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CICLO C El Bautismo del Señor |
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Antes del bautismo de Jesús, nos ofrece hoy la liturgia la presentación
de quien va a ser bautizado. Y lo hace ofreciéndonos el primer poema del Siervo
de Yahvé (primera lectura) cuya personalidad ha sido identificada con
Jesús. Las características de este primer poema las destacamos a
continuación: cuenta con la complacencia de Dios, que se manifiesta en su
elección y apoyo para ser el portador de la salud-salvación. Es un
hombre de los que hacen y no dicen; pasan de incógnito; son eficaces en
la tarea que les ha sido confiada de anunciar la voluntad del Señor, que
eso es lo que significa el “implantar el derecho y sus leyes”. La
tarea más ardua y sublime que debe realizar se resume en “ser alianza
de un pueblo y luz de las naciones”. En la alianza se pone de relieve la
acción salvífica de Dios y la reacción del hombre que siempre es
respuesta. Jesús es la presencia de Dios y la respuesta del
hombre; es el nuevo Moisés que debe introducir al pueblo en una nueva
relación con Dios. Más aún, es enviado como la luz, es decir, como el
portador del conocimiento del Dios verdadero a los gentiles. Es el
libertador a nivel físico y, sobre todo, espiritual. Para ello contará
con la protección de Dios, que eso es lo que significa “tomarle de la
mano”.
El “plus” existente en el subconsciente de Jesús desde que
Dios se expresó en su Palabra y ésta hizo su aparición en nuestra
historia en un hombre como nosotros, afloró plenamente a su conciencia
cuando el cielo se abrió, descendió sobre él el Espíritu, en forma de
paloma, y percibió la palabra reveladora que le consideraba y le
presentaba como el Hijo predilecto en quien el Padre tiene sus
complacencias. (tercera lectura).
En el relato del bautismo de Jesús, Lucas sigue a Marcos
(1,10-11). La única diferencia importante es la expresión lucana según
la cual el Espíritu descendió en forma corporal (la escenificación
que le presenta “como una paloma” es común a Marcos, a Mateo y a
Lucas). La adición mencionada de Lucas, “en forma corporal”, obedece
a que Lucas no quiere acentuar lo que vio el Bautista (como parece suponer
Marcos), sino lo que realmente ocurrió en el bautismo de Jesús. Como
hemos dicho, también él utiliza la paloma como comparación. Por
consiguiente; se hace clara la intención de Lucas de subrayar, más que
Marcos, la objetividad del acontecimiento, aunque la voz del cielo
haya sido oída únicamente por Jesús tanto en Marcos como en Lucas.
Otra característica lucana es que el tercer evangelista sitúa el
bautismo de Jesús en el marco del movimiento bautismal. Acude a
recibir el bautismo como uno de tantos y entre ellos. También le interesa
a Lucas hacer una referencia a la oración de Jesús: estando en oración
(Lc 3,21b), que debe enmarcarse en el gran contexto de la oración
frecuente de Jesús, que es una de las características más específicas
del tercer evangelista (Lc 5,16; 6,12; 9,18.28; 11,1; 22,39-41.44).
Fue en ese momento, el de su
bautismo, con las descripciones apuntadas, cuando Jesús descubrió a Dios
como Padre. El punto de partida que justifica esta afirmación, que
pudiera resultar extraña, nos lo ofrece un artículo fundamental de la fe
cristiana: la humanidad de Jesús, “nacido de mujer (Ga 4,4);
“probado en todo igual que nosotros, menos en el pecado” (Hb 4,15);
“apareciendo en su porte externo como un hombre cualquiera” (Flp 2,7).
Desde esta consideración esencial de la figura de Jesús se nos ofrece
una vía nueva –nueva por lo poco que ha sido utilizada- para la
comprensión de la misma. Vamos a prescindir de momento del culto que le
tributamos y de la adoración que le rendimos por su igualdad con Dios...
