|
CICLO C Décimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario |
||||
|
(Nota: La Liturgia nos advierte que el primer Domingo es la
fiesta del Bautismo del Señor y después de él comienzan las lecturas de
los Domingos del Tiempo Ordinario)
La paz se valora mucho más cuando ha terminado la guerra.
Paralelamente, destruida la potencia dominadora, la hazaña del liberador
es celebrada con júbilo indescriptible. Esta doble experiencia la vivió
frecuentemente el pueblo de Dios. Vivió esclavizado, bajo el talón de
sus opresores, desde sus orígenes hasta los tiempos anunciadores del NT.
La historia y la experiencia personal nos dicen que estamos ante una ley
universal. La esperanza de vernos libres la fundamentamos en Dios que
promete a los suyos liberarlos destruyendo a sus enemigos (primera
lectura). La parte positiva produce júbilo mayor: El arrepentimiento
y el pensamiento de la conversión, sin los cuales no es posible la
salvación y la purificación interior, son presentados ya como la
gracia impetrada y derramada por Dios sobre la casa de David y los
habitantes de Jerusalén, sobre cuantos hemos experimentado la opresión resplandece
la gracia liberadora. La nueva Jerusalén es la experiencia de lo
divino.
El texto que tenemos delante nos sitúa ante un enigma: “Me mirarán
a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único,
y llorarán como se llora al primogénito” (12,10). Quién sea la
persona que recibe el nombre
de el Traspasado y por
qué la han matado, no podemos descubrirlo en este momento en el que nos
sitúa el texto del profeta. Ciertamente es un inocente, que ha
ofrecido su vida por el pueblo, como el Siervo de Yahvé (Is 53,4s.9).
Alguien, por tanto, que todavía no pertenece a la historia. Se trata de
una figura que pertenece al tiempo mesiánico, no Yahvé mismo ni tampoco
el pastor mencionado en 11, 4-14 y en 13, 7: “Álzate, espada, contra el
pastor, contra el hombre de mi compañía, dice Yahvé Sebaot. Hiere al
pastor, y que se disperse el rebaño, y yo volveré mi mamo sobre los
pequeños”.
Viene inevitablemente a
nuestra mente
el episodio de la
lanzada (Jn 19,37). Como también las palabras de Jesús sobre el pastor y
el rebaño. Estos datos son los que gozan de mayor probabilidad para que
pensemos en lo que hicieron a Jesús en su agonía o ya muerto y en las
palabras que él había anunciado comparándose con el buen pastor. Ante
esta probabilidad debemos tener en cuenta también que si este episodio y
estas palabras fueron anticipados en alguna persona salvadora a raíz de o
después del destierro babilónico no podemos precisarlo.
Lo que sí es claro es que dicha predicción fue aplicada por el
mismo Jesús al Hijo del hombre, a él mismo. Así lo afirma el evangelio
de hoy (tercera lectura). ¿Pueden hablar Pedro y Jesús con la
claridad que supone nuestro relato? ¿No será la Iglesia posterior la que
está poniendo sus propias palabras en boca de los Protagonistas, como se
ha dicho tantas veces?.
Para contestar adecuadamente a esta hipótesis, debemos notar lo
siguiente: El evangelio de Lucas está ordenado desde el principio, desde
su prehistoria, a la cruz (2,1ss; 3,24); parece incuestionable que Jesús
se vio reflejado en el “siervo” de Yahvé (22,37/ Is 53, 12). Más aún,
el título “Hijo del hombre” es el único que emplea Jesús para
autodefinirse. Y lo hace con tanta frecuencia que, sólo en los cuatro
evangelios –fuera de ellos prácticamente es silenciado- lo emplea 82
veces y siempre es puesto en sus labios; que el “Hijo del hombre” tenía
que sufrir no es creación de la comunidad, sino enseñanza de Jesús
(24,26ss. 44ss); la misma trayectoria de la vida de Jesús –su oposición
a la clase dirigente del pueblo- hacía prever un desenlace fatal para él.
No hacía falta ser ningún lince para pensarlo así.
