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CICLO C Festividad del Corpus |
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El pequeño relato que inicia los textos bíblicos de hoy (primera
lectura) convierte en teología un suceso difícilmente histórico. El
autor bíblico mira hacia atrás para descubrir la teología de Jerusalén
y del rey David. Y encuentra sus raíces en la figura de Abrahán, en su
paso por la ciudad. En ella recibe hospitalidad y la bendición de su
rey-sacerdote. El significado de Jerusalén para Israel, la capital
religiosa y política desde los días de David, explica el interés por
esos precedentes. El hecho de que se los cree de artificio se trasluce en
el lenguaje un tanto enigmático con que se presenta el episodio. Pero la
creación no fuerza los datos más allá de lo verosímil.
Históricamente verosímil es la figura de Melquisedec, cuyo nombre
coincide con la onomástica
de reyes
jerosolimitanos atestiguada en las
cartas de El-Amarna.
El nombre divino El-Elión es, efectivamente, el nombre del Dios venerado
en esa ciudad de los jebuseos. Al ser asumido por Israel, ese nombre
deviene un apelativo de Yahvé, el Dios Altísimo. En el relato se lo
encuentra en la ambivalencia: es el Dios alabado por Melquisedec, su
sacerdote, y es también el Dios que protege a Abrahán. Este hace suya la
alabanza de aquél.
La actitud de Abrahán ante el rey-sacerdote cananeo es amistosa,
como lo es también a la inversa. El gesto de la oferta de pan y vino es
gesto de hospitalidad y ofrenda al que vuelve de batalla; lo es también
para los hombres de Abrahán, y éste la recibe para ellos. Abrahán, por
su parte, paga a Melquisedec el diezmo, lo cual significa que reconoce su
sacerdocio. Las circunstancias de la conquista de Jerusalén por David, la
asimilación de su población y posiblemente la aceptación del sacerdote
jebuso Sadot como sacerdote de Yahvé son razones de la actitud ante esos
cananeos, tan diversa de la atestiguada en otros relatos.
Como hemos dicho, la oferta de pan y vino es gesto de hospitalidad
y ofrenda al que vuelve de batalla. La liturgia de hoy lo entiende en
relación con la eucaristía. La elección del texto evangélico (tercera
lectura) para celebrar la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de
Cristo puede resultarnos desconcertante. Sólo cuando se ha
reflexionado seriamente sobre el conjunto, la sorpresa se convierte en
comprensión. Jesús se retira con sus discípulos a un lugar solitario.
¿Buscaba el descanso -no perdamos de vista que la escena se halla en el
contexto de la misión de los Doce- o la serenidad necesaria para la oración?
¿No podría tratarse de un recurso literario para acentuar el
cumplimiento de la misión de Jesús? Ante la presencia de la gente, Jesús
les anunciaba el reino de Dios y remedió sus necesidades. La palabra
y el hecho. La palabra que es hecho y el hecho que es palabra. Ambos
constituyen el reino de Dios.
Nos orienta en esta dirección la actitud del pueblo, su
despreocupación por las circunstancias en que se encuentra. Sólo les
interesaba Jesús, al que habían descubierto. Su palabra y sus hechos
satisfacían sus necesidades. El contrapunto a esta actitud de la gente,
que le buscaba, nos lo ofrece la reacción de los discípulos o
seguidores más inmediatos, que prescinden de los intereses de la gente y
afirman que aquella situación era insostenible. Dicha contraposición
es intencionada: constatamos, por un lado, la confianza de la gente en
Jesús, que encuentra su satisfacción en estar junto a él oyendo su
palabra, el Evangelio, y, por otro, el deseo de los discípulos por
resolver aquella situación que les creaba problema. A pesar de sus
experiencias con Jesús no habían comprendido que su presencia era la
mejor garantía para cualquier necesidad, incluida la del hambre.
Todo está preparado para que se produzca el milagro. La
multiplicación de los panes se convirtió en la historia más difundida y
que más profundas raíces echó en la predicación de la Iglesia original
y en la fe que ella suscitó entre los discípulos. Los evangelios nos
cuentan seis multiplicaciones del pan: Marcos y Mato nos ofrecen
dos cada uno, Lucas y Juan se limitan a narrarnos una cada uno (la segunda
multiplicación surgió sobre la base de las diferencias como era contada
la primera y única. La importancia que los evangelistas dieron a estas
diferencias, que ellos encontraron en la transmisión de la única que había
tenido lugar, les motivó a narrar una segunda).
El lector de los relatos se preguntaba, y sigue haciéndolo, si su orientación
fundamental iba destinada a la comida en el sentido normal de la
palabra. Lo curioso es que, admitiendo los relatos de este modo, en
realidad se había perdido el
verdadero sentido de los mismos, el por qué habían sido contados.
Ahora bien, el sentido es contar que el reino de Dios, a cuyo servicio se
encuentran llega a todos los necesitados, si todos comparten sus
pequeños haberes con los que no tienen nada. Estamos ante un milagro
pedagógico, únicamente comprensible desde la pedagogía de la fe.
La invitación de los relatos a participar en el amor universal a
los pobres y a los necesitados arrancaba de la predicación del evangelio
de Jesús, por parte de los ministros de la palabra, en tales historias de
multiplicaciones milagrosas. Esta forma de presentar dichas historias no
significa que nunca en la vida de Jesús se diesen
las reuniones masivas que ellas presuponen. Podría tratarse
ciertamente de un puro relato de exhortación y de ejemplo; pero, dado que
Jesús vivía lo que enseñaba,
personalmente pudo repartir entre todos lo que él tenía y lo que recibía.