Nos acercamos a el, a su persona, a su yo, intentando descubrir su
inquietud religiosa que le integró en el grupo de los que acudieron al
reclamo penitencial suscitado por la voz del Bautista. Jesús, en cuanto
hombre religioso, tuvo en aquella ocasión una experiencia singular e
indescriptible. Así nos lo hace suponer el texto evangélico de hoy.
La experiencia
de la paternidad divina domina todo el ministerio público de Jesús. En
él la lex vivendi (la ley determinante de su vida) se antepuso a
la lex docendi (la ley y la voz de su magisterio o enseñanza). La
experiencia de su inserción en el misterio de la paternidad divina se
inicia en este momento. Antes de él sólo tenemos base para las
conjeturas (excepto el dato ofrecido por Lc 2,49 sobre Jesús adolescente
en una sinagoga adosada al templo, que pertenece al terreno de la reflexión
teológica posterior). Aquí, en el Jordán, con ocasión de su bautismo,
Jesús tuvo la experiencia de ser el Hijo predilecto de Dios. El
evangelista se encarga de subrayar que la visión y la audición las tuvo
únicamente Jesús. Nadie más. Se supone, pues, que el relato, en última
instancia, pertenece al campo de los secretos que Jesús confió a sus
discípulos.
La importancia excepcional de dicha experiencia nos obliga a
realizar el esfuerzo preciso para la comprensión de la misma. Lo que da a
Jesús su sentido y dimensión únicos es la presencia y acción de
Dios en él; el cielo ha roto su silencio, el Espíritu ha vuelto a
moverse sobre las aguas, la voz de Dios se ha dejado oír de nuevo. Ha
tenido lugar la revelación que la voz del cielo le ha dirigido
presentándolo como el Hijo del Padre. Se ha producido la invasión del
Espíritu que penetró sus interioridades más profundas. Ha tenido
lugar el descubrimiento, la toma de conciencia o el
afloramiento al campo de la misma de su peculiarísima relación con el
Padre.
Esto significa que aquí y ahora comienza algo nuevo; se
inicia una nueva filiación entre los hombres a partir de la que se ha
hecho realidad en Jesús; entra en el campo de la experiencia la
posibilidad de descubrir al Padre de nuestro Señor Jesucristo a través
de la acción del Espíritu. Esta experiencia fue protagonizada por Jesús
como algo nuevo, personal, vivencial, existencial. No pertenece al campo
académico, ni a Jesús se le encomienda traducir su visión y audición a
fórmulas doctrinales. Esto explica la reticencia de Jesús sobre
la experiencia habida en el Jordán.
La estadística demuestra esta realidad como algo
desconcertante: en el evangelio de Marcos, Dios es designado como Padre cuatro
veces; ocho o nueve en Q (la fuente común a Mateo y Lucas); veintitrés
en M (textos específicos de Mateo);
seis en L (fuente propia de Lucas) y ciento nueve en
Juan. Fuera de los evangelios, tres
en el libro de los Hechos; treinta y nueve
en las cartas paulinas; tres
en las cartas pastorales; dos en la carta a los Hebreos; tres
en Santiago; tres en
la primera de Pedro; dieciséis en 1 y 2 de Juan; una en Judas y cuatro en el Apocalipsis.
La proliferación por parte de unos y la reticencia por parte de
otros crea una tensión que podemos formular así: Mateo y Juan
proclaman que la paternidad divina es una de las claves fundamentales del
evangelio; la reticencia por parte de Jesús, que hacen presumir las
fuentes más antiguas, Mc y Q, nos obligan a concluir que Jesús no habló
de Dios como Padre tan frecuentemente como a veces pensamos; lo hizo
con gran sobriedad, al final de su ministerio y en la enseñanza
confidencial a sus discípulos. A ellos se lo explicó no con
argumentos doctrinales, sino hablándoles de Dios Padre como la realidad
suprema de su vida captada en su experiencia única e íntima. Y, además,
ampliando su experiencia personal, por deseo expreso de Dios, a todos los
que tienen el corazón abierto, a los “pequeñuelos-discípulos”, para
que pudiesen disfrutar de la misma revelación de Dios. Así nos lo hace
patente la exclamación jubilosa de Jesús (Mt 11,25-27:...”has
revelado estas cosas a los pequeñuelos...”).