La confesión de Pedro, representante de los discípulos, no
significa que comprendiesen entonces todo el misterio. Esto ni siquiera
era posible antes de la Pascua. Pero los discípulos habían llegado a
descubrir en Jesús algo muy importante, que el tiempo posterior completaría.
Nuestro texto de hoy, en el contexto del evangelio, es una cota elevada en
la revelación de Cristo, que alcanzará una altura mayor en el relato de
las transfiguración.
Los proverbios que vienen a continuación sobre las condiciones
para pertenecer al discipulado de Jesús, que Lucas ha leído en Marcos
(8,34-38) y, además, los ha perfilado con otra fuente ( ¿ Q ? ), van
dirigidos a “todos”, no sólo a los Doce. Definen el discipulado
cristiano como el seguimiento del camino de Jesús: “ir en pos de él”,
“seguirle”, “ser su discípulo” son expresiones sinónimas e
indican la misma realidad. El primero de ellos lo establece a modo
de tesis: se trata de la decisión u opción por Cristo, deduciendo todas
las consecuencias que esto conlleva, incluida la cruz y el martirio.
Pablo sintetiza en breves líneas y con gran profundidad la
“recreación” del hombre lograda por la acción del Traspasado (tercera
lectura). El cristiano es una criatura nueva (Ga 6,15). La gran
novedad, la nueva creación, que esperaban tanto los profetas como los
apocalípticos para cuando llegasen los días del Mesías, ya ha tenido
lugar con la presencia de Cristo: “Quien está en Cristo (es decir,
quien cree en él) es criatura nueva; pasaron las cosas antiguas y
aparecieron las nuevas” (2Co 5,17). Se nos afirma en el texto presente
que “todos, judíos y gentiles, son hijos de Dios por la fe, en virtud
de la unión con Cristo ratificada en el bautismo”.
Esta unión destruye las diferencias no sólo entre judíos y
gentiles, sino también las
que habían sido establecidas entre
esclavos y libres, entre hombres y mujeres. Es el gran principio de la
igualdad en los seres humanos, desde el cual debería juzgarse la acusación
de “machismo” de la que ha sido víctima Pablo.
La afirmación anterior tiene sus antecedentes en el AT: en los
temas de la nueva creación (Is 41,20s; 45,8; 48, 6ss; 11,6-9; 65,
25; Ez 36,35; 37); del nuevo éxodo (Is 43,19); de la esperanza
en unos cielos nuevos y una tierra nueva (Is 65, 1-7; 66,22); del nuevo
templo Ez 40-43); de una nueva tierra santa ( Ez 47,13- 48,29);
de la nueva Jerusalén, que será llamada con un nombre nuevo
(Is 62,2; 65, 15); de la nueva alianza, basada en un corazón nuevo
y en un espíritu nuevo (Jr 31,31ss; Ez 11,19; 18, 31; 34, 23ss; 36,26).
La teología rabínica designaba también como “criatura nueva”
a todo aquel que se había convertido al judaísmo y al judío renovado,
legalmente al menos, con motivo de la celebración de las fiestas del año
nuevo y del gran día o del Yom Kippur, el día de la expiación.
El hombre nuevo es fruto de la fe. Pablo concibe la salvación
como un diálogo entre Dios y el hombre. Un diálogo en el que Dios llama
–es la gracia- y el hombre responde -es la fe-. Si Dios no
hubiese llamado, el hombre no hubiese podido hacer nada para pasar el
abismo que le separa de él. El ejemplo de Abrahán es definitivo (Ga 3,
6-9). De ahí la importancia que da el Apóstol
a la fe en esta carta (2,16-20; 3,2.5.7-9, 11. 25-27...). Esta fe
produce frutos de buenas obras; es la fe actuada por la caridad (5,6); el
hombre nuevo es el que realiza las obras del Espíritu –que designa el
mundo divino y todo aquello que era considerado como bueno y honesto en la
jerarquía de valores universalmente aceptada- y evita las obras de la
carne, que designa el mundo antidivino y todo aquello que era considerado
como malo e inhonesto, como condenable por los criterios universalmente
aceptados en la época (5,16-25). Felipe F. Ramos Lectoral |