Y así obraron también los que le siguieron.
Como conclusión, nos parece obligado afirmar que aquel que quiera
tomar esto hechos como realmente ocurridos e incluso en la forma como son
presentados por los evangelistas, ni escucha ni comprende lo que enseñaron
Jesús y los misioneros de aquella Iglesia original. De estas
historias deben deducir todos que el milagro sólo consiste en repartir la
propiedad, en “compartir” nuestros
haberes con aquellos que lo necesitan. Pero no olvidemos que este
compartir equivale a compartir con Jesús. Este “compartir” ha sido
interpretado muchas veces como una especie de contagio psicológico
motivado por un “compartir” iniciado por Jesús e imitado por todos
aquellos que habían llevado provisiones consigo. En esta dirección nos
apunta la iniciativa de los discípulos que dicen a Jesús: “No tenemos
más que cinco panes y dos peces...” (verso 13). Este detalle afirma lo
contrario. El problema no puede ser resuelto desde semejantes puntos de
vista. Más aún, el recurso a ese “compartir” equivaldría a la
destrucción del milagro. El “repartir y el compartir” es un tema
obsesivo del evangelio, pero hay que buscarlo donde está, no aquí.
La pedagogía del milagro pretende llevar al lector del
evangelio al reconocimiento de quién es Jesús. Una intención
claramente cristológica del mismo: desaparece la gente satisfecha,
e incluso los discípulos, tan necesitados de conversión, también
parecen haber entendido. El horizonte queda despegado para que el lector
vea únicamente a Jesús, que participa del poder creador de Dios.
Otros puntos de referencia para la comprensión del relato serían
los siguientes: el milagro no era necesario (Las palabras de Jesús son
muy elocuentes: “dadles vosotros de comer”, v.13); no se produce
ninguna reacción de asombro ante el mismo; los discípulos son
colaboradores de Jesús en el reparto del pan (v. 15-16); todos quedaron
saciados y sobraron doce cestos, lo cual apunta a que otros deben
beneficiarse de este pan: el eco eucarístico de las palabras de Jesús
es indiscutible: El, tomando los cinco panes y los dos peces, “alzó
la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se
los dio a los discípulos” para que se los sirvieran a la gente (v.
16); también debe destacarse la acomodación en grupos de cincuenta, como
el antiguo Israel (Ex 18, 21); mediante esta acción se apunta claramente
al nacimiento del nuevo Israel.
¿Tiene algo que ver el relato evangélico con la fiesta a la que
lo ha fijado la liturgia?. Por su medio “se ejerce la obra de nuestra
redención, sobre todo en el divino sacrificio de la eucaristía...”; se
considera la liturgia “como el ejercicio del sacerdocio de Cristo...”;
la liturgia “es la cumbre hacia la cual tiende la actividad de la
Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde dimana su fuerza” (Vat.
II, SC, 2.7.10). La liturgia como principio interpretativo de la Escritura
tiene autoridad suficiente para desvelar el aspecto eucarístico de un
texto descubriendo en él su verdadero sentido. En principio, la liturgia y especialmente la liturgia sacramental, de la cual la celebración eucarística es su cumbre, realiza la actualización más perfecta de los textos bíblicos, ya que ella sitúa su proclamación en medio de la comunidad de los creyentes reunidos alrededor de Cristo para acercarse a Dios. Cristo está entonces “presente en su palabra, porque es él mismo quien habla cuando las Sagradas Escrituras son leídas en la Iglesia” (Vat II, SC, 7). El texto escrito se vuelve así, una vez más, palabra viva” (La Interpretación de la Biblia en la Iglesia, IV, ”Uso de la Biblia en la Liturgia”).
El relato es estrictamente milagroso. Todo intento de una explicación
psicológica o histórico-salvífica, aduciendo ejemplos del AT (1R
17,8ss; 2R 4,1ss. 24ss: los profetas multiplicadores del pan, Elías y
Eliseo), equivale a su destrucción. En todo caso lo importante no
es la multiplicación de los panes, sino la multiplicación del pan,
que seguirá realizándose en la mano de los Doce y de sus seguidores, y
servirá para saciar a todos los que tienen hambre y buscan el alimento
adecuado. Jesús es el Salvador del mundo, que enseña (Lc 9,2.11), cura a
los enfermos (Lc 9,11) y sacia a los hambrientos.
Los pensamientos destacados por Pablo ante el misterio eucarístico,
en la pequeña sección de la segunda lectura son los siguientes:
a) La eucaristía se remonta, más aún, es la tradición apostólica
(así lo afirman los verbos “recibir” y “transmitir”, que son los
clásicos para hablar de la Tradición); b) En ella se acentúa el
realismo de la presencia salvífica del Señor; c) La eucaristía es
la fundación de la nueva alianza. Al decir “fundación de la
nueva alianza” se entiende el nuevo orden de salvación, fundado por Jesús
y gracias al cual nace una nueva comunidad; d) La eucaristía,
el Recuerdo de la muerte del Señor. Un recuerdo que no es
simple evocación de algo ocurrido en el pasado. Es el recuerdo bíblico
en sentido estricto. Pablo lo llama anámnesis, es decir,
recuerdo-actualización. Quien lo “recuerda” debe verse “envuelto”
en él; e) La eucaristía es Anuncio de la muerte del Señor. Se
trata de un acontecimiento actual gracias al cual vive la comunidad. La
eucaristía se halla íntima e inseparablemente unida a la teología de la
cruz.
Felipe F. Ramos Lectoral |