuyo origen se halla Adán, según la mentalidad de la época, es terrena, efímera, cargada de ruindades y limitaciones de todo tipo, volando a ras de tierra (como Saúl). La familia humana, vivificada por el Espíritu, se halla animada por la magnanimidad, por el respeto y el perdón, volando hacia las alturas de Dios (como David). Las enseñanzas de Jesús describen la bipolaridad de la familia humana con las características específicas de la opción determinante de dos modos distintos de vida. Felipe F. Ramos Lectoral |