Si tomamos como punto de partida nuestra propia experiencia, ésta
nos ayudará a comprender la reserva de Jesús en el tema que estamos
tratando. Las experiencias personales íntimas y profundas raras veces son
manifestadas al exterior y, cuando lo hacemos, recurrimos al círculo de
nuestra máxima confianza. Buscamos la protección de nuestro secreto que
no queremos que sea un “secreto a voces”. Cuando lo sagrado invade el
campo personal levanta como un seto vivo en torno al “lugar” ocupado,
lo rodea de un silencio religioso al par que deja oír la voz sin que se
hayan movido siquiera los labios para pronunciarla. Cuando los
pensamientos son demasiado profundos difícilmente se encuentran las
palabras adecuadas que puedan hacer de vehículo de los mismos. Dichas
palabras solamente pueden ser pronunciadas ante aquellos que están
dispuestos a quitarse las sandalias de los pies porque se han dado cuenta
de que están en el Sinaí, en el monte sagrado de la revelación, en el
lugar mismo en el que Dios se manifiesta y se comunica (Ex 3,5).
Es posible acomodar aquí otras palabras de Jesús: “No deis las
cosas santas a los perros ni arrojéis vuestras perlas a los cerdos, no
sea que las pisoteen con sus patas y revolviéndose os destrocen” (Mt
7,6). Y no se hallaría fuera de lugar la sentencia de Platón:
“Descubrir al hacedor y padre de este mundo es una ardua tarea; y cuando
lo habéis encontrado es imposible hablar de él ante el pueblo” (Timeo,28c).
De la exclamación jubilosa de Jesús (Mt 11,27 y par.) se deducen
dos consecuencias: la primera es que aquel que experimenta la comunión
con Dios en cuanto Padre disfruta de una realidad sublime, insuperable,
inefable: la visión conjunta de lo divino y de lo humano.
La expresión de Jesús lo dice así: “Todo me ha sido concedido por mi
Padre”. La segunda conclusión se deduce
de las palabras finales de la exclamación jubilosa: “Nadie
conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera
revelar”. Jesús exterioriza la convicción y la pretensión de estar en
una peculiar relación con Dios. Afirma, además, que también otros
pueden ser guiados a participar en una relación semejante. Él pretende
que los hombres entren en una
relación con Dios Padre semejante a la que él mantiene. A través del
Hijo los hombre pueden llegar al conocimiento del Padre, es decir, a la
plena comunión con él.
El Padre es la realidad suprema en la vida de Jesús. Esto sólo
podía ser perceptible a aquellos que tienen el corazón abierto a Dios.
Ellos pueden experimentar y ver a Dios Padre que se manifiesta en las
palabras de Jesús (Jn 14,8-11). Por medio de él, Dios Padre se acerca,
se hace cercano a los hombres y éstos pueden ver en el rostro (= en la
persona) de Cristo el conocimiento de la gloria de Dios (2 Co 4,6). Todo
lo demás revelado por Jesús acerca de Dios cede en importancia ante la
revelación del Padre en el Hijo. Y su gran importancia y profundidad no
están en la presentación nueva y original de una doctrina sobre la
paternidad de Dios, sino en la realidad singularísima que subyace bajo
esta experiencia. Nuestra experiencia personal que, bajo la acción del
Espíritu, nos estimula e impulsa a llamar Padre a Dios puede ser un punto
nuevo de referencia y de partida para intentar comprender la de Jesús en
su bautismo. San Pedro nos hace un resumen (segunda lectura), que es una mínima referencia a su gran discurso, con motivo de la conversión de Cornelio, y que es una síntesis de todo el kerigma cristiano. Pedro destaca un gran descubrimiento personal: “Que en Dios no hay acepción de personas”, es decir, que se acabaron los privilegios religiosos; y nos ofrece en síntesis muy apretada, la historia sagrada que culmina en la persona de Jesús, “ungido por Dios con la fuerza de su Espíritu”. Felipe F. Ramos Lectoral |